miércoles, octubre 21, 2026
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¿QUÉ GENERACIÓN ESTAMOS CONSTRUYENDO PARA EL FUTURO?  

Quien enseña a un niño trabaja, inevitablemente, para un tiempo que todavía no existe. Los alumnos que hoy ocupan un pupitre serán dentro de algunos años médicos, maestros, ingenieros, empresarios, trabajadores, servidores públicos, madres, padres y ciudadanos. Tomarán decisiones que afectarán a otras personas, dirigirán empresas e instituciones, formarán familias y, eventualmente, tendrán en sus manos una parte de la responsabilidad de conducir a la sociedad.  Por eso resulta insuficiente discutir la educación únicamente en términos de planes de estudio, calificaciones, infraestructura o herramientas tecnológicas. La pregunta verdaderamente importante es mucho más profunda: ¿qué clase de personas estamos formando?

Durante décadas asociamos el progreso educativo con la acumulación de conocimientos. Saber más parecía equivaler automáticamente a estar mejor preparado. Hoy esa relación es mucho menos sencilla. Vivimos en una época en la que cualquier estudiante puede acceder en segundos a cantidades de información que antes exigían horas en una biblioteca. La inteligencia artificial puede redactar textos, resolver operaciones, traducir idiomas y explicar prácticamente cualquier concepto. El desafío educativo, entonces, comienza a desplazarse. Ya no consiste solamente en enseñar a encontrar respuestas, sino en formar personas capaces de preguntarse si esas respuestas son correctas, suficientes, éticas y útiles.

La tecnología seguirá avanzando. Sería absurdo intentar detenerla y todavía más absurdo educar como si no existiera. Pero también sería una irresponsabilidad entregar a las nuevas generaciones instrumentos cada vez más poderosos sin enseñarles a desarrollar criterio para utilizarlos. Una sociedad tecnológicamente avanzada no necesariamente es una sociedad humana, justa o responsable. Podemos formar jóvenes extraordinariamente competentes para utilizar dispositivos y, al mismo tiempo, profundamente dependientes de ellos. Podemos enseñarles a encontrar información sin enseñarles a distinguir conocimiento de ruido. Podemos darles herramientas para comunicarse con cualquier persona del planeta mientras pierden lentamente la capacidad de conversar con quien tienen enfrente. Ahí aparece una de las grandes contradicciones de nuestra época: tenemos generaciones cada vez más conectadas y, sin embargo, no necesariamente mejor comunicadas.

El problema tampoco se resuelve culpando a los jóvenes. Sería demasiado cómodo. Los adultos construimos el entorno en el que ellos están creciendo. Creamos plataformas diseñadas para capturar su atención; llenamos su vida de estímulos permanentes; convertimos la inmediatez en norma y después nos sorprendemos porque les cuesta esperar. Les enseñamos que casi todo puede obtenerse con un clic y luego les exigimos paciencia, constancia y tolerancia a la frustración. Quizá antes de preguntarnos qué les ocurre a las nuevas generaciones deberíamos preguntarnos qué tipo de mundo les estamos entregando.

Porque educar también significa establecer límites. Durante algunos años confundimos autoridad con autoritarismo, disciplina con represión, exigencia con falta de empatía y frustración con daño emocional. En el intento legítimo de construir una educación más respetuosa de la infancia, existe el riesgo de caer en el extremo contrario: formar niños y jóvenes convencidos de que toda incomodidad debe evitarse y que toda dificultad constituye una injusticia. Pero la vida no funciona así. Estudiar exige esfuerzo. Aprender implica equivocarse. Trabajar supone cumplir obligaciones incluso cuando no existe motivación. Convivir requiere aceptar que los demás no siempre pensarán como nosotros. La educación debe proteger la dignidad de los estudiantes, ciertamente, pero también debe prepararlos para enfrentar una realidad que no se adaptará permanentemente a sus deseos. Los derechos son indispensables; las responsabilidades también.

Una sociedad que enseña a exigir los primeros pero guarda silencio sobre las segundas termina creando ciudadanos que conocen perfectamente lo que otros les deben, pero pocas veces se preguntan qué deben ellos a los demás. Lo mismo ocurre con la libertad. Queremos formar jóvenes capaces de pensar por sí mismos, y debemos hacerlo. Una democracia necesita ciudadanos críticos, capaces de cuestionar gobiernos, instituciones, empresas e incluso aquello que aprendieron de sus propios padres; pero pensamiento crítico no significa rechazo automático de toda autoridad ni sospecha permanente hacia cualquier tradición, pensar críticamente también significa tener la humildad de reconocer que no todo lo antiguo está equivocado y que no toda novedad representa progreso. Hay valores que ninguna revolución tecnológica vuelve obsoletos; la palabra dada, la responsabilidad, el respeto, la puntualidad, la honestidad, el esfuerzo, la capacidad de cumplir una obligación aunque nadie esté vigilando. Podrán cambiar las profesiones, las herramientas y los modelos económicos; difícilmente construiremos una sociedad funcional si esas virtudes desaparecen. También tendremos que reconciliar dos conceptos que con frecuencia presentamos como contrarios: competencia y colaboración.

Los jóvenes necesitarán competir. El mundo laboral seguirá premiando talento, preparación, creatividad y resultados. Fingir lo contrario sería engañarlos. Pero competir no implica destruir al otro. Una sociedad madura necesita personas capaces de buscar la excelencia individual mientras comprenden que los grandes problemas colectivos rara vez pueden resolverse individualmente. Necesitamos buenos profesionistas, ciertamente, pero también buenos compañeros; buenos empresarios, pero responsables con quienes trabajan con ellos, buenos servidores públicos, pero conscientes de que administrar recursos públicos significa administrar recursos que pertenecen a otros, buenos ciudadanos, incluso cuando nadie los observa, y aquí aparece quizá el desafío más complejo: durante mucho tiempo depositamos en la escuela responsabilidades que originalmente pertenecían también a la familia y a la comunidad.

Esperamos que el maestro enseñe matemáticas, español, civismo, valores, hábitos, disciplina, convivencia, educación emocional y hasta conductas elementales que antes comenzaban en casa. La escuela puede reforzar esos principios, pero difícilmente puede sustituirlos. Un niño recibe una contradicción profunda cuando en el salón escucha que debe respetar reglas pero en casa aprende que las reglas pueden ignorarse cuando resultan incómodas. O cuando se le habla de honestidad mientras observa a los adultos justificar pequeñas trampas cotidianas. Los valores no se transmiten principalmente mediante discursos. Se transmiten mediante ejemplos. Por eso el futuro educativo no depende exclusivamente de una reforma escolar. Depende de reconstruir una alianza que se ha debilitado: familia, escuela y sociedad.

La familia debe recuperar su responsabilidad formativa. La escuela debe conservar su autoridad pedagógica y su exigencia académica. Y la sociedad debe preguntarse qué comportamientos premia, qué modelos convierte en referentes y qué idea del éxito transmite a sus jóvenes; porque también educan las redes sociales, educa la televisión, educan los influencers, educan las empresas, educan los políticos, educa lo que una sociedad celebra y también aquello que decide tolerar. Tal vez, por eso, la gran discusión educativa de nuestro tiempo no debería comenzar preguntando qué conocimientos necesitarán los jóvenes dentro de veinte años. Nadie puede saberlo con certeza. Muchas de las herramientas que utilizarán todavía ni siquiera existen. La pregunta más sensata es otra: ¿Qué cualidades humanas necesitarán para enfrentarse a un mundo que cambiará permanentemente?

Necesitarán conocimientos, naturalmente. Pero necesitarán también carácter para levantarse después del fracaso; criterio para distinguir verdad de manipulación; disciplina para trabajar cuando desaparezca el entusiasmo; empatía para convivir con quien piensa distinto; responsabilidad para comprender las consecuencias de sus decisiones y principios suficientemente firmes para no negociar todo aquello que resulte incómodo. Entonces llegamos a una pregunta todavía más difícil. ¿Estamos educando solamente para que nuestros hijos tengan éxito o también para que sean capaces de construir una sociedad mejor?

Porque ambas cosas no son necesariamente iguales. Podemos formar extraordinarios profesionistas y pésimos ciudadanos. Personas exitosas incapaces de pensar en algo más allá de sí mismas. Individuos altamente preparados técnicamente pero indiferentes frente a las consecuencias de sus decisiones. El verdadero éxito educativo quizá no pueda medirse únicamente por los títulos universitarios, los ingresos o la posición profesional alcanzada. También debería medirse por la clase de persona que permanece cuando desaparecen esos reconocimientos. El futuro no se construirá el día en que esos niños lleguen a la vida adulta. Se está construyendo ahora.

En cada límite que establecemos, en cada responsabilidad que enseñamos, en cada ejemplo que ofrecemos, en cada ocasión en que elegimos educar en lugar de simplemente complacer. Dentro de veinte o treinta años veremos los resultados. Para entonces, sin embargo, muchas de las decisiones que hoy podemos tomar ya serán irreversibles; por eso educar nunca ha sido solamente preparar individuos para ganarse la vida, es preparar personas capaces de vivir con los demás, y posiblemente ahí se encuentre la responsabilidad más profunda de cualquier generación adulta: comprender que la sociedad del futuro será, en buena medida, el reflejo de aquello que hoy decidamos enseñar, exigir, permitir y —sobre todo— ejemplificar.