martes, agosto 4, 2026
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COMPETENCIA Y COOPERACIÓN

Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C.

La trampa fiscal de Pemex: Cuando ganar en la operación no basta

Por: Alberto Damián Flores Araujo

La narrativa oficial sobre la empresa productiva del Estado Petróleos Mexicanos (PEMEX) suele oscilar entre los extremos del triunfalismo soberanista y el catastrofismo fiscal. De acuerdo con el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) durante la primera mitad de 2026, la elaboración de petrolíferos superó la barrera simbólica del millón de barriles diarios (1,071 Mbd, un incremento interanual del 12.4%), un nivel no observado desde 2016.

Este aumento se vio impulsado por un salto cuantitativo en la producción de diésel (+41.4%) y gasolinas (+15.6%), aunado a una modesta contención del combustóleo (-24.0%). A la par, el rendimiento de operación de la petrolera escaló de forma notable a 125.0 mil millones de pesos (mmdp), frente a los 52.5 mmdp reportados en el mismo periodo de 2025.

En un entorno donde la mezcla mexicana de exportación promedió 80.16 dólares por barril (+27.4%), la capacidad de generar ingresos antes de impuestos se consolidó de manera considerable. No obstante, aquí es donde la ilusión contable se desmorona ante la realidad fiscal.

A pesar del dinamismo operativo, PEMEX cerró el primer semestre de 2026 con una pérdida neta de 28.0 mmdp, revirtiendo la utilidad de 16.2 mmdp obtenida un año antes. ¿La causa principal? La absorción fiscal del “Derecho Petrolero para el Bienestar”, que extrajo 117.0 mmdp (el 93.6% de la utilidad operativa total), anulando por completo el esfuerzo productivo de la empresa.

Sin embargo, esta reducción no es fruto de la autogeneración de flujo de caja, sino de un rescate soberano sistemático. Entre enero de 2019 y junio de 2026, las transferencias directas del Gobierno Federal hacia la petrolera sumaron 1.88 billones de pesos (de los cuales 100.4 mmdp correspondieron únicamente al primer semestre de 2026). El Estado simplemente ha migrado el riesgo crediticio desde la hoja de balance de PEMEX hacia el balance soberano de la Secretaría de Hacienda.

El balance contable resultante es contundente, los pasivos de PEMEX (4.01 bdp) prácticamente duplican la totalidad de sus activos (2.16 bdp), manteniendo el patrimonio neto en terreno marcadamente negativo (-1.85 bdp). Además, mientras la deuda financiera cede, el pasivo laboral crece sin freno, debido a que aumentó un 10.9% hasta alcanzar 1.51 bdp, representando ya el 37.6% del pasivo total. A ello se suma la persistente deuda con proveedores (374.3 mmdp), la cual frena la cadena de valor regional en las entidades petroleras.

Quizás el aspecto más alarmante del informe no sea estrictamente financiero, sino ambiental y operativo. En pleno siglo XXI, PEMEX registró máximos históricos en quema de gas natural 699 millones de pies cúbicos diarios (MMpcd), equivalente al 14.3% de la producción total) y un incremento del 12.4% en emisiones de óxidos de azufre (729 mil toneladas). A la par, el deterioro en la seguridad industrial se tradujo en un repunte del 44.8% en la tasa de frecuencia de accidentes y un alza del 85.7% en la gravedad de estos.

Esta combinación de disciplina de inversión castigada (-21.2% en gasto de inversión presupuestal) y pasivo socioambiental es precisamente lo que llevó a Standard & Poor´s a modificar la perspectiva de la calificación crediticia de PEMEX a Negativa (BBB) en mayo de 2026.

La estabilización de la extracción de crudo en 1.367 millones de barriles diarios (MMbd) demuestra que el declive de la producción primaria se ha desacelerado, pero no revertido (continúa un 46.7% por debajo de los niveles de 2011). Administrar una empresa pública sobre la base de inyecciones de capital continuas mientras se contrae la inversión productiva no es un modelo sostenible de desarrollo regional ni de soberanía energética.

PEMEX requiere una reforma estructural de fondo que trascienda la mera condonación de derechos fiscales o las transferencias presupuestales de capital. Sin una gobernanza corporativa rigurosa, una estrategia real de transición energética y una reestructuración operativa de su pasivo laboral y de proveedores, PEMEX seguirá siendo una paradoja: un gigante operativo incapaz de salir de su propio abismo financiero, en gran medida por la corrupción que la rodea.