
Monterrey se pintó de un solo color. El Orange Bus (ese camión que desde hace más de veinte años persigue a Holanda por los mundiales) cruzó la frontera y se metió a la Macroplaza sintiendose local.
El gobernador presumió números, regaló cerveza de Grupo Modelo y hasta invitó a Grupo Firme al Fan Fest. 16,000 personas, dijo, caminaron de naranja al BBVA.
La ciudad entera se vistió para recibir a la Naranja Mecánica. La fecha no era cualquiera. El partido se jugó el 29 de junio. Doce años antes, el mismísimo 29 de junio de 2014, México se iba de Brasil por un penal que (vale la pena aclararlo para las nuevas generaciones) no era penal. Robben se dejó caer, Proença marcó el penal y Huntelaar nos mandó de regreso a casa. Doce años después, los holandeses volvieron a pisar suelo mexicano, y las gradas del estadio Monterrey los recibieron con cantos de «¡No era penal, no era penal!».
El regio no apoyó al equipo al que le «prepararon» la ciudad. Apoyó a Marruecos. Y Marruecos, fiel al mundial loquísimo que estamos viviendo, los eliminó en penales.
Pero quedarse en la anécdota sería limitativo. Lo de Marruecos está lejos de ser suerte. Es un «proyecto de Estado». En 2008, el rey Mohammed VI puso la formación como prioridad de una estrategia deportiva y mandó construir la Academia Mohammed VI, un semillero que cada año «scoutea» a unos 450 niños de entre 7 y 13 años para quedarse con unos 20.
Y la Academia no es un centro de influencers: es un internado que junta la pelota con la escuela, la disciplina y el acompañamiento (clave para talentos jóvenes). Elige por mérito, no por apellido ni por palanca. De ahí salieron jugadores que hoy son la base de la mayor (Ounahi, Aguerd, Tagnaouti) y la generación que el año pasado le ganó a Argentina la final del Sub-20. El objetivo no es producir un crack que impresione al mundo un verano; es construir un sistema que no se caiga cuando se vaya el técnico en turno.
A eso le sumaron una variable súper astuta: nacionalizar. De los 26 convocados a este Mundial, 19 nacieron fuera de Marruecos, según la FIFA. Hakimi es de Madrid; casi toda la plantilla se formó en Europa y volvió a los «Leones del Atlas». La federación los convence desde niños y junta el talento «extranjero» con el local.
¿Qué ha pasado en estos 15 años?
Semifinalistas en Qatar y 34 partidos sin perder. Un equipo construido paso a paso, que se acopla a los entrenadores porque no depende de ninguno.
Y la cosa no paró en Monterrey: le pasaron por encima a Canadá 3-0 y este jueves 9 de julio, tienen cita en Boston contra Francia (los bicampeones, esos que en Qatar los devolvieron a su casa) por un boleto a semifinales.
En el otro lado estaba la elegancia. Holanda inventó el «fútbol total», fue subcampeona en el 74, el 78 y el 2010, y llegó otra vez prometiendo que ahora sí era la buena. Ganaron su grupo con 10 goles, golearon a Suecia y a Túnez. Tienen a Van Dijk, a De Jong, a Gakpo (el que anotó días después de perder a un hijo no nacido y festejó primero solo y luego abrazado por todos. Tienen, en una palabra, «historia».
Lo que no tienen es el trofeo. Y vuelven a no tenerlo: eliminados en penales en 2014, 2022 y 2026, sin perder un solo partido en tiempo regular.
Porque un mundial, haciendo doble click, es un reflejo. En treinta días pasan frente a nuestros ojos estrategias, recursos y objetivos distintos, y cada selección es el reflejo de un proceso: a veces el de los últimos cuatro años, a veces el de mucho más.
Hay federaciones que planean para el próximo mundial y otras que llevan tres lustros persiguiendo el mismo. La diferencia no siempre se nota en la fase de grupos. Se nota en los penales.
De aquel fin de semana naranja ya no queda nada. Pintar la ciudad: toma un fin de semana. Construir lo de Marruecos: años de disciplina. Por eso, a la hora del penal, no gana el del camión más bonito, sino el que lleva media vida ensayando ese tiro, ese escenario, ese momento




