
Todas las cosas están en cambio
Marco Aurelio
Aunque sea una de esas ideas muy difundidas, la realidad no cambia de golpe: de golpe nos damos cuenta de que ya cambió. Debido a que necesitamos estabilidad para vivir y desarrollarnos sin que cunda el pánico a cada momento, nuestra conciencia deja de poner atención a una gran cantidad de indicios de que cualquier cosa que usted se imagine, incluyéndose, está en constante cambio.
Todo fluye sin parar, aunque no lo advirtamos. No podemos entrar dos veces al mismo río, decía Heráclito de Efeso hace unos dos mil 500 años. Nada nuevo, pues. Lo que sí es moderno es el cúmulo de explicaciones científicas de por qué los seres humanos podemos llegar a creer que “las cosas siguen igual”, hasta que se presenta un acontecimiento imprevisto y perturbador, contrario a la expectativa que hemos venido teniendo de cómo deberían comportarse la vida y la realidad.
Este no es un artículo para advertir que tendríamos que estar atentos a los más mínimos detalles del fluir, con el fin de saber hacia dónde apunta y, en consecuencia, estar prevenidos. Nuestra conciencia no nos lo permite; discrimina aquello que no sirve para el día, la hora, el minuto y el segundo que estamos viviendo, instante a instante, aun a pesar de nuestros pensamientos, que pueden estar disparados y caóticos. Pensamiento no es conciencia.
Pero sí es nuestra intención hacer una breve reseña de algunos tipos de problemas adaptativos que tenemos cuando ya la realidad se nos vino encima, nos guste o no. Lo primero que hay que entender es que toda mudanza —en el sentido de cambio en general— tiene dos tiempos: cuando nos vamos y cuando terminamos de irnos; es decir, la adaptación es, por su propia naturaleza, y hablando por supuesto del ser humano, un proceso producto del rezago de la conciencia frente al fluir de la realidad. El famoso “no la vi venir”.
Al momento de la adaptación, por tanto, presentaremos una gran incomodidad; natural, claro está, porque “nos movieron el piso”, e incómoda, porque ese es el aviso en neón de que tenemos que movernos. Sin embargo, lo primero a que debemos enfrentarnos es a nuestras emociones, que tienen su propia inercia y tienden a los apegos, origen de la resistencia interior. Mientras más intensos nuestros afectos por aquello que debe quedarse atrás y más radicada nuestra identidad en ello, más nos rehusaremos al cambio.
Y es aquí donde sí tenemos que estar atentos: en primera instancia, no tenemos más opción que responder al cambio con las viejas emociones y los sentimientos asociados a ellas, pues su evolución llega tras la adaptación; pero si no estamos conscientes de que todo cambio es un proceso de mutación emocional y sentimental, y nos aferramos a las viejas formas de sentirnos, que además están ligadas estrechamente a nuestras creencias, podemos estancarnos indefinidamente; es decir, simplemente entrar en zona de confort.
Muchos de los cambios que tenemos que realizar en la vida no solo requieren un movimiento interno evolutivo, o sea, hacia la madurez, sino una mudanza de identidad; debemos dejar de ser quiénes éramos. Esto es mucho más difícil que solo desapegarnos de una persona, de un objeto o un lugar.
Se trata de desestructurar nuestro ego, para volverlo a construir con nuevos y más sólidos cimientos. Porque el ego también se desarrolla, aunque para ello debe el alma quitarle el control. Ella es la que lo ayuda en su proceso de “reencarnación” o reestructuración. Por eso, si ha usted pasado por alguna crisis fuerte de vida y ha salido fortalecido, puede sentir que aquel otro que antes fue quedó en otra vida.
Así que no se preocupe por todo lo que se viene gestando fuera de su control, de todos modos lo va a tener que experimentar. Solo hay que cambiar de piel llegado el momento.




