
La paciencia se agotó en Torreón
La paciencia se agotó en Torreón. La afición de Santos Laguna está cansada de derrotas, promesas y proyectos que no terminan por reflejarse en la cancha. Lo que durante años fue uno de los equipos más competitivos del fútbol mexicano hoy atraviesa una crisis que dejó de ser pasajera.
Santos terminó en el último lugar en el Apertura 2024 y Clausura 2026, sumó apenas siete puntos en el Clausura 2025 y no disputa una fase final desde noviembre de 2023. En el Apertura 2026 arrancó con cinco derrotas consecutivas. Son demasiados números negativos para seguir hablando simplemente de un proceso.
Y cuando cambian entrenadores, jugadores y proyectos, pero los resultados permanecen, inevitablemente hay que mirar hacia arriba.
Ahí aparece Alejandro “Aleco” Irarragorri Kalb, quien incluso reconoció recientemente que en tres torneos al frente de Santos no ha entregado resultados. Reconocerlo es importante; corregirlo es indispensable.
La molestia ya se percibe entre los aficionados. En redes sociales abundan mensajes que hablan de un equipo que vive del pasado, cuestionan los discursos de la directiva y lamentan que aquel Santos bravo y competitivo se haya convertido en un conjunto acostumbrado a perder.
Y quizá ahí está el verdadero reclamo.
La afición no necesita que la convenzan para comprar una nueva playera, consumir dentro del estadio o acudir al Corona atraída por promociones y una mejor experiencia alrededor del partido. La mejor promoción para llenar nuevamente el estadio se llama tener un equipo competitivo.
Está bien invertir en infraestructura, renovar espacios del TSM, mejorar servicios y ofrecer alternativas comerciales. Pero el aficionado compra una camiseta porque está orgulloso de quien la porta y llena un estadio porque cree que su equipo puede ganar.
Primero hay que invertir en fútbol.
Santos necesita jugadores de jerarquía. Futbolistas que lleguen a marcar diferencia y no solamente incorporaciones que terminen convirtiéndose en una apuesta más.
Las fuerzas básicas son fundamentales y forman parte del ADN del club, pero durante los mejores años de Santos los jóvenes estuvieron acompañados por jugadores como Jared Borgetti, “Pony” Ruiz, Matías Vuoso, Daniel Ludueña, Christian Benítez, Oswaldo Sánchez u Oribe Peralta.
Eran futbolistas con nombre, carácter y calidad. Jugadores capaces de cambiar un partido y cargar con la presión de una institución acostumbrada a competir por campeonatos.
Hoy esa jerarquía hace falta.
Incluso figuras del fútbol mexicano han comenzado a cuestionar públicamente lo que sucede. Jorge Campos habló directamente con Aleco sobre la calidad de los extranjeros contratados, mientras Ricardo “Tuca” Ferretti ha responsabilizado a la directiva por el deterioro deportivo de una institución que durante años construyó prestigio.
Y entonces aparece otra pregunta que tarde o temprano la directiva tendrá que aclarar:
¿Qué pasó con el dinero de la venta del Atlas?
Orlegi Sports concretó en 2026 la venta del club rojinegro al Grupo Prodi. El monto no fue informado oficialmente, aunque distintas versiones periodísticas han colocado la operación entre 200 y 250 millones de dólares.
Por eso resulta inevitable preguntar: ¿qué destino tendrá ese dinero? ¿Se utilizó parte para cubrir compromisos o deudas anteriores? ¿Se reinvertirá en los diferentes proyectos de Orlegi? ¿O una parte importante llegará finalmente a Santos Laguna para construir un plantel verdaderamente competitivo?
No se trata de afirmar algo que públicamente no ha sido comprobado. Se trata de que haya inversión deportiva, no lo digo yo, lo dicen las voces autorizadas en el medio futbolístico.
Porque si Atlas ya salió de la estructura de Orlegi, Santos debería recuperar protagonismo dentro del proyecto. Y si existen recursos para remodelaciones, infraestructura y experiencias alrededor del estadio, también tendría que existir capacidad para contratar futbolistas que devuelvan al equipo a los primeros lugares.
Ahí está el verdadero examen para Aleco Irarragorri.
Ser hijo del propietario no garantiza capacidad para dirigir deportivamente un club de Primera División. La oportunidad ya la recibió y ahora debe responder con decisiones y resultados.
Si tiene la capacidad para reconstruir a Santos, éste es el momento de demostrarlo: invertir mejor, rodearse de gente experimentada y contratar jugadores que estén a la altura de la camiseta.
Y si no puede hacerlo, entonces la pregunta resulta inevitable: ¿no sería mejor hacerse a un lado?
Porque Santos Laguna es mucho más que una marca, un estadio o una estrategia comercial. Es parte de la identidad de Torreón y de La Laguna.
La afición ya puso durante décadas su dinero, compró boletos, adquirió camisetas y acompañó al equipo en las buenas y en las malas.
Ahora le toca a la directiva poner de su parte.
Menos discursos, menos promociones y más fútbol.
Porque aquella frase de “un Guerrero nunca muere” todavía vive en las tribuna, no la dejen morir.
Buen fin de semana, la frase: «La mejor manera de defender lo que uno hace es haciendo lo que uno hace.”




