
La migración tlaxcalteca al valle de Saltillo
Antes de la caída de Tenochtitlán en agosto de 1521, los tlaxcaltecas llevaban décadas resistiendo la expansión mexica. El sometimiento significaba pagar tributo y entregar a los suyos para el sacrificio. La alianza con Hernán Cortés para vencer a los mexicas fue un cálculo político, y resultó clave para que los españoles pudieran derrotarlos. La conveniencia de aquella unión se transformó en grandes privilegios para los tlaxcaltecas. Pelearon en las batallas más decisivas de la conquista y, cuando todo terminó, negociaron su recompensa con una ventaja que pocos pueblos indígenas lograron. Mientras la mayoría quedó sometida al sistema de tributos y trabajo forzado, Tlaxcala obtuvo reconocimiento formal como aliada de la Corona: autonomía de gobierno, exención de tributos, derecho a portar armas y a ser tratada como nobleza indígena. Ese antecedente, conservado celosamente durante décadas, fue lo que los hizo candidatos ideales para el proyecto de pacificar el norte de la Nueva España.
El virreinato necesitaba resolver de manera urgente la guerra chichimeca, que llevaba cuarenta años sin resolverse. Los caminos hacia las minas de plata eran peligrosos y el costo de mantener soldados en el norte resultaba insostenible. Se le atribuye al capitán Miguel Caldera, mestizo hijo de un español y una mujer guachichil, quien conocía el norte como pocos, la propuesta de una solución distinta: en lugar de enviar más soldados, se trataba de mandar colonos indígenas sedentarios que sirvieran como modelo de vida para los grupos nómadas. El virrey Luis de Velasco adoptó la idea y eligió a los tlaxcaltecas para llevarla a cabo. Eran guerreros experimentados, poseían una estructura política sólida y eran los únicos con suficientes privilegios legales para negociar sus propias condiciones.
El rey Felipe II autorizó formalmente el plan en marzo de 1591. Se convocó a cuatrocientas familias de los cuatro señoríos en que se dividía Tlaxcala: Quiahuiztlán, Ocotelulco, Tepeticpac y Tizatlán. Cada señorío tenía su propia identidad, sus propias autoridades y razones para aceptar o rechazar la propuesta. Muchos no estuvieron de acuerdo. Dejar Tlaxcala significaba abandonar tierras milenarias, formas de vida, mercados y el paisaje familiar de las montañas del altiplano central, para ir a habitar un norte del que llegaban rumores de ataques, distancias enormes y un clima extremo, ajeno a todo lo conocido. Convencer a las familias tlaxcaltecas y a sus líderes de partir tomó tiempo, duras negociaciones y promesas muy concretas, todas ellas por escrito en las capitulaciones: el acuerdo legal entre la Corona y Tlaxcala que regulaba en detalle los términos de la migración.
El documento otorgaba hidalguía perpetua para los colonos y todos sus descendientes, derecho a usar el título de don, permiso para portar armas y montar a caballo, gobierno propio con exclusión de españoles y de otros grupos indígenas, exención perpetua de tributos e impuestos comerciales, tierras y aguas, suministro de alimentos por dos años y dotación de herramientas agrícolas y ganado. Era un paquete de condiciones que despertó la envidia de más de un español.
Pocas decisiones en la historia del norte de México tuvieron consecuencias tan duraderas. Los tlaxcaltecas que llegaron a Saltillo no solo trajeron familias: trajeron semillas de hortaliza y cereales, flores de árboles frutales, plantas medicinales, magueyes, técnicas agrícolas de riego, una lengua y una forma de organizarse políticamente que supieron conservar durante dos siglos y medio.
San Esteban de la Nueva Tlaxcala sería, a partir de 1591, la otra mitad de lo que hoy es Saltillo. La llegada de los tlaxcaltecas y su aportación al desarrollo de la ciudad. Entender esa mitad es indispensable para entender la ciudad completa; sin ella, es muy probable que Saltillo no existiera tal y como la conocemos hoy.
Fuentes
- Gibson, Charles. Tlaxcala en el siglo XVI. México: Fondo de Cultura Económica, 1991.
- Dávila del Bosque, Ildefonso. Los Cabildos Tlaxcaltecas: Ayuntamientos del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala desde su establecimiento hasta su fusión con la villa del Saltillo 1591–1834. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 2000.
- Powell, Philip Wayne. La guerra chichimeca (1550–1600). México: Fondo de Cultura Económica, 1977.
- Cavazos Garza, Israel. Saltillo en la historia y en la leyenda. Saltillo: Archivo Municipal de Saltillo, 1979.
- Valdés, Carlos Manuel y Dávila del Bosque, Ildefonso. Saltillo: historia breve. México: El Colegio de México / FCE, 2011.




