martes, octubre 6, 2026
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CON-CIENCIA Y SIN CORBATA

Muy paciente, hasta que me tocó esperar Queridos lectores, les he escrito varias veces sobre la paciencia y la inmediatez. Hoy, sentado en un avión de Viva Aerobús, me dieron ganas de borrar esos artículos. Llevaba una hora y quince minutos en la fila cuatro, pegado a la ventana, sin despegar. Ya me había acomodado, desacomodado y vuelto a acomodar. Afuera seguía exactamente lo mismo. Adentro, yo cada vez estaba más desesperado.

El piloto nos dijo que estaban haciendo un “mantenimiento preventivo”. Pues qué bueno, capitán. Revísenle todo. Uno podrá estar desesperado, pero tampoco va a pedir que le dejen los tornillos pendientes para otro dia. Nada más que entender la explicación no hizo que se me quitara el coraje. Quería que revisaran bien el avión, pero rapidito. Muy razonable de mi parte.

El vuelo iba lleno y un olor a chicharramén se había extendido por toda la cabina. Muy regio, pero después de tanto tiempo encerrados ya sentía que yo también venía preparado en salsa verde.

A mi derecha iba una mujer con sus audífonos, escuchando un concierto. Cerraba los ojos y bailaba en su asiento con una pasión envidiable. Tenía menos espacio que un calcetín en la maleta y aun así se las arreglaba para sacar los pasos.

Yo la veía de reojo y pensaba: ¿cómo le hace? ¿No tendrá que llegar a ningún lado? ¿Qué estará escuchando? Porque a mí ya me molestaba hasta que ella no estuviera molesta.

Y ahí me acordé de ustedes. Qué fácil les he hablado de paciencia cuando estoy tranquilo, escribiendo y sin nadie poniéndomela a prueba. Desde ahí hasta consejos doy. Poco me falta para ofrecer un diplomado. Pero ahora me tocaba esperar a mí y no estaba resultando tan filósofo.

Creo que estas cosas nos dan una falsa autoridad moral tremenda. Uno se siente muy comprensivo mientras lo atienden rápido, le contestan a tiempo y nadie le mueve los planes. Así da gusto ser una persona equilibrada.

Yo traía unas reflexiones muy bonitas sobre aprender a esperar. Nomás me estaba faltando aprender a esperar.

Dicen que el camino se hace al andar. En mi caso, la lección estaba pasando sin movernos un centímetro. Porque ¿en qué otro momento iba a practicar la paciencia? ¿Sentado a gusto, sin pendientes y con todo a todo dar?

Me estaba tocando precisamente el ejercicio del que tanto había escrito. Y yo quería que me lo cancelaran.

Eso no quiere decir que tengamos que agradecer un retraso. A mí me seguía molestando y quería una explicación clara. Que, pensándolo bien, ya me habían dado. Lo que yo quería era otra explicación, de preferencia una que terminara con “ya nos vamos”.

Revisaba la hora y hacía cuentas, como si el piloto estuviera esperando mi cálculo para prender los motores.

La mujer de al lado seguía en su concierto. No sé cómo se tomó el anuncio del mantenimiento; sospecho que ni lo escuchó. Durante ese rato se veía bastante más a gusto que yo. Me dio envidia. De la buena y también un poquito de la otra.

Cuando llegó el momento de bajar, todavía nos faltaba el espectáculo de la primera fila. Un chavo de unos treinta años empezó a gritarle a su compañero de asiento. No entendí qué había pasado, pero sí escuché que le recordó a su mamá varias veces. La señora, sin boleto, terminó incluida en el viaje.

Después de tanta espera, una discusión locochona. Y todavía faltaban las maletas. Pensé: “Definitivamente, la paciencia no es para todos”.

Mírenme nada más. Ya estaba dando calificaciones otra vez. No había insultado a nadie, pero llevaba un buen rato alimentando mi mal humor con chistes rancios que me contaba solo. Ahora, gracias al numerito de otro, ya me sentía candidato a impartir el diplomado.

De ese vuelo me quedo con la señora de los audífonos. Ella encontró cómo disfrutar el rato sin explicarnos nada, sin pedirnos que nos calmáramos y sin darnos una conferencia sobre la paciencia.

Esa se las estoy dando yo, que fui el que estuvo a punto de perderla. La próxima vez que escriba “hay que aprender a esperar”, les doy permiso de preguntarme cuánto llevo haciéndolo. Pero no me pregunten dos veces, porque también ustedes…