ESPECTADOR

Escribir, escribir, escribir…

Dice la escritora francesa Marguerite Duras (Saigón 1914 – Francia 1996), cuyo verdadero nombre era Marguerite Germaine Marie Donna- dieu, autora de la célebre novela El amante, que se hizo película y la consagró mundialmente, que escribir es una forma de soledad muy especial.

Ella pone énfasis en que la educación en general debe sistematizarse y convertirse en un vasto campo de conocimiento autónomo capaz de transformar la visión de quien la adquiera en una época difícil como la que hoy se vive.

Para escribir hay que fundar un espacio que debe ser un tipo de soledad que no es otro que el del autor. Los periodistas y los escritores escriben, por un deber, pero también por una necesidad de llenar esa soledad que a cada instante los aguijonea en sus oídos y tiene toda la piel del recuerdo y el color de la vida cuando se quiere llenar una hoja en blanco y traer a ella lo intangible y lo palpable.

“La soledad de la escritura es una soledad sin la que el escribir no se produce. Ante todo no debe dictarse la escritura a una secretaria, o bien a

un editor –señala Marguerite. Debe de haber una soledad que es la separación con los demás, la autonomía secreta”.

Quien escribe, por más de tres décadas me ocupé de llenar esa soledad, ese silencio aterrador y placentero a la vez, esa planicie en blanco, ese desierto de arena blanca tan lisa como la piel de un recién nacido. Infinidad de veces se me presentó esa soledad especial y creativa que venía de alguna parte, formando una historia breve o bien de un recuerdo íntimo presente de otro tiempo, de otra época.

El inicio de lo que bien pudiera decirse que es una escritura muy personal que llena un espacio y una sombra de soledad proviene de la familia, todo lo que yo he escrito en más de 30 años, ininterrumpidamente, es casi autobiográfico, por lo general el escritor llámese periodista, novelista, cuentista, teatrista, ensayista tiene la necesidad de que lo conozcan y llene su espacio que alguna vez fue soledad, pero que al traerlo a la escritura se transforma por efecto de esa soledad en algo real e inviolable.

“El escribir es lo único que llena mi vida y la hechiza, dice Marguerite Duras. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado”. Y cierta-mente, amigos, al igual que la señora Duras, yo mismo regreso a esa soledad que alguna vez se me dio y aproveché periodísticamente en bien de los lectores y del bien propio muy independiente de los editores o de cualquier otro directivo o guía. La soledad me quiere. Puedo asegurar en carne propia que he vuelto al amparo escritural de una soledad real como si fuera el amor de una mujer en su inicio.

Qué maravilla resulta escribir. Cada palabra que genera nuestra imaginación tiene el mismo efecto del sudor y del caminar, de alegría y dolor, de una mirada hermosa. Estoy de acuerdo en todo con Marguerite Duras y añadiría que el silencio que engendra esa soledad es producto de un deseo que se gesta en el universo y en las distancias entre un planeta y otro. Entre la vida y la muerte.

Los efectos del clima en el mundo tienen voz, color y la majestad con que se dan tiene que ver con la tristeza y la alegría de las aves y del ser humano cuyo lenguaje cantarino y simbólico, parecido al del gorrión rojo, somete el orden sideral y terrestre a nuevas formas cada año. De ahí que cada año sea una soledad diferente pero extraordinaria.

¿Pero qué significa escribir, escribir, escribir? El mundo es en su totalidad una fuerza que promueve el movimiento per sé tanto de la flora como de la fauna. Escribir en su totalidad es colocar los cinco sentidos que tenemos en un eslabón de posibilidades y orientaciones de manera individual, somos la voz del bebé dentro del vientre de la madre, escuchamos el exterior y tenemos la capacidad de interpretar mentalmente ya nuestro destino si no escritural, cuando menos sensorial. De ahí la nueva moda electrónica de acercar al vientre materno en gestación la música y las palabras.

Pero, ¿cuándo llega la hora de escribir, escribir y escribir? Llega cuando menos lo pensamos; mientras descubrimos el mundo explicado por la madre, nuestras manos palpan, nuestros dedos se mueven a la

velocidad de la luz y nuestros ojos cerrados en el capullo materno van al encuentro de otra conclusión más técnica o científica.

Dice la autora de Moderato cantabile que la escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a otra. Escribimos –dice uno de sus críticos— para no perdernos, de no existir la escritura nos queda la nada, el vacío hacia la muerte.

Ese grito que nos despierta luego de nueve meses en el vientre de la madre es la primera forma de lenguaje en defensa propia, y lo dicen los psiquiatras y los médicos, un lenguaje que poco a poco se convertirá en algo sólido. ¿Alguien sabrá que consonante o vocal pronunció al instante de nacer? Quizás Chopin, Liszt, Beethoven, Mozart, Bach, habrán sabido de que su primer grito fue una nota de la escala musical con todas las de la ley. Venturosos ellos que nacieron escribiendo y murieron escribiendo música.

Pero al igual que la escritura y la música ambas llegan a nuestra vida como el agua cristalina a nuestro campo de acción, es decir a nuestra soledad propiamente dicha; es entonces que la escritura por nuestro pensamiento se transforma y de lo abstracto a lo concreto, es decir, con un significado al mundo que nos vio nacer y las palabras “papá” y “mamá” en todos los idiomas son testigos de que la escritura también tiene color, dolor, imagen, estructura, seriedad y locura.

Así que si usted desea escribir como un escritor, pensar como un escritor y leer como un escritor será mejor que lo piense bien o morirá en el acto. Pero lo mejor es vivir, ¿no se le hace maestro? ¿Vivir dónde? Pregunto. Vivir la vida, y ¿qué es la vida? Nada. Es decir, la nada, ante el primer acto de la escritura en la página en blanco. Exacto. La nadificación y anulación de la que habla Marguerite. Es un buen comienzo. Una buena defensa. ¿Entonces para qué escribir, escribir y escribir…?

Autor

El Heraldo de Saltillo
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