
Cuando el ánimo está en suspenso, un ligero impulso lo hace inclinarse
Terencio
Todos hemos estado en esa situación en que ponemos la vida en suspenso mientras sucede algo que estamos esperando. Transcurrimos sin tomar decisiones a futuro, sin comprometernos del todo con lo que sigue, como si en cualquier momento pudieran cambiar repentinamente las cosas. Es normal, y a veces no hay opción. Hay esperas cuya resolución compete a la vida, pero hay otras, íntimas, propias, llamadas expectativas, en las que nos podemos quedar estancados.
En la expectativa, la espera puede dejar de ser intervalo y volverse estatus. Entonces la persona le entrega la administración de su presente a una posibilidad que todavía no muere en su interior, aunque en la realidad ya lo haya hecho claramente. Esa llamada pendiente, el regreso posible, la disculpa merecida, la oportunidad que se reactiva, ocupan el centro de nuestra existencia.
Con la espera que elegimos prolongar, estamos ralentizando el duelo por la pérdida, porque el luto tiene fases difíciles de atravesar, en particular el dolor psíquico, esa intensa experiencia primaria, envolvente e independiente, fuera de la órbita del ego y de nuestra capacidad de raciocinio, de manera que se vuelve aterradora, tanto que para tratar de controlarla la suplimos con el sufrimiento, esa narrativa interna de victimismo que sí podemos manejar.
Por eso nos quedamos en las fases previas: negación, ira, negociación con la realidad, e incluso tristeza. Pero la vida recomienza con el dolor, nos guste o no; tras él, la aceptación, que no es ciertamente pasar directo a estar bien, sino dejar de vivir subordinado a la posibilidad de que la realidad se desdiga.
Cuando la espera deja de ser paciencia y empieza a parecerse a una coartada, lo que hay detrás es un ego amenazado de muerte, que tendrá que desestructurarse, es decir, morir, para volverse a construir, lo que equivale a renacer. Estamos hablando, necesariamente, de una experiencia mística, porque para que eso suceda tendremos que ubicarnos internamente más allá del sentido de nuestra propia importancia y conectarnos con lo trascendental. Y permítame que le diga que es aquí donde necesita un Dios amoroso.
De lo contrario solo acumularemos expectativas incumplidas, con lo que, obviamente, crecerá nuestro nivel de insatisfacción, hasta convertirse en estado del ser. En medio del duelo se libra una batalla íntima. La razón oscila entre argumentos contradictorios: explica coherentemente por qué conviene esperar y también por qué hay que avanzar. El ego se aferra a lo conocido, a la etapa anterior, a la versión de sí mismo que todavía podía recuperar aquello de lo que depende su “ser”, por eso preferimos la familiar incomodidad a una libertad que todavía no tiene forma.
El alma, en cambio, entendida en sentido amplio como existencia interior más allá del “yo”, empuja en otra dirección: quiere trascender. Aprenda a sentirla, dele el mando, porque ella es la única que conoce la naturaleza del dolor, que para el ego es aberrante.
El duelo rara vez transcurre como una procesión ordenada. Hay avances y luego retrocesos, pero si usted toma conciencia de ello, de su paso forzoso por ese proceso, le será mucho menos difícil. Tome la oportunidad de vivirlo comprendiéndolo, no rechazándolo, porque eso le permitirá también experimentar la benevolencia del don divino que es el dolor y aprender a dejarse abrazar por él, en lugar de instalarse indefinidamente en su propia narrativa de sufrimiento.
Cuesta trabajo salir de la suspensión psicológica, porque el ego se siente traicionado, ofendido, disminuido y muy asustado; pero nadie es su ego, de manera que podemos quitarle la vara de mando si aprendemos a tolerar la indefinición. Está bien no saber quién se es; de hecho, puede convertirse en una de las experiencias más liberadoras y uno de los aprendizajes más valiosos: el de reconstrucción dinámica de sí mismo, que no es otra cosa que la




