viernes, octubre 2, 2026
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CON QUÉ SE COME LA IDENTIDAD

 

 

La identidad de una persona consiste únicamente en ser

José Saramago

Identidad es destino. No le eche la culpa a la vida. Bueno, sí, pero poquito; siempre hay contingencias. Eso que usted cree que es, aunque ni siquiera lo tenga claro, determinará lo que le suceda. Vamos a desentrañarlo:

La identidad es, ciertamente, autopercepción e incluso autodefinición consciente, pero, ante todo, está anclada a emociones y sentimientos. Lo que sentimos es el núcleo de nuestro ser, de ahí que el inteligente o el tonto, el hábil o el torpe, el que resuelve o el que crea problemas, el gordo o el flaco, la fea o la bonita son, más que palabras, ideas, conceptos, formas de sentirse a uno mismo.

Nacen como percepciones que tienen los demás sobre nosotros, especialmente nuestra familia, después los amigos y los maestros; finalmente, tras “n” repeticiones las convertimos en nuestra identidad, como rasgos de personalidad, claro, pero sobre todo como formas de agrado o desagrado respecto de nosotros mismos, según el sentimiento transmitido por quienes nos etiquetaron, porque no es lo mismo una madre que nos enseña a reírnos y aprender de nuestros errores, que la que nos hace avergonzarnos y negarlos.

Con el tiempo, las palabras tienden a desaparecer y quedan únicamente los sentimientos. Ya no hace falta pensar “soy fea” o “no valgo” para llevar siempre presente esa sensación. De hecho, es muy probable que la máscara que hemos elaborado para esconder nuestras vulnerabilidades sea el referente de nuestro autoconcepto. El famoso dime de qué presumes y te diré quién eres.

Sin embargo, no es una autoimagen parchada la que decide nuestro destino, sino lo que oculta, aquello con lo que, en contra de nuestra voluntad, nos identificamos, a lo cual secretamente nos apegamos porque nos permite ocupar un lugar y realizar una función en el mundo.

Esa forma de sentirse a la que sin advertirlo nos apegamos está a su vez enraizada en una serie de emociones que se convierten en hábito. Hablemos, para ilustrarlo, de las adicciones: caemos en ellas, cualesquiera que estas sean, porque no sabemos manejar el miedo, la frustración, el dolor, la rabia, la humillación y, por supuesto, la autodevaluación; hay un tiempo en el que nos son muy útiles para evadirnos de nosotros mismos, pero ha de llegar el momento en que el sufrimiento sea mayor que su utilidad e intentaremos apartarnos de ellas; bueno,  pues he aquí que solo lo lograremos si aprendemos a dejar de sentirnos como nos hemos habituado a hacerlo, porque el nuevo yo no puede estructurarse en la misma miseria de siempre.

Cualquier tipo de intento de mejoría se topará con que todo está en nuestra contra, sobre todo si tomamos en cuenta que, en no pocas ocasiones, el habitual malestar ligado al auto rechazo, por identificación con las peores partes que los demás han señalado como nuestras principales características, es precisamente el precio que pagamos por caber, por ejemplo, en la familia, aunque sea en calidad de la oveja negra; en el grupo de amigos, como la gorda; en el trabajo, como el inútil. Y sí, no encajar puede ser la forma perfecta de encajar, porque creemos que es la única que nos es posible adoptar.

Por eso las conductas autodestructivas pueden regresar con gran fuerza o simplemente no podemos abandonarlas: no solo estamos habituados a “ser” quienes somos y a sentirnos como nos sentimos al respecto, sino que son parte fundamental de la pertenencia, que es, créame usted, un asunto de vida o muerte para cualquier ser humano.

Si queremos cambiar nuestro destino es necesario que aprendamos a dejar de sentirnos mal, lo cual requiere, necesariamente, pasar por el miedo, la vergüenza y la culpa de sentirse bien, revalorarse y ponerse palomita. No crea usted que es fácil: estaremos tentados frecuentemente a regresar a la familiar zona de confort de nuestro acogedor malestar; pero hay forma, por supuesto, y de eso hablaremos la semana que viene.

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