
Por Marco A. Saucedo
En el Cañón de San Lorenzo, dentro de la Sierra de Zapalinamé, una ceremonia de tradición lakota celebra el despertar simbólico del oso. Entre piedras incandescentes, cantos, tambores y una hoguera que ilumina las montañas, un padre y su hijo de ocho años viven una experiencia que une la memoria de los pueblos originarios con el respeto por la naturaleza.
Son cerca de las diez de la noche del 21 de marzo. El recorrido hasta San Lorenzo ha sido largo. El frío comienza a descender por la sierra de Zapalinamé; calculamos entre diez y doce grados. Una hoguera ilumina los tipis del Cañón de San Lorenzo, al sur de Saltillo. Más de veinte personas esperamos para ingresar a una pequeña construcción de ramas cubierta con mantas, donde se realizará una ceremonia de purificación de tradición lakota. A medianoche, cuatro hombres cubiertos con pieles de oso danzarán alrededor del fuego para representar el despertar de los osos negros (Ursus americanus) tras su descanso invernal.
Hoy me acompaña Noah, mi hijo de ocho años, cumplidos el 14 de noviembre anterior. Para él, esta visita representa un regalo, una aventura difícil de encontrar en la ciudad. Para mí, es la oportunidad de conocer una ceremonia transmitida de una generación a otra. Más tarde, él también tendrá su lugar en la danza de los osos.
Cuatro meses antes, el 21 de noviembre, yo había recorrido el mismo camino por invitación de Ramón Pérez Corral, mejor conocido como “Tigre”. Aquella noche presenciamos la ceremonia que simbolizaba el retiro de los osos para su descanso invernal. Ahora regresamos para conocer la otra parte de aquella tradición: su despertar.
El camino que conduce al campamento es pedregoso y sinuoso. A ambos lados aparecen arbustos de gobernadora, cactáceas y vegetación característica del semidesierto. Conforme avanzamos, las montañas parecen cerrarse sobre el camino.
Nos adentramos en la sierra de Zapalinamé, una reserva natural estatal de enorme importancia ecológica para Saltillo. Sus montañas captan el agua de lluvia y favorecen su infiltración hacia los acuíferos que abastecen a la ciudad. Conservar sus bosques, su biodiversidad y su agua resulta fundamental para miles de familias.
El paisaje tiene una belleza áspera. Entre rocas y laderas, la vegetación sobrevive a las condiciones del clima. No es difícil comprender por qué quienes participan en estas ceremonias consideran las montañas como espacios de encuentro espiritual.
Al llegar encontramos varios tipis cerca del centro ambiental. Sus estructuras cónicas de más de siete metros de altura sobresalen entre los árboles y los matorrales. Algunas familias conversan junto al fuego; otras personas preparan la leña y los elementos necesarios para las ceremonias. Hay hombres, mujeres y niños.
Ramón Pérez es el líder y responsable de las actividades. Su relación con las tradiciones indígenas de América del Norte se remonta a varias décadas. Me explica que ha recibido enseñanzas de mayores y guías ceremoniales, y que desde hace años comparte estas prácticas en México.
—Aquí no buscamos libros. Aquí vamos transmitiendo todo en verbo y no sustantivo.
Para comprender lo que estamos por presenciar es necesario remontarse a las grandes llanuras de América del Norte. Allí se desarrolló la cultura lakota, estrechamente emparentada con la dakota, aunque cada pueblo posee su propia identidad. Lakota suele traducirse como «aliados». Su lengua pertenece a la familia siux; sus vínculos familiares, ceremonias y relación con la naturaleza articulan buena parte de su vida comunitaria.
Entre sus ceremonias se encuentra el Inípi, un rito de purificación que Ramón describe como una forma de renovación espiritual. Aunque suele compararse con el temazcal mesoamericano por el uso del vapor, tiene su propio origen y significado dentro de la tradición lakota.
La ceremonia se realiza en una estructura baja, donde se introducen piedras calentadas al fuego y se vierte agua sobre ellas. Para sus participantes, el recinto representa simbólicamente el vientre materno, un lugar al que se ingresa para salir renovado.

Los corazones rojos de piedra
Cuando nos invitan a entrar, la noche ha cubierto por completo el campamento. Noah no participa en el Inípi: se ha quedado dormido en la carpa y permanecerá allí hasta el inicio de la danza, a la medianoche. El Inípi tiene una estructura de aproximadamente tres metros de diámetro y apenas permite ingresar agachado. Antes de cruzar la pequeña abertura pido permiso a los espíritus, siguiendo las indicaciones del conductor de la ceremonia (Tigre).
Soy de los últimos en entrar y me corresponde un lugar cercano a la puerta. En el interior hay más de veinte personas sentadas o en cuclillas alrededor de una cavidad excavada en la tierra. El espacio es reducido. Apenas podemos acomodar las piernas sin tocar a quienes tenemos a los lados.
Afuera, las piedras han permanecido durante horas entre las brasas de una hoguera. Comienzan a introducirlas cuidadosamente. Un hombre utiliza unas astas de venado para acomodarlas en el centro. Las piedras están incandescentes. Algunas muestran un rojo intenso; otras conservan pequeños puntos anaranjados que brillan sobre su superficie oscura.
Cuando se apaga la lámpara, solamente quedan visibles aquellos resplandores. Las observo fijamente. Su luminosidad aumenta y disminuye, como si dentro de ellas latiera algo vivo. Por momentos parecen pequeños corazones de piedra que palpitan sobre la tierra.
Después se escucha la indicación de cerrar la entrada. La manta cae. Todo queda a oscuras, solo los corazones de piedra se perciben.
Tigre coloca hierbas sobre las piedras. Se escucha un ligero crepitar y comienza a extenderse un aroma penetrante. El olor del humo de la vegetación calentada se mezcla con el de la tierra y las brasas.
Antes de ingresar nos habían compartido una pequeña raíz de planta para masticar. Su sabor amargo permanece en mi boca. Ramón había hablado de lo dulce y lo amargo de la vida, de la necesidad de aceptar ambos como parte de nuestra existencia.
Entonces se escucha el movimiento de una jícara. El agua cae sobre las piedras y produce un silbido intenso. El vapor se levanta inmediatamente.
Primero siento el calor en el rostro. Después comienza a recorrer los brazos, el pecho y la espalda. La temperatura aumenta rápidamente y el sudor aparece sobre la frente.
Las primeras voces comienzan a cantar. Otras responden. Los cantos se mezclan con el sonido del agua al convertirse en vapor. La oscuridad impide distinguir los rostros. Solamente escuchamos las respiraciones, las oraciones y el canto de quienes conducen la ceremonia, a lo lejos se escucha el canto de un ave.
Algunos piden por sus hijos, por familiares enfermos o por personas que atraviesan dificultades. Otros agradecen por la vida. También se elevan oraciones por el medio ambiente, el agua, las plantas y los animales.
Cada participante ha llegado con sus propias preocupaciones. Dentro de aquella pequeña estructura no existen diferencias visibles entre quienes estamos sentados. Todos compartimos el mismo calor, la oscuridad, el vapor y el esfuerzo de permanecer allí.
El agua vuelve a caer. Las piedras responden con aquel sonido agudo y el vapor se extiende nuevamente. La respiración se vuelve más pesada. El sudor escurre por mi rostro y empapa la poca ropa que traemos.
Durante aproximadamente cuarenta y cinco minutos permanecemos dentro del Inípi, acompañados por los cantos, las oraciones y el vapor de agua impregnado de esencias de plantas. Finalmente, la entrada vuelve a abrirse. El aire frío de la montaña penetra de golpe. Salgo agachado, procurando no golpearme con las ramas de la estructura.
Después de permanecer tanto tiempo sentado sobre la tierra, a mi edad las piernas se me duermen y hay poca circulación, me tambaleo, incorporarme resulta incómodo. Mi ropa está completamente empapada.
El viento helado golpea mi cuerpo y busco acercarme al calor de la hoguera. Algunos participantes se cubren con mantas que llevaron, algunos ya han estado ahí, para mí es la primera vez. El contraste es impresionante. Minutos antes el calor parecía insoportable. Ahora el frío se siente hasta en los huesos.
La ceremonia de purificación ha terminado, pero todavía falta el acontecimiento principal de aquella noche.

El oso, un pariente en la montaña
Ramón Pérez Corral habla de los animales como integrantes de una gran familia a la que también pertenecen los seres humanos. —Somos los de dos patas —me explica—. Y nos aliamos con el de una pata, que es el árbol. Con la gente que vuela, que son las águilas. Todos los que tienen alas, los que nadan, los que se arrastran.
Para él, el respeto por la naturaleza constituye una de las enseñanzas fundamentales de su tradición.
El oso ocupa un lugar especial dentro de esa visión espiritual. Tigre le atribuye cualidades relacionadas con la fuerza, la protección y la curación. Habla de la medicina del oso para referirse a las enseñanzas espirituales asociadas con este animal.
En las montañas de Coahuila habita el oso negro americano, Ursus americanus. Durante el invierno puede refugiarse y reducir su actividad y su metabolismo para ahorrar energía cuando escasea el alimento. La duración de ese periodo varía según el clima y la comida disponible; algunos permanecen activos. El 21 de marzo no es una fecha biológica exacta en la que todos despierten, sino el momento simbólico elegido para celebrar su regreso.
El Tigre considera que la sociedad moderna ha perdido parte de ese sentido de pertenencia. —Hemos olvidado caminar como comunidad.
En su tradición, explica, se recuerda a siete generaciones anteriores y se piensa en las siete que vendrán. Cada persona recibe enseñanzas de sus antepasados y tiene la responsabilidad de transmitirlas. La conversación termina cuando comienzan los preparativos para la danza.

Los hombres que se convierten en osos (La danza)
Es medianoche. Las familias se reúnen alrededor de una gran hoguera que ilumina los tipis y las montañas cercanas. Las llamas se levantan y las chispas desaparecen en la oscuridad.
Los asistentes formamos un círculo alrededor del fuego. Permanezco entre los adultos. Noah ya está despierto y cerca de mí, como un oso y su osezno, atento a lo que sucede.
Los tambores comienzan a sonar. Su ritmo se mezcla con las voces de los hombres que entonan los cantos ceremoniales.
Entonces aparecen los osos. Son cuatro hombres de distintas estaturas y complexiones, cubiertos con pieles de oso que caen sobre sus espaldas. Las cabezas de los animales cubren parcialmente las suyas; con las manos sostienen las garras de las extremidades delanteras.
Caminan ligeramente encorvados. Sus pies descalzos golpean la tierra al ritmo de la danza y las garras tocan a los presentes, nosotros tocamos su piel para recibir su medicina y curar nuestros males. La escena me llega al corazón: lo siento palpitar al compás de los tambores. El fuego ilumina las pieles oscuras y proyecta enormes sombras sobre el terreno y el paredón del bosque.
Para quienes participan, la danza tiene un significado ceremonial. El oso representa fuerza y protección, pero también la relación entre una madre y sus crías.
En la naturaleza, los oseznos permanecen junto a su madre durante una etapa fundamental de su desarrollo (18 meses). La siguen por las montañas y aprenden de ella a encontrar alimento, reconocer peligros y sobrevivir, la abandonan en el segundo verano de su edad.
Esa relación está a punto de reproducirse frente a nosotros.

Como los oseznos siguen a mamá osa
Después de varios recorridos alrededor del fuego, los organizadores invitan a los niños a incorporarse a la danza. Los pequeños se reúnen detrás de quienes representan a los osos. Algunos avanzan inmediatamente; otros esperan unos instantes. Entre ellos está Noah.
Todo aquello es como un regalo para sus ojos. Lo observo incorporarse a la fila y comenzar a caminar detrás de los hombres cubiertos con pieles de oso.
Yo permanezco en el círculo formado por los adultos.
Los niños avanzan siguiendo a los danzantes, como los oseznos siguen a mamá osa por los senderos de la montaña. La fila se curva alrededor de la hoguera y continúa su recorrido al ritmo de los tambores.
Aquellos niños están participando en una ceremonia ancestral. Comprendo entonces lo que Ramón me había dicho sobre la transmisión de sus conocimientos: mediante la palabra y la acción. Las llamas iluminan los rostros de quienes permanecemos alrededor. Los tambores mantienen el ritmo y las voces acompañan cada movimiento.
Desde mi lugar observo a Noah. Pienso que quizá todavía no comprende todo el significado espiritual de aquella ceremonia. Pero está viviendo una experiencia que podría acompañarlo durante muchos años.
Después de varios recorridos, regresan al círculo donde permanecemos los adultos. Noah vuelve a mi lado.
Los cuatro hombres continúan danzando unos momentos más. La ceremonia se acerca a su final.
El regreso a la oscuridad
La hoguera comienza a perder fuerza. Las grandes llamas disminuyen y las brasas iluminan el centro del círculo. Los tambores siguen sonando.
Los hombres cubiertos con pieles de oso continúan moviéndose alrededor del fuego. Sus figuras aparecen y desaparecen entre las sombras conforme avanzan. Entonces comienza la despedida.
Uno de los osos abandona el círculo y se aleja de la hoguera. Después sale otro. Los restantes continúan unos momentos más, hasta que también comienzan a retirarse, uno por uno.
Sus figuras oscuras se alejan de la luz y terminan por confundirse con las sombras de la Sierra de Zapalinamé. Los tambores dejan de sonar. Los cantos terminan. El silencio vuelve a ocupar aquel rincón del Cañón de San Lorenzo, solo el sonido del viento; un tecolote llanero (Athene cunicularia); el murciélago (Myotis thysanodes) o la alondra cornuda (Eremophila alpestris), además del crujido de las hojarascas (ramas secas y hojas en el suelo del bosque) al caminar de los animales.
Han transcurrido varias horas desde que entré al Inípi. Todavía recuerdo el calor de las piedras incandescentes, el sabor amargo de la raíz, el olor de las hierbas y el sonido del agua al convertirse en vapor.
También recuerdo una de las reflexiones de Ramón Pérez Corral:
—Hay que volver al centro. Volver a tener la paz espiritual.
Para él, las montañas representan lugares de oración y encuentro con la naturaleza.
—Para nosotros son los altares, las montañas, los verdaderos templos.
Aquella noche, sus palabras encuentran una explicación en la ceremonia que acabamos de presenciar. Haber sido invitados a compartirla es un privilegio que también exige respeto por quienes nos abrieron ese espacio espiritual.
Cuatro meses antes, yo había venido para acompañar simbólicamente a los osos en su descanso invernal. Ahora hemos presenciado su despertar.
En las montañas, los animales continuarán su propio ciclo natural, ajenos a las celebraciones humanas. Para nosotros, aquella noche ha sido una manera de reconocer nuestra relación con la tierra, los animales y las generaciones que vendrán.
Pienso que algún día, cuando Noah sea mayor, quizá recordará aquella noche en que, teniendo apenas ocho años, caminó detrás de los osos alrededor de una hoguera, en lo profundo del Cañón de San Lorenzo.
Yo recordaré que estuve ahí para ver a mi hijo tener una gran experiencia.
Los osos han regresado a la oscuridad. Noah ha vuelto a mi lado. Mientras el fuego pierde fuerza entre las sombras de Zapalinamé, las palabras de Ramón sobre las generaciones que vendrán dejan de parecer lejanas: mi hijo permanece hoy a mi lado, pero algún día tomará su camino, como lo han hecho mis otros hijos. Lo que esta noche hemos recibido también podrá seguir vivo en él.
(Marco A. Saucedo/El Heraldo de Saltillo)




