
Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C.
Las expectativas también construyen economías
Por: Crhistian Joel González Cuatianquis
Durante décadas, los economistas hemos evaluado el progreso de un país observando cuánto produce, cuánto crece o cuánto aumenta el ingreso de sus habitantes. Por ejemplo, el Producto Interno Bruto se convirtió en el gran termómetro del éxito económico, aunque después llegaron otras medidas que enriquecieron esa visión: pobreza, desigualdad, desarrollo humano e incluso indicadores de felicidad y satisfacción con la vida.
Ese cambio fue importante, pues como señaló Richard Easterlin hace aproximadamente cincuenta años, el crecimiento del ingreso no siempre se traduce en un aumento proporcional de la felicidad. Esto también se vio reflejado más tarde cuando la Comisión sobre la Medición del Desarrollo Económico y del Progreso Social encabezada por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi insistió en que los gobiernos debían dejar de medir únicamente la producción y comenzar a medir el bienestar de las personas.
Sin embargo, todavía parece faltar una dimensión fundamental: la manera en que las personas imaginan su futuro.
La economía siempre ha reconocido la importancia de las expectativas. John Maynard Keynes hablaba de los animales spirits para explicar cómo las decisiones de inversión dependen no solo de cálculos racionales, sino también de la confianza y del optimismo sobre el porvenir. Décadas después, George Katona mostró que las expectativas de los consumidores son capaces de anticipar cambios en el consumo y en los ciclos económicos. Entonces, cuando las personas creen que el futuro será peor, cambian su comportamiento desde hoy.
Pero las expectativas económicas no son únicamente un asunto de inflación o tasas de interés, sino que también tienen una dimensión profundamente humana.
¿Por qué un joven decide estudiar una carrera? ¿Por qué alguien decide abrir un negocio? ¿Por qué una familia hace el enorme esfuerzo de ahorrar durante años para que sus hijos tengan una mejor educación? La respuesta rara vez depende únicamente del ingreso actual. Depende, sobre todo, de creer que ese esfuerzo tendrá una recompensa.
El antropólogo Arjun Appadurai llamó a esto la capacidad de aspirar. Según él, las aspiraciones no se distribuyen de manera uniforme: dependen de las oportunidades que las personas observan a su alrededor y de si realmente pueden imaginar un camino hacia una vida mejor. Desde la economía, Debraj Ray argumentó que las aspiraciones se construyen observando a quienes nos rodean, por lo tanto, nuestras metas no nacen en el vacío, sino dentro de un contexto social.
Y esto tiene enormes implicaciones para países como México.
Con frecuencia discutimos si la economía creció dos o tres por ciento, si disminuyó la pobreza o si aumentó el salario mínimo, los cuales, sin duda, son debates indispensables. Pero mucho menos preguntamos si los jóvenes siguen creyendo que estudiar vale la pena, si las familias consideran que el esfuerzo todavía genera movilidad social o si las personas sienten que podrán vivir mejor que sus padres.
Y esas percepciones importan porque terminan influyendo en la economía misma.
Cuando la gente deja de creer que el esfuerzo será recompensado, disminuyen los incentivos para invertir en educación, innovar, emprender o participar en proyectos de largo plazo. En cambio, cuando existen oportunidades visibles y confianza en las instituciones, las aspiraciones pueden convertirse en una poderosa fuerza para el desarrollo.
Por eso quizá ha llegado el momento de ampliar nuevamente nuestra idea de progreso. Así como hace veinte años entendimos que el PIB no era suficiente y comenzamos a medir el bienestar subjetivo, hoy deberíamos preguntarnos también por la esperanza, las expectativas y las aspiraciones.
No porque sustituyan a los indicadores económicos tradicionales, sino porque ayudan a explicar algo que las cifras macroeconómicas por sí solas no pueden captar: si las personas sienten que tienen un futuro.
Después de todo, una economía no solo produce bienes y servicios. También produce (o destruye) la convicción de que vale la pena seguir esforzándose. Y esa puede ser una de las formas más importantes, y menos estudiadas, del desarrollo económico.




