lunes, junio 22, 2026
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“Regala” Saltillo millones de litros de agua a Nuevo León

El pasado sábado 20 de junio, en apenas unos cuantos minutos, una tormenta derramó sobre Saltillo millones de litros de agua, pero de toda esta lluvia, tan sólo una pequeña parte se quedó en la ciudad, mientras que la mayoría se fue por los arroyos directo hacia el río San Juan en Nuevo León, para terminar almacenada en la presa “El Cuchillo”.

El pasado sábado 20 de junio, en apenas unos cuantos minutos, una tormenta derramó sobre Saltillo millones de litros de agua, pero de toda esta lluvia, tan sólo una pequeña parte se quedó en la ciudad, mientras que la mayoría se fue por los arroyos directo hacia Nuevo León, para terminar almacenada en la presa “El Cuchillo”, que sirve para abastecer al área metropolitana de Monterrey.

Y no es que a Saltillo le sobre el agua. Lo que pasa, es que la ciudad no cuenta con la infraestructura necesaria para retenerla cuando cae una tormenta cómo la del pasado sábado.

Cuando llueve en Saltillo, el agua que corre por los arroyos no se queda en la ciudad. La mayor parte termina formando parte de la cuenca del río San Juan, en dónde se encuentra “El Cuchillo” y, finalmente, del río Bravo y de ahí rumbo al Golfo de México.

La Sierra de Zapalinamé funciona como la “azotea” de Saltillo. Ahí nacen numerosos arroyos temporales que bajan hacia la ciudad. Entre los principales están el Ceballos, La Navarreña, El Charquillo, La Tórtola, San Lorenzo, el Del Cuatro, el Blanco y otros afluentes menores, que tras su paso por la ciudad desembocan en el arroyo del Pueblo (que se convierte en La Encantada ya en el municipio de Ramos Arizpe), el cual a su vez desemboca en el río Salinas en Nuevo León y éste a su vez en el San Juan.

No toda el agua llega a los arroyos. Una parte importante se infiltra en los cañones y zonas de recarga de Zapalinamé, especialmente en lugares como el Cañón de San Lorenzo y El Aguaje, alimentando los acuíferos subterráneos de los que se abastece Saltillo. Pero cuando la lluvia es tan intensa y cae tan rápido cómo ocurrió el pasado sábado, la mayor parte del agua corre por los arroyos y por muchas calles y bulevares de la ciudad, de dónde aguas abajo termina descargando en esos mismos arroyos.

Falta infraestructura

La única forma de impedir que el agua que llueve en Saltillo vaya a parar a Nuevo León es construir infraestructura para retenerla e infiltrarla a los mantos acuíferos. Entre otras acciones, se requiere:

  • Construir cientos de presas de gaviones en la parte alta de los arroyos que nacen en Zapalinamé, lo cual ayudaría a retener e infiltrar el agua de lluvia y a evitar inundaciones en las calles y bulevares cómo ocurrió el pasado sábado.
  • Rediseñar los camellones que existen en los bulevares, los cuales parecen estar construidos para expulsar el agua hacia las calles y bulevares, y no para retenerla e infiltrarla.
  • Crear un reglamento municipal, de tal forma que los nuevos estacionamientos que se construyan, en lugar de utilizar concreto impermeable que impide que el agua se infiltre y lejos de ello lo que provocan es que corra más rápido, utilicen adoquín u otros materiales permeables que permitan la infiltración.
  • Un gran trabajo de reforestación tanto en la sierra de Zapalinamé como en el cauce de los arroyos. Las plantas ayudan a retener el agua, actúan como un freno que hace que corra más lentamente y esto propicia la infiltración hacia los mantos.
  • Evaluar la posibilidad de construir una presa aguas abajo. Si Nuevo León pudo construir “El Cuchillo” y Tamaulipas la “Marte R. Gómez” en el cauce del San Juan, no debería de haber ningún impedimento para que Coahuila tuviera la suya. Hay un mito que dice que el Tratado sobre aguas internacionales entre México y Estados Unidos lo impide, pero si así fuera, no existirían las dos presas mencionadas líneas arriba.

No nos sobra el agua

A Saltillo no le sobra el agua, pero con lo que llueve, deberíamos de tener más que suficiente para cubrir las necesidades de la ciudad. Lo que ocurre es que, al ir creciendo la mancha urbana, la ciudad ha sido cubierta con una capa impermeable de pavimento y concreto, al tiempo que hemos ido desapareciendo grandes áreas de vegetación, impidiendo que el agua se infiltre hacia los mantos acuíferos cómo ocurría antes, lo cual permitía que en el área que actualmente ocupa la zona urbana hubiera cientos de “ojitos de agua” que brotaban de forma natural. Hoy en día, nuestros mantos acuíferos están tan abatidos que, para encontrar agua, es necesario perforar a cientos de metros de profundidad. (OMAR SOTO)