domingo, agosto 23, 2026
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Financiamiento a las Pymes en México: El motor que aún no arranca

Durante más de tres décadas, el discurso oficial ha repetido la misma cifra como si fuera un mantra: las micro, pequeñas y medianas empresas representan el 90 por ciento de los negocios del país y generan la mitad del Producto Interno Bruto. Sin embargo, detrás de esa estadística se esconde una paradoja incómoda: el motor que mueve a México sigue operando con el tanque casi vacío. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en México existen alrededor de 4.9 millones de pymes, y cada año una porción significativa de ellas desaparece por una razón que se repite con obstinada frecuencia: la falta de capital para adquirir maquinaria, comprar materia prima o simplemente sostener el flujo de efectivo.

El problema no es nuevo, pero sí se ha vuelto más visible en el contexto del nearshoring. Mientras el país presume inversión extranjera récord y corredores industriales saturados de demanda, miles de proveedores locales —justo las empresas que deberían capturar esa derrama— se quedan fuera del sistema financiero formal. Según cifras de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores y el propio INEGI, apenas alrededor de una quinta parte de las pymes mexicanas tienen con una cuenta bancaria, y la Encuesta Nacional de Financiamiento de las Empresas ha documentado de manera consistente que la mayoría de las solicitudes de crédito de las empresas más pequeñas termina en rechazo o en condiciones tan onerosas que resultan inviables.

La banca de desarrollo ha intentado revertir esta tendencia con un impulso inusual. Nacional Financiera cerró enero de 2026 con un incremento de 40 por ciento en crédito, garantías y saldo inducido respecto al año anterior, y el sector pyme concentró cerca del 59 por ciento de ese monto total. El vehículo detrás de este empuje es el Plan México, que articula garantías de Nafin capaces de cubrir hasta 70 por ciento del riesgo crediticio, permitiendo que la banca comercial preste a empresas sin historial. Santander, por su parte, anunció que colocará alrededor de 36 mil millones de pesos en crédito pyme durante 2026, cerca de 16 mil créditos nuevos. Analistas de S&P Global Ratings proyectan que la banca de desarrollo —Nafin, Bancomext y Banobras— crecerá su colocación entre 9 y 10 por ciento anual en los próximos dos años.

El costo del dinero, sin embargo, sigue siendo un obstáculo mayúsculo. Aunque Banxico ha sostenido un ciclo de recortes que llevó la tasa de referencia a 6.50 por ciento en agosto de 2026 y la TIIE a 28 días se ubica alrededor de 6.76 por ciento, el crédito que efectivamente reciben las pymes rara vez se otorga a esas tasas. La prima de riesgo que cobran los intermediarios por la falta de garantías, historial crediticio o formalidad fiscal puede duplicar o triplicar el costo final, especialmente para negocios sin colateral que ofrecer.

Es aquí donde han irrumpido plataformas fintech, que utilizan datos alternativos —facturación electrónica, flujos bancarios, comportamiento transaccional— para calificar el riesgo de empresas invisibles para la banca tradicional. El propio programa de Cadenas Productivas de Nafin permite descontar facturas a tasas preferenciales desde TIIE más dos puntos, un mecanismo de factoraje que ha probado ser más eficiente que el crédito simple para negocios con ciclos de cobranza largos.

En las zonas industriales de México, esta desconexión se observa todos los días. Empresas proveedoras de manufactura avanzada, logística y servicios industriales enfrentan una demanda creciente derivada de la relocalización de cadenas de suministro, pero carecen de la estructura financiera para escalar al ritmo que exige el mercado. Muchas siguen operando con capital de trabajo limitado, dependiendo de anticipos de clientes o de crédito de proveedores, en lugar de instrumentos bancarios formales. La brecha no es de oportunidad de negocio —esa existe y seguirá creciendo— sino de arquitectura financiera capaz de traducir esa oportunidad en flujo de capital oportuno.

Cerrar esta brecha exige algo más que anuncios de garantías y metas de colocación. Se requiere una digitalización real del historial crediticio, registros de garantías mobiliarias que funcionen en la práctica y no solo en el papel, y una colaboración genuina entre banca de desarrollo, banca comercial y fintechs para construir un expediente de riesgo compartido. También exige que los gobiernos estatales dejen de operar convocatorias intermitentes y construyan fondos de garantía permanentes, replicando el modelo de la SBA estadounidense adaptado a la realidad fiscal mexicana.

Hoy por hoy, la pregunta es: ¿el ecosistema de financiamiento a pymes en México está diseñado para resolver el problema, o para administrarlo indefinidamente? Después de tres décadas de encuestas, programas, garantías y anuncios de banca de desarrollo con crecimientos de doble dígito, el porcentaje de pymes bancarizadas sigue siendo marginal. Una lectura generosa diría que el país avanza, aunque despacio. Una lectura más crítica sugeriría que un entramado de intermediarios financieros, consultores y fondos de garantía viven precisamente de la persistencia

de esta brecha, y que el día que se cierre de verdad, buena parte de esa industria perdería su razón de ser. Mientras no exista una métrica pública, verificable y de largo plazo que mida el impacto real —no el monto colocado, sino cuántas pymes sobreviven, crecen y generan empleo formal gracias a ese crédito—, seguiremos celebrando cifras de colocación cada enero sin saber si el motor de la economía mexicana realmente arrancó, o si simplemente le seguimos echando gasolina a un vehículo con el freno de mano puesto.