lunes, agosto 3, 2026
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PUNTO DE CIENCIA

 Gloria Ivone Dávila Pulido

 Lo que no vemos al encender la luz

 Encender la luz parece un acto simple. Presionamos un interruptor y todo sucede en silencio. No vemos el agua, no vemos los procesos industriales, no vemos las decisiones técnicas ni los recursos que se utilizaron para que esa energía llegue hasta nuestra casa. Sin embargo, detrás de muchas formas de producir energía hay un elemento que casi nunca aparece en la conversación cotidiana: el agua.

Estamos acostumbrados a relacionar el agua con la vida diaria. La usamos para beber, cocinar, limpiar, bañarnos o regar una planta. Pero en la industria también cumple otras funciones. Por ejemplo, en ciertos procesos energéticos, el agua puede transportar materiales, generar presión, enfriar equipos, separar sustancias o ayudar a obtener recursos que se encuentran en lugares de difícil acceso. En pocas palabras, el agua no solo se consume: también trabaja.

 

Ahí es donde la ingeniería química tiene un papel fundamental.

Esta disciplina no se trata únicamente de fabricar productos o trabajar con diferentes sustancias. La ingeniería química permite entender cómo se comportan los materiales, cómo se mueven los fluidos, cómo se transforman las materias primas y cómo diseñar procesos más seguros y eficientes. Pero, sobre todo, ayuda a responder una pregunta que hoy resulta indispensable: ¿cómo producir lo que necesitamos sin dañar de manera irreversible el entorno en el que vivimos?

En los procesos relacionados con la producción de energía, esta pregunta se vuelve especialmente importante. No basta con saber cuánta energía puede obtenerse. También es necesario conocer cuánta agua se requiere, de dónde proviene, cómo cambia durante el proceso y qué se hará con ella después de utilizarla.

Después de pasar por una operación industrial, el agua puede modificar su composición. En su recorrido puede arrastrar sales, sólidos, metales u otros compuestos que impiden descargarla directamente al ambiente. Por eso, uno de los grandes retos actuales es tratarla adecuadamente y, cuando sea posible, reutilizarla. En un país donde muchas regiones enfrentan sequía o estrés hídrico, cada litro cuenta.

También es importante saber qué se agrega al agua durante ciertos procesos. No se trata de generar alarma por el simple uso de sustancias químicas, porque muchas de ellas cumplen funciones específicas y necesarias. El punto es conocer para qué se utilizan, en qué cantidad, cómo se comportan y qué ocurre con ellas al final. Una operación bien diseñada no solo debe funcionar: también debe ser controlada, transparente y responsable.

La discusión sobre la energía no puede separarse del tema del agua. Necesitamos energía para vivir, producir, transportarnos y desarrollar nuevas tecnologías. Pero también necesitamos cuidar los recursos naturales que sostienen la vida. El reto no es elegir entre desarrollo y ambiente, sino encontrar formas más inteligentes de producir.

En ese equilibrio, la ingeniería química tiene una responsabilidad enorme. Su papel no es justificar cualquier proceso, sino analizarlo con rigor, identificar riesgos, mejorar la eficiencia y proponer alternativas para reducir impactos.

La próxima vez que encendamos la luz, quizá valga la pena recordar que detrás de ese gesto cotidiano hay mucho más que electricidad. También hay agua, ciencia, tecnología y decisiones que deben tomarse con responsabilidad.