domingo, mayo 3, 2026
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Entre Shanghái y Texas: el verdadero negocio que México aún no entiende

Hay una narrativa cómoda —demasiado cómoda— que se repite en México cada vez que se habla de nearshoring: las empresas están saliendo de Asia y viniendo a nuestro país. Punto. Historia resuelta. Caso de éxito. El problema es que esa historia es incompleta… y en algunos casos, peligrosamente ingenua. Porque Asia no se está retirando. China no está perdiendo el juego. Lo está rediseñando. Frente a la presión comercial y tecnológica de Estados Unidos, lo que vemos no es una retirada, sino una estrategia más sofisticada: diversificación, triangulación y control indirecto de las cadenas de suministro.

El fenómeno conocido como “China+1”, documentado por organismos como la UNCTAD, ha impulsado a países como Vietnam e India a convertirse en nuevos polos manufactureros. Pero ese movimiento no significa que China haya perdido control. Significa que ahora opera en red. Y en esa red, México aparece como una pieza clave… aunque todavía no lo entienda del todo. Nuestro país tiene ventajas evidentes: cercanía con Estados Unidos, integración industrial y acceso preferencial gracias al T-MEC. No es casualidad que México se haya convertido en uno de los principales socios comerciales de la economía estadounidense. Pero tener una ventaja no es lo mismo que saber explotarla.

Hoy, México sigue apostando por el modelo tradicional: atraer inversión, construir infraestructura industrial y esperar a que las empresas operen. Es un modelo válido, pero insuficiente para el mundo que estamos viviendo. Porque el verdadero negocio ya no está únicamente en producir. Está en conectar. Mientras empresas asiáticas buscan entrar al mercado norteamericano sin exponerse directamente a riesgos políticos o arancelarios, y empresas estadounidenses buscan proveedores confiables y cercanos, existe un espacio enorme que México podría ocupar: el de intermediario estratégico. No hablamos de maquila. Hablamos de orquestación.

De coordinar proveedores, validar procesos, integrar cadenas logísticas y facilitar el acceso a mercados. De ser el punto donde convergen Asia y América del Norte. De capturar valor no solo en la producción, sino en la inteligencia comercial. Ese es el

negocio que pocos están viendo. Y es, probablemente, el negocio más rentable de la próxima década.

El problema es que seguimos midiendo el éxito con indicadores del pasado: número de plantas instaladas, metros cuadrados construidos, empleos generados. Todo eso importa, sí. Pero no define el poder económico en un mundo interconectado. Hoy, el poder está en quien controla el flujo, y controlar el flujo implica algo más complejo que ofrecer incentivos fiscales o mano de obra competitiva. Implica entender cómo se mueven las cadenas globales de valor, anticipar riesgos, reducir fricciones y construir plataformas que conecten oferta y demanda de manera eficiente.

México tiene los elementos para hacerlo. Tiene empresarios con experiencia internacional, tiene ubicación privilegiada y tiene un tratado comercial que le abre la puerta al mercado más grande del mundo, pero también tiene limitaciones que no se pueden ignorar. La más evidente es la infraestructura energética. En varias regiones del norte del país, la disponibilidad de electricidad se ha convertido en un cuello de botella. Proyectos industriales se retrasan o se cancelan porque simplemente no hay capacidad suficiente en la red. Y sin energía, no hay integración posible.

Este no es un detalle técnico. Es un tema estructural que puede definir si México consolida su papel en el comercio global o si se queda en un rol secundario. Mientras tanto, otros países avanzan. Vietnam fortalece su base manufacturera. Polonia se posiciona como hub en Europa. Incluso dentro de Estados Unidos, algunos estados, como Texas, están captando inversiones que antes habrían llegado a México; el mundo no se detiene a esperar.

La gran pregunta no es si México tiene oportunidades. Las tiene, y muchas. La pregunta es si está dispuesto a cambiar su forma de pensar, porque si seguimos viendo el nearshoring como una competencia por atraer fábricas, estaremos jugando un juego limitado, pero si entendemos que el verdadero valor está en la conexión —en ser el puente entre Asia y América del Norte— entonces el escenario cambia radicalmente. México puede convertirse en el nodo que articula una de las rutas comerciales más importantes del mundo. Puede capturar valor en logística, en servicios, en comercio y en tecnología. Puede dejar de ser un destino… para convertirse en una plataforma. Pero para eso, necesita ambición. Necesita dejar de celebrar cada inversión como si fuera un fin en sí mismo, y empezar a construir una estrategia de largo plazo que integre sectores, regiones y actores.

Hoy por hoy, la verdad incómoda es que México no está compitiendo con Asia, está siendo utilizado por Asia como parte de su estrategia global. La diferencia entre una cosa y la otra es enorme. En el primer caso, México es protagonista. En el segundo,

es un eslabón más, y en la economía global, los eslabones se reemplazan. Los nodos, en cambio, se vuelven indispensables. La pregunta es simple: ¿Queremos ser indispensables… o fácilmente sustituibles?