
Daniel Ortega Saavedra traicionó a Nicaragua, a Sandino y a una generación que respaldó el triunfo de la Revolución. ¿Cómo no estar con aquellos muchachos que vencieron a la terrible dictadura de Anastasio Somoza? Ortega traicionó a México y su buena diplomacia, la que en aquellos días desafió a las potencias para respaldar la lucha de un pueblo harto de ser explotado. Traicionó hasta la trova y sus cantos de libertad.
Nicaragua y México tienen mucho que ver. Alguna vez fuimos una misma nación y en su geografía hay una toponimia que recuerda la de nuestro país. Hasta allá llegaron los Nahuas con su cultura y lengua. La cintura de América siempre ha causado tentación a las potencias. Primero a España y su pasión por el oro, después a los ingleses y norteamericanos con sus ambiciones económicas y geopolíticas. Las oligarquías locales, siempre aliadas del poder, se disputaron el privilegio de servir al extranjero y sacar el debido provecho.
Bueno, hasta tuvieron en el siglo XIX un gringo que se puso de presidente y, de no ser porque se les volvió bien loco, se hubiera muerto de viejo y en calidad de virrey. Se llamaba William Walker; fue el mismo que invadió, por orden de la Casa Blanca, la península de Baja California y, con esa acción, forzó la venta de La Mesilla. Por esos días, los empresarios del norte tenían el proyecto de hacer un canal; la idea se frustró cuando se dieron cuenta de que era un lugar montañoso y con todo y un lindo volcán.
En el país, desde siempre, hay una contradicción entre los intereses nacionales y los del extranjero. Así lo apreciaron personajes como José Santos Zelaya, un general que, con admiración por Juárez, impulsó la modernización de Nicaragua, la separación de la Iglesia y promulgó una Constitución liberal. Todo marchaba bien hasta que se le ocurrió cobrarles impuestos a los americanos y afectar sus intereses. Entonces le quitaron la chamba y lo pusieron de patitas en la calle.
En el siglo XX surgió la figura más importante en la historia de la nación centroamericana: Augusto César Sandino. Su lucha fue para construir una nación independiente y no bananera. Él sirvió de inspiración a Carlos Fonseca y también a los muchachos que, en 1979, derrocaron a Somoza. Al triunfo de la Revolución, las izquierdas de entonces celebraron el nuevo bastión y se abrió la posibilidad de un triunfo en El Salvador. Entre los líderes de la reconstrucción estaba Daniel Ortega, menos formado, pero más pragmático que otros. Se emprendieron los grandes retos: abatir el 70 por ciento de analfabetismo, evitar que 200 de cada mil niños que nacían murieran por enfermedades como la diarrea y construir una sociedad mejor.
Al poco tiempo aparecieron los intereses de los de siempre e inició una contrarrevolución. Ortega perdió el poder por la vía democrática y lo entregó. Diecisiete años después regresó gracias a las elecciones, pero ahora para no irse. Aplicó las estratagemas que acá ensaya Morena, entre ellas, apoderarse del Poder Judicial, militarizar la vida pública y establecer una fuerte censura.
Ahora ya le estorban las elecciones; veamos cuánto tarda AMLO en regresar y su partido en repudiar la democracia.




