Juanito y el instituto
Ayer, entre unos tacos deliciosos y una compañía envidiable en Ciudad de México, me tocó escuchar a alguien que se toma su trabajo muy en serio. De esos que empiezan a hablar de lo que hacen y a uno hasta se le enfrían los tacos.
Vamos a ponerle Juanito. Y a la escuela que dirige le diremos el Instituto. Cambiaré los nombres porque me interesa contarles la conversación, no andar dando pistas para que adivinen quién es.
Juanito lleva prácticamente toda su vida laboral dedicado a la enseñanza. Su trayectoria lo trajo a Coahuila y, para acabar de tener suerte, a Saltillo. Hasta ahí, evidentemente, ha tomado excelentes decisiones.
Durante la cena buscaba cómo preguntarle su opinión sobre lo que hemos vivido últimamente en la comunidad educativa coahuilense. Ustedes saben a qué me refiero. Hoy prefiero contarles lo que Juanito me enseñó.
Habló con enorme respeto de la subdirectora del ejido La Unión, en Torreón. Consideraba ejemplar su labor, opinión que comparto. Mientras explicaba por qué, se le fue llenando la voz de esa pasión que se le nota cuando habla de sus alumnos y su instituto.
Nos dijo que dirigir una escuela implica asumir una responsabilidad por la seguridad de los maestros, del personal y, sobre todo, de los niños. Entonces soltó una frase que me trono la cabeza: “Si en el Instituto hubiera pasado eso, te garantizo que yo me muero primero, en la raya”.
Yo, que tantas veces les he escrito sobre liderazgo y dirección, me quedé pensando con el taco en la mano.
Nadie sabe cómo reaccionaría ante algo así. Tampoco tendría que morir un director para demostrar su compromiso (Lastimosamente ya paso en el estado). Pero entendí lo que quería decir: él no se imagina desentendiéndose de quienes están bajo su cuidado.
Una frase así puede sonar matona en una cena. Lo interesante fue escuchar cómo trabaja cualquier martes, cuando todavía no hay una emergencia.
Me habló de preparación, de pruebas y de simulacros. Pensé en lo fácil que es fastidiarnos porque un ejercicio interrumpe nuestras actividades. Hasta que hace falta saber qué hacer y resulta que el protocolo estaba precioso, pero nadie lo había ensayado.
Después me explicó que entrevista personalmente a los padres de los alumnos que ingresan al Instituto y que intenta darles clase a todos sus estudiantes. Tiene un puesto desde el que podría conocer la escuela mediante reportes, juntas y resultados. Él busca tener a los alumnos enfrente. Su interés va más allá de comprobar quién se aprendió las capitales.
Quiere conocerlos. A ellos y a sus familias. Entender la comunidad que está formando y establecer qué espera la escuela y qué esperan los padres.
Claro que una entrevista no revela todo. Quienes hemos entrevistado para un trabajo sabemos que hay gente que se vende espectacularmente y otra que, por los nervios, no logra mostrar lo que sabe. Por eso importa tanto lo que viene después: convivir, escuchar y estar disponible.
Luego Juanito me mandó información sobre el cuidado que debemos tener al contar estas tragedias. Incluso después de la cena seguía buscando cómo ayudar. Yo le había preguntado su opinión y él todavía estaba haciendo la tarea.
Por eso quiero aprovechar estas líneas para reconocer a los docentes de nuestro país.
Escuchándolo pensé en cuántos maestros tenemos cerca cuya historia nunca nos hemos detenido a conocer. Sabemos qué materia dan y qué tan difíciles ponen los exámenes. Pero cómo nos acordamos de algunos años después.
Del que nos tuvo paciencia cuando ni nosotros nos aguantábamos. De quien nos exigió más porque sabía que podíamos. Del que notó que algo nos pasaba y se quedó a preguntar.
Apuesto a que ya les vino un nombre a la cabeza.
Desde fuera somos buenísimos para opinar sobre educación. Todos tenemos una queja y, si nos dan cinco minutos, hasta una reforma educativa. Quisiera vernos frente a un salón un lunes temprano, consiguiendo que treinta alumnos nos pongan atención sin ofrecerles la contraseña del wifi.
A un maestro le pedimos que enseñe, motive, ponga orden, escuche y detecte problemas. Que encuentre cómo hablar con los padres sin que nadie se ofenda. Y todavía tiene que calificar.
Reconocer esa chamba también exige respaldarla. Los docentes necesitan herramientas, formación y familias que cumplan su parte. Pagar una colegiatura o dejar a un hijo en la puerta no resuelve nuestra responsabilidad.
En “Coahuila: hay que entrarle” les propuse participar desde lo que sabemos hacer. Hay maestros que llevan años haciéndolo, clase tras clase, sin que nadie les dedique una columna.
Hoy quisiera dedicarles esta. A quienes preparan sus clases, conocen a sus alumnos, corrigen con respeto y siguen buscando cómo hacerlo mejor. A quienes, como Juanito, todavía hablan de enseñar con unas ganas que se le contagian a uno.
Le cambié el nombre para que no supieran quién era. Ojalá al leerlo hayan reconocido a uno de sus maestros. Si fue así, búsquenlo y díganselo. También ellos merecen saber lo que dejaron en nosotros.




