
Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila
México: donde el refresco se volvió necesidad
Por: Dr. Victor Manuel Geronimo Antonio
En México, el refresco está tan presente en la comida diaria como los frijoles o la tortilla. Pero, ¿realmente se ha convertido en un producto indispensable? Aunque parezca exagerado, para millones de familias mexicanas la respuesta es sí. Un estudio reciente que realicé revela que, durante décadas, el refresco se ha comportado como un bien de primera necesidad, particularmente entre los hogares de ingresos bajos y medios.
El estudio comparó información de los hogares mexicanos entre 1992 y 2024 y encontró algo sorprendente. Lejos de ser un lujo, el refresco se mantiene como un gasto difícil de recortar para los sectores más vulnerables. En economía, esto se conoce como una demanda inelástica: aunque el precio suba, las familias siguen comprándolo casi en la misma proporción.
Solo entre los hogares de mayores ingresos comenzó a verse un cambio importante. En 1992, las familias con más poder adquisitivo consumían en promedio 8 litros de refresco por semana; para 2024, la cifra cayó a 5.8 litros. En contraste, los hogares con menos recursos no solo mantuvieron su consumo, sino que incrementaron el gasto destinado a estas bebidas.
¿Por qué ocurre esto? Parte de la respuesta está relacionada con la desigualdad. Los sectores con mayor educación e ingresos han modificado sus hábitos de consumo por motivos de salud y mayor acceso a alternativas de bebidas. En cambio, para muchas familias de bajos ingresos el refresco continúa siendo una de las opciones de consumo más habituales.
Y ahí aparece una de las principales contradicciones del país, mientras una parte importante de la población rural todavía enfrenta limitaciones en el acceso al agua potable, los refrescos están disponibles prácticamente en cualquier rincón de México. En muchos casos, cuando el acceso al agua limpia no está plenamente garantizado, las opciones de consumo para las familias pueden verse considerablemente reducidas.
Con el objetivo de reducir el consumo, México implementó en 2014 el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) aplicado a las bebidas azucaradas. Para enero de 2026, este gravamen alcanzó los 3.08 pesos por litro en refrescos con azúcar y 1.50 pesos en aquellos elaborados con edulcorantes artificiales. No obstante, a más de una década de su puesta en marcha, México continúa figurando entre los países con mayor consumo de refrescos a nivel mundial.
El problema es que el impuesto, por sí solo, no ha logrado cambiar de fondo los hábitos de consumo. Muchas familias han optado por comprar presentaciones más grandes para ahorrar o absorber mejor el aumento de precio. En otras palabras, el refresco se encarece, pero no desaparece de la mesa.
Además, persiste una pregunta incómoda, ¿qué pasa con el dinero recaudado? El impuesto forma parte de una estrategia más amplia que incluye etiquetados de advertencia y restricciones en escuelas, pero existe poca claridad sobre cuánto de esos recursos se destina realmente a combatir enfermedades relacionadas con el consumo excesivo de azúcar.
El tema merece atención, ya que el alto consumo de bebidas azucaradas se ha asociado con problemas como la obesidad y la diabetes, padecimientos que afectan con mayor frecuencia a la población de menores ingresos. Esto refleja una situación importante, quienes tienen menos recursos son también quienes enfrentan mayores riesgos de salud asociados al refresco
El estudio también identificó algunos factores que influyen en el consumo de refresco. Cuando crece el tamaño del hogar, aumenta el ingreso familiar y vivir en zonas rurales, suelen incrementar la compra de refrescos. En cambio, tener niños pequeños o adultos mayores en casa tiende a reducir el consumo, quizá por una mayor preocupación por la alimentación.
Sin embargo, el dato más revelador no está en las estadísticas, sino en lo que representan, el refresco dejó de ser solo una bebida. Para millones de mexicanos se convirtió en parte de la rutina diaria del presupuesto familiar y, en muchos casos, de la única opción disponible.
Al final, la discusión ya no es si el refresco es un lujo o una necesidad, la pregunta es más compleja: ¿cómo llegamos a un país donde una botella de refresco puede ser más accesible que un vaso de agua potable?




