
Las megaobras del bienestar… de AMLO y sus cuates
Las cuatro megaobras de López Obrador fueron vendidas como el legado material de la “transformación”: Dos Bocas, el Aeropuerto Felipe Ángeles, el Tren Maya y el Tren Interoceánico iban a cambiar la historia económica del país. Eran, según la propaganda, los monumentos de una nueva era. Hoy, los datos, los accidentes, los sobrecostos y la baja utilización cuentan otra historia: no son símbolos de modernidad, sino recordatorios de lo que ocurre cuando la soberbia política sustituye a la planeación técnica. Y ahora Claudia Sheinbaum tiene que cargar con la factura, aunque no pueda decir en voz alta que la herencia viene envenenada.
Dos Bocas es el ejemplo más evidente. La refinería Olmeca fue presupuestada originalmente en alrededor de 160 mil millones de pesos, pero su costo se disparó hasta cerca de 330 mil millones. El doble, nada más para no perder la costumbre. Después vinieron las inauguraciones múltiples, los discursos triunfales y la insistencia en que ya operaba casi como maravilla energética nacional. El problema es que los informes de Pemex confirman que sigue sin cumplir sus metas de producción. Y ya ni hablemos de la serie de accidentes que ha presentado y que hasta víctimas humanas han ocasionado.
El Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles es otro monumento al capricho. Primero se canceló Texcoco, con pérdidas estimadas en 265 mil millones de pesos entre obra ejercida, contratos y bonos. Luego se construyó el AIFA, que entre inversión directa, operación y gastos colaterales ha significado cientos de miles de millones adicionales. ¿El resultado? Un aeropuerto que en 2025 movilizó alrededor de siete millones de pasajeros, lejísimos de los 20 millones prometidos, y que no ha logrado descongestionar de manera significativa al AICM. La obra que supuestamente resolvería el problema aeroportuario terminó convertida en un aeropuerto dependiente del presupuesto federal. Mucha pista, poca gente y demasiada propaganda.
El Tren Maya tampoco se queda atrás. Fue presentado como motor turístico, social y económico del sureste. En los hechos, acumula fallas técnicas, descarrilamientos, cuestionamientos de seguridad, costos disparados y daños ambientales. Desde su inauguración en diciembre de 2023 se han reportado decenas de incidentes, incluidos descarrilamientos en puntos como Tixkokob, Bacalar e Izamal. A eso se suman las advertencias sobre afectaciones al sistema de cenotes y al acuífero de la península, ignoradas bajo el cómodo paraguas de “seguridad nacional”. Cuando una obra necesita esconderse detrás de la opacidad para avanzar, tal vez el problema no son los ambientalistas: tal vez el problema es la obra.
Los hoteles militares asociados al Tren Maya, además, han reportado pérdidas millonarias y hasta cierres temporales, como el caso del Mundo Maya Edzná. La promesa era detonar turismo y desarrollo; la realidad es que el Estado terminó administrando hoteles con números rojos. Qué gran innovación: convertir al Ejército en constructor, operador ferroviario, hotelero y, de paso, guardián de una narrativa que no admite preguntas incómodas.
El Tren Interoceánico del Istmo de Tehuantepec nació con una ambición enorme: conectar el Pacífico con el Atlántico y competir como corredor logístico internacional. La idea, en papel, podía ser estratégica. El problema fue llevarla a la práctica con la misma prisa, opacidad y voluntarismo de siempre. Descarrilamientos, personas heridas, incidentes fatales, reportes de cierres, túneles colapsados y fallas estructurales han reabierto el debate sobre la calidad de la construcción y la supervisión técnica. Un corredor logístico no se construye con discursos patrióticos, sino con ingeniería, mantenimiento, confianza e inversión. Y eso, justamente, es lo que la propaganda no puede improvisar.
En conjunto, estas megaobras han absorbido entre 800 y 900 mil millones de pesos en seis años, en medio de crecimiento débil, recortes a la inversión física y aumento de la deuda. No fueron gratis, aunque el gobierno las haya presentado como si se pagaran con aplausos. Cada sobrecosto tiene consecuencias: menos recursos para infraestructura básica, salud, seguridad, educación, mantenimiento carretero, agua potable y servicios públicos. Esa es la parte que nunca aparece en el video oficial: mientras se presume el tren, se deteriora la escuela; mientras se inaugura la refinería, faltan medicinas; mientras se corta el listón, crece el déficit.




