viernes, marzo 13, 2026
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LA ILUSIÓN DE LA CALIDAD DE VIDA

La riqueza consiste mucho más en el disfrute que en la posesión

Aristóteles

¿Quién no quiere vivir bien? Incluso el que vive mal sistemáticamente, porque así no tiene que asumir responsabilidades, aspira en su fuero interno al bienestar.

A lo largo de su historia el ser humano ha inventado y adaptado a sus cambiantes circunstancias conceptos de lo que significa vivir bien. En la modernidad hemos acuñado el término “calidad de vida”.

Se habla de países con alta o baja calidad de vida, de ciudades que la ofrecen en abundancia o de sociedades que supuestamente la han alcanzado. Y, sin embargo, detrás de esa expresión aparentemente precisa se esconde una idea profundamente ambigua, casi ilusoria: en el imaginario moderno, la calidad de vida suele asociarse con abundancia y esta con riqueza.

Sin embargo, esta asociación simplifica de manera peligrosa una realidad mucho más compleja, porque aunque es evidente que existen diferencias materiales entre una comida sencilla de tortillas con frijoles y una mesa servida con caviar y salmón, la aspiración y experiencia humana de la satisfacción no siempre, más bien casi nunca, sigue la lógica de la opulencia. El gusto nos dura un rato y cuando nos hemos acostumbrado a “lo bueno” queremos más o diferente.

Las naciones del mundo han intentado medir la calidad de vida mediante indicadores que parecen más objetivos: seguridad, acceso a la educación, servicios de salud, ingresos promedio, estabilidad institucional, entre otros. En teoría son las condiciones mínimas para que una sociedad florezca. Ciertamente tienen alto valor, pero cuando se convierten en la única vara de medición, dejan fuera algo esencial: la experiencia íntima y subjetiva de la vida humana.

El ser humano comienza a cuestionar estos conceptos generalmente cuando adquiere cierta madurez interior. Durante la juventud, la idea dominante suele ser la de alcanzar metas visibles: más dinero, más reconocimiento, más posesiones, pero con el paso de los años, cuando se acumulan vivencias, cuando se observan las contradicciones del mundo y se comprende que la abundancia material no garantiza la paz interior, surge una inquietud distinta. Aparece entonces la sospecha de que aquello que nos dijeron que era “vivir bien” quizá no era más que una construcción cultural. Incluso surge la duda de si “la paz interior” no será en realidad más que otra parte de ese paradigma.

Hay personas que viven en lugares modestos, en casas pequeñas, con recursos limitados, pero disfrutan la vida, y hay también quienes poseen enormes fortunas y, sin embargo, viven atrapados en la ansiedad, en el temor de perder aquello que poseen.

No se trata ni de rechazar el aspecto material ni de idealizar la pobreza, sino de vivir con dignidad a partir de lo que se tiene, sin dejar de aspirar a más, pero, sobre todo, sin anclar la propia capacidad de disfrutar la vida en la concreción de lo que deseamos y aún no tenemos. De esta única habilidad depende en realidad una buena vida. En resumen: deje de crear expectativas, que son deseos o esperanzas a cuyo cumplimiento condiciona usted su bienestar emocional.

La clave para adquirir y entrenar esa habilidad es la gratitud, que solo es posible cuando dejamos de dar por hechas nuestras bendiciones: vida, salud, libertad, amigos, familia, Dios y a nosotros mismos. Una mañana, cuando se levante, antes de comenzar en automático su día, imagínese sin lo que hoy usted cree seguro.

Entonces verá una verdad sencilla: lo que ya tiene es lo más valioso. La vida no se mide por lo que poseemos, por lo que socialmente “somos”, por la utilidad que tenemos para otros ni por lo que opinan de nosotros, sino por la profundidad con la que somos capaces de estar presentes para nosotros mismos, dentro de nosotros mismos, cuando nos necesitamos, porque la persona a la que más necesita, aunque le parezca inverosímil, es a usted mismo. Esa, y no otra, es la dimension esencial del espíritu.

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