lunes, septiembre 14, 2026

CHINA 1

Este mes, un grupo de mexicanas y mexicanos tuvimos la oportunidad de viajar a China para participar en el seminario Ethnic Policy and Practice for Developing Countries, convocado por la Academy for International Business Officials, en el marco de los convenios de colaboración entre México y China, con la gestión de la Secretaría de Relaciones Exteriores.

Estos intercambios entre países son, sin duda, benéficos. Permiten conocer otras experiencias, contrastarlas con las propias y descubrir que algunas preguntas, que nosotros consideramos exclusivamente mexicanas, también se están haciendo –aunque con respuestas muy diferentes– en otras partes del mundo. Además, es importante subrayarlo, la pluralidad de la delegación mexicana, me parece especialmente significativa.

Somos doce personas, provenientes de distintos estados de la República y con experiencias profesionales diversas relacionadas con los temas del encuentro. Solamente somos dos hombres. Las otras diez participantes son mujeres. No es un detalle menor. También habla de cómo están cambiando los espacios de participación y de inclusión en nuestro país.

Ahora bien, por lo que se refiere a las sesiones, las dos primeras tuvieron como hilo conductor, la explicación de los grandes avances de China a partir de ideas provenientes de su propia tradición filosófica. Aparecieron Confucio, Lao Tse y otras referencias de la filosofía oriental. Esto nos recuerda como las sociedades también construyen su desarrollo a partir de las ideas con las que han aprendido a mirar el mundo.

Una frase del libro I Ching llamó especialmente mi atención: “Con virtud grande y profunda se puede cargar todo el mundo”. Hay un cuadro colgado en la sala de sesiones con esa frase.

Más allá de las distintas interpretaciones de esta frase, la idea resulta sugerente: asumir grandes responsabilidades requiere virtud, tolerancia, humildad y sentido de servicio. Y aquí aparece la coincidencia con los temas de esta columna.

Gobernar no es solamente administrar recursos. También supone una determinada idea de responsabilidad frente a los demás. En el caso particular de China, su filosofía le ha acompañado en distintos momentos de su historia y ha influido en la manera en que el país ha enfrentado periodos de crisis, guerras, dominación extranjera y grandes procesos de transformación. Uno de los ejemplos más importantes fue la estrategia desarrollada para combatir la pobreza.

No se habló solamente de crecimiento económico. La exposición mostró una visión en la que desarrollo, organización social, educación, tecnología y capacidad del Estado forman parte de una misma estrategia para lograr la autosuficiencia.  Este país implementó diversas estrategias. Una de ellas fue la de construir infraestructura. Nos mostraron imágenes del antes y el después de distintos lugares y el cambio era evidente: caminos que antes no existían, puentes que comunicaron comunidades y obras que permitieron acercar regiones que durante mucho tiempo habían permanecido aisladas. La idea era sencilla, pero poderosa: la infraestructura conecta lugares y se convierte en desarrollo.

La frase se me quedó dando vueltas en la cabeza porque tiene una consecuencia que va más allá de una carretera o un puente. Cuando un camino llega a una comunidad, no solamente llega el transporte. También pueden llegar una escuela, un hospital, un mercado, una oportunidad de trabajo o una posibilidad de comunicación que antes no existía. Y ahí la infraestructura deja de ser solamente acero y concreto para convertirse en una condición para ejercer derechos y reducir desigualdades. Quizá por eso, para entender el desarrollo de un país, también habría que preguntarnos quién está conectado, quién permanece aislado y qué derechos se quedan del otro lado del camino.

Una segunda estrategia fue en materia tecnológica. Nos hablaron, por ejemplo, del Tianhe-2, una de las supercomputadoras más importantes de China, presentada en 2013, cuya capacidad máxima teórica rondaba los 54.9 petaflops. Para quienes, como yo, no somos ingenieros en sistemas, un petaflop no es precisamente una unidad de medida que forme parte de nuestra conversación cotidiana. Digámoslo más sencillamente: estamos hablando de una máquina capaz de realizar decenas de miles de billones de operaciones por segundo.

Esta capacidad computacional ha permitido desarrollar aplicaciones en campos como el diseño de aeronaves, la predicción meteorológica de alta resolución, el análisis genómico y el diseño de fármacos.  Y cuando esa tecnología comienza a intervenir en la economía, la educación, la salud, la administración pública y, cada vez más, en la vida de las personas, inevitablemente aparecen preguntas que sí nos corresponden a quienes nos dedicamos al derecho y a los derechos humanos.

Pero, en fin, la próxima semana continuaré con esta plática.