jueves, octubre 1, 2026
Inicio OPINIÓN EDUCAR NO ES SOLAMENTE ENSEÑAR: ES FORMAR PERSONAS PARA LA VIDA

EDUCAR NO ES SOLAMENTE ENSEÑAR: ES FORMAR PERSONAS PARA LA VIDA

Durante demasiado tiempo hemos confundido educación con escolarización. Suponemos que un niño está siendo bien educado porque obtiene buenas calificaciones, domina una segunda lengua, utiliza herramientas tecnológicas o acumula reconocimientos académicos. Nos tranquilizan los promedios, los certificados y las estadísticas. Pero pocas veces nos detenemos frente a la pregunta verdaderamente importante: ¿qué clase de ser humano estamos ayudando a formar?

Porque educar no consiste solamente en transmitir conocimientos. Educar significa formar criterios, hábitos, convicciones y carácter. Significa enseñar a una persona a convivir con otras, asumir las consecuencias de sus decisiones, enfrentar la frustración, respetar límites y comprender que no todo deseo puede convertirse inmediatamente en derecho.

Ésa es precisamente una de las grandes dificultades de nuestro tiempo. Vivimos en una sociedad que exige resultados inmediatos, recompensa la apariencia de éxito y ha convertido la satisfacción personal en una especie de mandato. A los jóvenes se les habla constantemente de alcanzar sus sueños, pero con menor frecuencia del esfuerzo necesario para conseguirlos; se les insiste en conocer sus derechos, pero no siempre con la misma firmeza en reconocer sus obligaciones. Y ninguna educación puede estar completa cuando enseña derechos sin responsabilidades, libertad sin consecuencias o aspiraciones sin disciplina.

En este proceso, el maestro tiene una responsabilidad enorme. No solamente por aquello que explica frente a un pizarrón, sino por aquello que transmite sin proponérselo. Un profesor educa cuando cumple su palabra, cuando escucha, cuando exige con justicia, cuando reconoce un error y cuando trata con dignidad al alumno que aprende rápido y también al que necesita más tiempo. Educa incluso cuando corrige, porque la manera de hacerlo puede enseñar respeto o humillación; responsabilidad o miedo. Pero sería profundamente injusto depositar sobre los maestros toda la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones.

La educación comienza mucho antes de que un niño cruce por primera vez la puerta de una escuela. Comienza en la familia. Allí se aprende si la palabra dada tiene valor. Allí se descubre si existen límites. Allí se observa cómo se trata a los ancianos, cómo se habla de quien piensa distinto, cómo se enfrenta una dificultad y qué ocurre después de cometer un error. Los niños escuchan nuestros consejos, pero sobre todo observan nuestras contradicciones.

De poco sirve exigirles honestidad si nos ven justificar pequeñas trampas. Difícilmente aprenderán respeto si observan que los adultos insultan a cualquiera que piensa diferente. No podemos pedirles responsabilidad mientras resolvemos permanentemente las consecuencias de sus decisiones para evitarles cualquier incomodidad. Una generación protegida de toda frustración corre el riesgo de llegar indefensa frente a la realidad. Porque la vida inevitablemente dirá que no.

Habrá exámenes que no se aprueben, empleos que no se obtengan, proyectos que fracasen, personas que se marchen y esfuerzos que no produzcan el resultado esperado. También educamos cuando enseñamos que una derrota no destruye a una persona y que comenzar nuevamente forma parte de la existencia. Sin embargo, existe un tercer educador del que hablamos mucho menos: la sociedad.

Una sociedad educa mediante aquello que premia, tolera y convierte en ejemplo. Podemos pedirle a un joven que valore el esfuerzo, pero si observa que socialmente se admira más la riqueza inmediata que el trabajo perseverante, recibirá un mensaje contradictorio. Podemos hablarle de honestidad, pero si contempla diariamente que quien engaña obtiene ventajas mientras quien cumple las reglas parece ingenuo, la lección termina perdiendo fuerza. Por eso la educación no puede analizarse exclusivamente desde los planes de estudio. También debemos preguntarnos qué valores transmite nuestra vida pública, nuestras familias, nuestros medios de comunicación y hasta nuestras conversaciones cotidianas.

La escuela puede enseñar matemáticas, historia, ciencias o literatura. Pero formar personas exige algo más complejo: construir una alianza entre maestros, padres y sociedad. No una alianza para evitarles dificultades a los jóvenes, sino precisamente para prepararlos para enfrentarlas. Necesitamos recuperar palabras que parecen antiguas pero siguen siendo indispensables: responsabilidad, esfuerzo, respeto, disciplina, honestidad, solidaridad, perseverancia y palabra. No son conceptos pasados de moda. Son herramientas para vivir. Y quizá debamos revisar también nuestra idea del éxito.

El alumno con mejores calificaciones no necesariamente será el ciudadano más responsable. El profesionista con mayores conocimientos puede fracasar si es incapaz de trabajar con otros. Y ninguna preparación académica sustituye a la integridad cuando una persona debe decidir qué hacer precisamente cuando nadie la está observando. Por eso educar es una responsabilidad que trasciende generaciones. Cada niño que aprende a respetar, cada adolescente que descubre el valor del esfuerzo y cada joven que comprende que sus actos tienen consecuencias representan algo más que un logro familiar o escolar: representan una posibilidad de construir una sociedad mejor.

La pregunta entonces no debería ser únicamente qué queremos que nuestros hijos sepan cuando sean adultos. Deberíamos atrevernos a formular una mucho más profunda: ¿Qué clase de personas queremos que sean cuando nosotros ya no estemos allí para decirles qué hacer? Tal vez en la respuesta se encuentre el verdadero significado de educar.

 

jcdovala@gmail.com