COMO DECÍA MI ABUELA

«Amarren a sus gallinas «…

En la familia materna somos 20 nietas y 7 nietos, por lo que mi abuelo solía decir que se sentía «como en programa de Raúl Velasco» cuando los visitábamos. En algún verano, luego de no ver por algún tiempo a sus nietos mayores, éstos llegaron de visita, en cuanto vieron al retoño mayor mis abuelos comenzaron a exclamar «amarren a sus gallinas, que mi gallo anda suelto» mientras que, el mentado «gallo», se henchía de orgullo.

Bien sé que mis abuelos crecieron en una época distinta, en la que muchos de los constructos del machismo se consideraban bien vistos por la sociedad. Sobre todo lo digo por aquéllos lectores más allegados al seno familiar, o aquéllos que compartan la educación de mis abuelos. No trato de criticar acciones en lo individual, sino, ilustrar cómo en colectivo se transmite una idea y cómo un dicho popular o una frase conocida, que en principio pudiera considerarse inocua, alberga conceptos tan nocivos cómo la misoginia y el machismo.

«Amarren a sus gallinas…» nos presenta una idea, en principio, de propiedad sobre las mujeres de la familia, ya que las aves de corral, si se dejan sueltas, son susceptibles de perderse o realizar destrozos, situaciones de las que será responsable el dueño. El hecho de que se considere propiedad nos habla del carácter de cosa que tanto daño a traído a la vida de mujeres y niñas. Al ser consideradas objetos y no sujetas de derechos, muchos de éstos les son violentados desde el seno familiar. Por mencionar un ejemplo, el 60 por ciento de los abusos sexuales contra menores se producen dentro del círculo familiar o de amigos cercanos.

Además, el valor de las gallinas dentro del corral, se asocia directamente con la cantidad de huevos que ponga y las veces que tenga pollitos, si no sale buena ponedora, va directo a la olla del caldo. Comparar a las mujeres con las gallinas, implica darles valor sólo por el factor reproductivo y su buen desempeño como madres y amas de casa, lo que representa una limitante más a sus derechos, pues se tiene la creencia de que las mujeres no necesitan estudiar, a final de cuentas (cómo alguna vez nos dijo un catedrático en la universidad) «las mujeres sólo usan su título para colgarlo en la cocina».

Por cuestiones de este tipo es que afirmo sin temor a equivocarme, que los dichos abonan a perpetuar ideas que impactan de manera negativa en la vida de las mujeres, y que, pese a que existan mecanismos legales a favor de nosotras, en lo cotidiano y aún al interior de las instituciones que deberían garantizar nuestros derechos en el ejercicio de sus funciones, se nos sigue violentando, pues en la práctica, no se realizan ejercicios para cuestionar y dejar de lado las creencias machistas que tenemos arraigadas cómo sociedad.

El gallo, por otro lado, es el rey del corral. Dispone de todas las gallinas a su alrededor para reproducirse. Mi abuelo criaba gallos de pelea, lo que implicaba un valor agregado a cada uno de sus «pollos» cómo él los llamaba.

Que las gallinas anden sueltas implica un peligro, mientras que, que el gallo ande suelto sólo acarrea riesgo para las propias gallinas, es decir, si hay una gallina clueca, es porque anduvo suelta cuando el gallo también lo estaba.

Quizá suene exagerado, pero la imágen que llega a mi mente es la de la revictimización que viven las supervivientes de violación al interior de las fiscalías y ministerios públicos. Cuándo van a denunciar, se les acusa de «andar sueltas» con preguntas cómo ¿Por qué andaba dónde andaba? ¿Por qué a esa hora? ¿Cómo iba vestida? y demás preguntas que dejan la carga de la responsabilidad de la violación sobre aquéllas que la sufren y no sobre los perpetradores, a final de cuentas, el gallo andaba suelto y había que mantener a las gallinas bien amarradas.

Así que, de todos los dichos de la abuela, creo que el de «amarren a sus gallinas, que mi gallo anda suelto» es por mucho, aquél que más encarna la cultura machista y uno de los primeros que deberíamos cuestionarnos.

Autor

El Heraldo de Saltillo
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