martes, agosto 4, 2026
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CIRCO POLÍTICO

Cuando el domador dejó de controlar a las fieras

Hubo un tiempo en que, dentro del gran circo de la política, el medio ambiente ocupaba una función secundaria. Mientras los reflectores iluminaban a los trapecistas de la economía, a los malabaristas de la seguridad y a los payasos de las campañas electorales, al domador de las fieras apenas se le concedía unos minutos antes del intermedio. Parecía suficiente con plantar algunos árboles en una ceremonia, inaugurar un parque o pronunciar un discurso sobre el cuidado de la naturaleza.

Pero la función cambió. Hoy, las fieras ya no obedecen al látigo. La naturaleza dejó de comportarse como un espectáculo predecible y comenzó a imponer sus propias reglas. Sequías más prolongadas, olas de calor que rompen récords históricos, incendios forestales cada vez más intensos, especies desplazadas de su hábitat y ciudades que enfrentan problemas de calidad del aire son parte de una realidad que ya no admite indiferencia.

En Coahuila, esta realidad se vive todos los días. La temporada de incendios forestales obliga a movilizar brigadistas, aeronaves y recursos millonarios. Las campañas de reforestación dejaron de ser actos simbólicos para convertirse en una estrategia de restauración ecológica. El bienestar animal ya no se limita a proteger mascotas; también implica conservar la fauna silvestre, prevenir conflictos con especies como el oso negro y entender que la biodiversidad es parte del equilibrio ambiental.

Y qué pasa con la calidad del aire. Durante años fue un tema reservado para especialistas, pero hoy cualquier ciudadano entiende que respirar aire limpio es un derecho que influye directamente en la salud, la productividad y el desarrollo económico. Los inversionistas observan la infraestructura ambiental con el mismo interés con que revisan carreteras, parques industriales o incentivos fiscales.

Y es que el medio ambiente dejó de ser un lujo de los países desarrollados para convertirse en un factor de competitividad. Las empresas globales buscan instalarse en regiones que ofrezcan energía, agua, certidumbre ambiental y políticas sostenibles. La conservación ya no sólo protege ecosistemas; también protege empleos e inversiones.

Sin embargo, sería un error pensar que toda la responsabilidad recae en los gobiernos. En este circo también participan empresarios, productores, universidades, organizaciones civiles y ciudadanos. El público ya no puede limitarse a observar la función desde las gradas mientras espera que el domador resuelva todo. Cada incendio provocado por una negligencia, cada arroyo convertido en basurero y cada árbol talado sin control son actos que alimentan a esas fieras que después resultan imposibles de contener.

La política ambiental tampoco puede construirse sobre ocurrencias o modas pasajeras. Requiere ciencia, información confiable, planeación de largo plazo y coordinación entre los tres órdenes de gobierno. La naturaleza no distingue colores partidistas ni calendarios electorales. Una sequía afecta por igual a municipios gobernados por cualquier partido, y un incendio forestal no pregunta por quién votó la comunidad antes de avanzar.

El verdadero desafío para los gobiernos no consiste en aparentar que dominan a las fieras, sino en comprender que la naturaleza nunca fue un animal de circo. Durante años creyó obedecer nuestras órdenes; en realidad, sólo estaba esperando el momento de recordarnos quién pone las reglas.

 

“Esperemos a que se acabe el circo, para verle la cara a los payasos”

 

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