
Chichimecas, bárbaros y la mirada que juzga
Antes de que llegara un solo español al norte de la Nueva España, los pueblos del desierto ya cargaban con un nombre que no se les había impuesto. Los mexicas los llamaban chichimecas. La palabra según algunas fuentes, significaban expresiones como «perros» o «bebedores de sangre». Era el vocabulario con el que Tenochtitlán describía a quienes no podía someter ni cobrar tributo: gente brava, nómada, ajena al orden que los mexicas.
El término no designaba un pueblo concreto. Era una etiqueta que los mexicas aplicaban a distintos grupos del norte, guachichiles, zacatecos, irritilas y muchos más, sin mucha precisión. Lo que esos grupos tenían en común, a ojos mexicas, era lo que les faltaba: ciudad, templo, agricultura intensiva, jerarquía visible. En otras palabras, eran bárbaros.
Hay una paradoja en todo esto que conviene no pasar por alto. Los mexicas, que usaban esas palabras despectivas contra los pueblos del norte, practicaban sacrificios humanos rituales a una escala que no tenía equivalente en Aridoamérica. Los prisioneros de guerra podían ser ofrendados a Huitzilopochtli y, en ciertos contextos ceremoniales, partes del cuerpo de los sacrificados eran consumidas por miembros de la élite o guerreros. No era una práctica alimentaria, sino un acto religioso cargado de significado político y cosmológico. Eso no lo hace menos violento, pero sí lo sitúa en su contexto, también los convertía en antropófagos.
Entre los grupos de Aridoamérica, en cambio, las fuentes históricas no registran sacrificios humanos rituales de ese tipo. Lo que los mexicas llamaban barbarie era, en gran medida, un modo de vida nómada que no encajaba en sus propias categorías culturales. El llamado «bárbaro» del norte no practicaba los rituales más violentos de la época; simplemente vivía de otra manera. La paradoja es clara: quien usaba esa palabra no era, necesariamente, el más pacífico de los dos.
Cuando los españoles llegaron al territorio descomido del norte, adoptaron ese vocabulario casi sin cuestionarlo. Lo hicieron en buena parte a través de los nahuatlatos, los intérpretes indígenas que hablaban náhuatl y español y que servían de puente entre los colonizadores y los pueblos que encontraban a su paso. El náhuatl se había convertido en lengua franca de la Nueva España, y los nahuatlatos que acompañaban las expediciones hacia el norte describían a los grupos que encontraban usando los términos que ya conocían: chichimecas, guachichiles, zacatecos. Así, palabras nacidas en Tenochtitlan viajaron al norte en boca de intérpretes y quedaron fijas en documentos, crónicas y actas. Muchos de los nombres con que hoy conocemos a esos pueblos son, en realidad, nombres que otros les pusieron.
Los historiadores modernos saben que parte de lo que los cronistas del siglo XVI escribieron sobre los pueblos del norte estaba filtrado por esa mirada doble: la del español que no comprendía el desierto y la del nahuatlato que usaba categorías mexicas para explicar realidades distintas. Algunas descripciones fueron exageradas. Otras simplificaron diferencias que eran importantes. El resultado es que los pueblos de Aridoamérica llegaron a la historia con nombres ajenos, vistos por ojos ajenos, juzgados con criterios que no eran los suyos.
Entender esto no cambia los hechos, pero sí cambia la lectura. El término chichimeca no describe con precisión a nadie: describe, sobre todo, la incomodidad de quienes no sabían qué hacer con gente que no quería ser sometida. Esa incomodidad, primero mexica y luego española, es en sí misma un dato histórico. Los nombres que una sociedad le pone a sus vecinos difíciles dicen tanto de ella como de quienes los nombra.
Fuentes
Sahagún, Bernardino de. Historia general de las cosas de Nueva España. México: Editorial Porrúa, 1982. Fuente primaria fundamental para entender la cosmovisión mexica, los sacrificios rituales y el vocabulario empleado para describir a los pueblos del norte.
Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. México: Editorial Porrúa, 1960. Crónica de primera mano que documenta las prácticas mexicas observadas por los conquistadores.
Jiménez Moreno, Wigberto. «Tribus e idiomas del norte de México». En El norte de México y el sur de Estados Unidos. México: Sociedad Mexicana de Antropología, 1944. Analiza el origen y uso del término chichimeca y sus variantes.
Powell, Philip Wayne. La guerra chichimeca (1550–1600). México: Fondo de Cultura Económica, 1977. Estudia cómo los españoles adoptaron y aplicaron la categoría chichimeca durante la expansión colonial.
Carrasco, David. City of Sacrifice: The Aztec Empire and the Role of Violence. Boston: Beacon Press, 1999. Análisis del sacrificio humano en el contexto político y religioso mexica.
Lockhart, James. Los nahuas después de la conquista. México: Fondo de Cultura Económica, 1999. Ofrece contexto sobre el papel del náhuatl como lengua franca y la función de los intérpretes en la Nueva España.




