
Primero ganar, luego crecer: la lógica que rige a la empresa mexicana
Por: Dr. Vicente Germán Soto
¿Primero crecer o primero ganar? La pregunta parece simple, pero define el destino de miles de empresas. Una investigación reciente que llevé a cabo en la Universidad Autónoma de Coahuila ofrece una respuesta clara para el caso de la industria mexicana: la rentabilidad es el motor, no el premio.
Para entender el peso de esta pregunta, conviene mirar el contexto. México vivió su época dorada entre 1954 y 1976, cuando el PIB per cápita crecía entre 6% y 9% al año. Desde entonces, la inestabilidad macroeconómica se volvió la norma: los años ochenta fueron de crecimiento prácticamente nulo, y desde los noventa el país no ha logrado superar en promedio el 2% anual. La pandemia de COVID-19 fue el golpe más reciente: una caída del PIB de 8.3% en 2020, la peor desde la Gran Depresión.
Las causas de este estancamiento son conocidas: deuda externa, gasto público insuficiente, escaso financiamiento de largo plazo y una inversión en innovación que figura entre las más bajas de la OCDE, por debajo incluso de Chile y Brasil. En ese panorama adverso, entender qué impulsa a las empresas mexicanas –y qué las frena– no es un ejercicio académico: es una necesidad urgente.
Imaginemos a un empresario que acaba de cerrar un buen trimestre. ¿Reinvierte las ganancias para abrir una nueva planta y contratar más personal? ¿O consolida primero antes de arriesgarse? La decisión equivocada puede comprometer años de trabajo. Y los datos del sector manufacturero mexicano sugieren que la mayoría ya sabe la respuesta, aunque no siempre la articule de esa manera.
El hallazgo central es este: en México, la rentabilidad conduce al crecimiento empresarial, pero el crecimiento no conduce a la rentabilidad. Las empresas que primero generan utilidades están en mejor posición para expandirse y crear empleos. En cambio, cuando el crecimiento se mide por el aumento en ventas, el efecto sobre las utilidades resultó negativo. Dicho de otra forma, crecer “a toda costa” –aumentar ventas sin cuidar los márgenes– no engorda a la empresa: la adelgaza.
El ejemplo del restaurante lo ilustra bien: el dueño baja precios para atraer más clientes y abre una segunda sucursal antes de tiempo. Las ventas suben, los costos también, los márgenes se comprimen y el negocio termina más frágil que antes. Lo que los datos del sector industrial mexicano muestran es exactamente esa historia, pero a escala global y repetida en miles de empresas.
Este patrón revela algo importante sobre la mentalidad empresarial mexicana: los empresarios son prudentes por necesidad. Si hay ganancias, invierten y se expanden; si los márgenes se estrechan, se repliegan. Esta cautela no es irracionalidad –es la respuesta lógica a un sistema financiero que ofrece crédito caro y escaso. Las empresas mexicanas desconfían del financiamiento bancario, y con razones históricas de sobra.
El problema se agudiza en las micro y pequeñas empresas, que representan el 95% del tejido empresarial del país. Para ellas, la rentabilidad no es solo un objetivo deseable: es la única fuente real de capital. Sin utilidades propias, no hay expansión posible. El banco no es una opción real; las ganancias, sí.
Si la rentabilidad es la llave del crecimiento, la política pública debería enfocarse en mejorar las condiciones que la hacen posible: reducir costos de producción, ofrecer crédito en términos justos, mejorar la seguridad y –sobre todo– apostar por la innovación. México destina menos recursos a investigación y desarrollo que cualquier otro país de la OCDE. Eso importa porque la innovación es el único mecanismo que permite a una empresa ser más rentable sin sacrificar crecimiento: reduce costos, mejora productos, abre mercados. Una empresa que innova no tiene que elegir entre ganar y crecer; puede hacer las dos cosas al mismo tiempo. Si la industria mexicana destinara una parte de sus utilidades a innovar –en lugar de reinvertirlas en más de lo mismo–, el círculo virtuoso entre rentabilidad y expansión podría convertirse en algo más que una aspiración.
La cadena es simple pero contundente: sin utilidades no hay inversión, sin inversión no hay crecimiento, sin crecimiento no hay desarrollo.




