
Hay noticias que uno lee. Y hay otras que, siente. Me pasó con Messi. Después de toda una vida viéndolo hacer cosas que se suponía que un ser humano no podía hacer con una pelota, Lionel Messi anunció que no jugará más con la Selección Argentina. Y sí. Es futbol. Pero para algunos no es solamente futbol.
Yo crecí viendo a Messi. Vi al niño de pelo largo que parecía que traía la pelota pegada al pie. Vi al “pibe” que recibía entre cuatro jugadores y sabía, por alguna razón completamente inhumana, que iba a salir con la pelota. Vi goles de tiro libre. Sombreritos. Túneles. Asistencias imposibles. Y durante muchos años vi algo todavía más loco: vi al mejor futbolista del mundo intentar convertirse en el mejor futbolista también para su país.
Esa historia no fue fácil. Messi perdió finales. Lo criticaron. Lo compararon. Le dijeron que no sentía la camiseta. Que no cantaba el himno. Que en Barcelona sí y con Argentina no.
En 2016, anunció que se iba de la Selección después de volver a perder una final. Regresó. Y siguió intentando. Hasta que eventualmente llegaron la Copa América, el Mundial, otra Copa América y esa imagen que quedará para la eternidad: Messi levantando la Copa del Mundo.
Pero ahora que finalmente se va, no fueron los trofeos lo que más me llamó la atención. Fue su carta: “Me vacié, ya no tengo más para dar.” Qué manera tan cabrona de resumir una carrera. No dijo: Ya gané todo. No dijo: Soy el máximo goleador. No dijo: Miren todo lo que hice. Dijo: Me vacié.
Y puede ser que ahí exista una de las grandes diferencias entre tener éxito y dejar huella. Vaciarse significa haber dado lo que tenías. Significa poder ver atrás sabiendo que habrá partidos buenos, malos, decisiones cuestionables, derrotas dolorosas y cosas que hubieras querido hacer diferente. Pero no guardaste nada.
Messi se va de Argentina con 207 partidos y 125 goles, como el jugador con más apariciones y más tantos en la historia de su Selección. Y aun así, en su despedida prácticamente no presume nada. De hecho, hace lo contrario. Agradece. A su familia. A sus compañeros. A sus entrenadores. A los dirigentes. A la gente.
Y después escribe otra frase aún mejor: “Vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar.” Eso es liderazgo. Y aplica muchísimo más allá del futbol.
Hay gente que trabaja toda su vida para llegar a una silla y, cuando llega, parece que se abraza a ella. Directores. Empresarios. Políticos. Entrenadores. A veces confundimos un legado con volvernos indispensables. Y son cosas distintas. El legado probablemente pasa cuando construiste algo que puede seguir caminando sin ti.
Messi entiende que durante años la camiseta número 10 fue suya. Pero también entiende que: nunca le perteneció. La camiseta estaba antes de él y estará después de él. Él simplemente tuvo el privilegio (y la responsabilidad) de cuidarla durante un rato. Creo que ahí hay una reflexión buenísima para cualquiera que algún día tenga gente a su cargo.
Hay que trabajar para ser importantes. Pero también hay que trabajar para que algún día podamos dejar de ser necesarios. Y luego está su manera de despedirse. “Ahora voy a ser uno más de ustedes”, les dice a los argentinos.
Piénselo tantito. Lionel Messi. El capitán. El 10. El campeón del mundo. Uno más. Eso es lo que siempre me ha gustado de él. Nunca necesitó comportarse como si fuera Messi. No necesitó recordarnos que era el mejor. La pelota hacía ese trabajo por él.
Fuera de la cancha construyó una imagen mucho más cercana al tipo reservado, familiar y poco interesado en convertirse permanentemente en el centro de atención.
En una época donde pareciera que ser famoso obliga a hacer escándalo, Messi hizo toda su carrera dejando que hablara su trabajo. Y vaya que habló. Para mí es el mejor futbolista que ha existido. Eso seguramente será discutible eternamente. Pelé. Maradona. Cristiano. Messi. Cada uno tendrá el suyo.
Pero hay algo que para mí está claro. Tuve la enorme fortuna de vivir en la misma época que él. De esperar sus partidos. De ver cosas que parecían imposibles hasta cinco segundos antes de que las hiciera. De verlo perder. De verlo regresar. De verlo insistir. De verlo finalmente ganar. Y ahora, también, de verlo irse.
La última enseñanza del 10 con la camiseta argentina no fue con una pelota en los pies. Fue en una carta. Hay que saber perseguir. Hay que saber aguantar. Hay que saber ganar. Hay que saber perder. Pero también hay que saber cuándo llegó el momento de entregar la camiseta al que sigue. Y si al final de cualquier etapa podemos voltear hacia atrás y decir, con absoluta tranquilidad: “Me vacié.” Probablemente hicimos las cosas bastante bien.




