Columna de El Colegio de Economistas de Coahuila, A.C.

La Economía Política detrás del Cerro de las Campanas
Por: Mtro. Jesús Javier González Alcázar
En próximos días los mexicanos conmemoraremos 159 años del fin de la Segunda Intervención Francesa y la caída del Imperio de Maximiliano. La historia oficial nos cuenta que el 19 de junio de 1867 la República triunfó sobre la monarquía cuando Maximiliano de Habsburgo fue fusilado en el Cerro de las Campanas junto a Miguel Miramón y Tomás Mejía. La escena es perfecta para los libros escolares, un emperador extranjero frente al pelotón, Benito Juárez convertido en símbolo de la soberanía nacional y la República restaurada. Sin embargo, el episodio resulta más complejo y menos romántico cuando se observa desde la historia económica y la economía política, una perspectiva que este proyecto utiliza para revisar críticamente algunas de nuestras fábulas fundacionales.
Aquí cabe cambiar el foco, dejar de preguntar si Maximiliano fue villano, víctima o héroe trágico e intentar comprender por qué colapsó el Segundo Imperio Mexicano y qué lecciones deja este episodio para la construcción de los Estados. Porque cuando el emperador enfrentó al pelotón de fusilamiento, el Imperio ya llevaba meses muerto.
La narrativa oficial simplifica este episodio partir de las ambiciones de Napoleón III y de la conspiración conservadora, ambas variables importan, pero poca importancia se da al hecho de que el Segundo Imperio llegó a un país financieramente quebrado.
Carlos Marichal, en sus obras sobre la deuda pública del siglo XIX señala que para 1861 está ascendía en México a cerca de 82 millones de pesos, una carga extraordinaria para una economía devastada por décadas de guerras civiles, pronunciamientos militares e invasiones extranjeras. Sin capacidad para cumplir sus compromisos, el gobierno de Benito Juárez suspendió pagos, provocando la Convención de Londres entre España, Inglaterra y Francia. Mientras las dos primeras potencias aceptaron las garantías diplomáticas ofrecidas por Manuel Doblado, Francia aprovechó la coyuntura para impulsar un rediseño político de México bajo tutela europea. La deuda fue el detonante, pero detrás de ella se encontraba un problema más profundo, la incapacidad del Estado mexicano para financiarse de manera estable.
John H. Coatsworth en “Los orígenes del atraso: Nueve ensayos de historia económica de México en los siglos XVIII y XIX”, sostiene que uno de los principales obstáculos para el desarrollo económico mexicano en el siglo XIX fue precisamente la debilidad fiscal del Estado. Los ingresos públicos apenas cubrían una parte de los gastos gubernamentales y amplias regiones escapaban a una recaudación efectiva. La deuda externa terminó convirtiéndose en un sustituto permanente de los ingresos tributarios. El problema no era solamente cuánto debía México, sino la percepción internacional de que carecía de instituciones capaces de garantizar el pago. Como señalaría Douglass North, las instituciones generan credibilidad, y en 1861 México tenía muy poca.
Entre 1864 y 1867 los problemas de Maximiliano fueron más profundos que la resistencia republicana. La coalición que sostenía al Imperio comenzó a fracturarse. Los conservadores mexicanos se sintieron traicionados por la negativa del emperador a revertir plenamente las Leyes de Reforma; los acreedores europeos seguían esperando pagos que nunca llegaban; las finanzas imperiales dependían de subsidios externos y Francia descubría que sostener una monarquía en México resultaba cada vez más costoso y menos rentable.
Para Mancur Olson, las coaliciones políticas sobreviven mientras los beneficios de pertenecer a ellas superen sus costos. Hacia 1866, para casi todos los actores el Imperio comenzaba a ser más costoso que útil, además el momento geopolítico cambiaba aceleradamente. El fin de la Guerra de Secesión permitió a Estados Unidos volver su atención hacia México y apoyar a las fuerzas republicanas. Al mismo tiempo, la derrota de Austria frente a Prusia alteró el equilibrio europeo y obligó a Napoleón III a reconsiderar sus prioridades estratégicas. Los incentivos habían cambiado.
La retirada francesa reveló que el Imperio no había logrado construir una hacienda pública capaz de sostener el esfuerzo bélico, ni una coalición política estable, ni un aparato militar autónomo. Como sostiene Barry Weingast, los órdenes políticos dependen de instituciones capaces de generar compromisos creíbles, algo que Maximiliano nunca logró consolidar. Cuando los soldados franceses abandonaron México, el Segundo Imperio descubrió que dependía de recursos, protección y legitimidad provenientes del exterior.
Desde la economía política, el resultado comenzó a definirse mucho antes de Querétaro. El regreso de Estados Unidos al tablero y la necesidad francesa de concentrarse en Europa terminaron haciendo inviable el proyecto imperial. El 19 de junio de 1867 no murió el Imperio, solo se firmó su acta de defunción, la causa de la muerte fue una combinación letal de insolvencia financiera, fractura política y abandono internacional. Ningún régimen puede sobrevivir indefinidamente cuando, además de una profunda división interna, depende de recursos, legitimidad y protección que provienen del exterior.




