PESADILLA EN EL INFIERNO

VÍCTOR BÓRQUEZ NÚÑEZ 

Un cruce entre los monstruos de Lovecraft y la misoginia característica del cine del director Laugier. El resultado: un filme excesivo y fascinante por partes iguales que debe ser revisado con menos prejuicios y claras advertencias porque es un plato muy fuerte, no apto para todos los paladares.

Lo peor que tiene esta película es su título, pésimamente traducido como “Pesadilla en el infierno”, cuando el original –“Incidente en la tierra fantasmal”- es preciso y directo, porque la esencia de este filme es, precisamente, la ambigua línea que separa lo real de lo creado, lo verídico de lo soñado, lo que sucede y lo que se escribe.

Es cierto que a muchos les molestará el grado de misoginia extrema de su realizador, el francés Pascal Laugier, quien es un aventajado exponente de la corriente del terror extremo europeo, surgida con no poco éxito en la primera década de este siglo, suerte de “escuela del terror grotesco” que logró notoriedad y escándalo con cintas de gran impacto como “Alta tensión” (Alexander Aja), “Frontiers” (Xavier Gens) y “El interior” (Julien Maury).

En este grupo el más polémico fue el realizador Pascal Laugier, alcanzando el shock de muchos espectadores con su sangrienta “Martyrs”, cuyo nivel de sadismo y violencia le significó odios y amores en el momento de su estreno.

Ahora aparece “Pesadilla en el Infierno” (Francia/Canadá, 2018), un trabajo en el género del thriller psicológico, donde están presentes todos los elementos característicos de su estilo que se caracteriza por tener como protagonistas a mujeres débiles, que están allí solo para ser violadas y torturadas por el o los villanos y que siempre viven situaciones límite.

Con una buena factura visual, desde el comienzo el espectador se entera que dos hermanas y su madre se deben trasladar a una vieja mansión en el bosque, herencia de una tía extravagante que, entre otras cosas, coleccionaba muñecas de todos los tamaños y estilos. La noche en que se están acomodando en la nueva casa, aparece en escena un psicópata travestido, acompañado de un enorme subnormal que tiene obsesiones en cuanto al olor de los genitales femeninos y fijación por las muñecas.

Desde luego que todo lo que sigue se muestra de manera explícita, sin restarle al espectador el espanto de ver los golpes y los detalles en primer plano de las torturas y vejaciones a las que son sometidas las dos adolescentes y su madre. Y a pesar de que las situaciones casi pornográficas de la violencia y el sadismo están en la base del tema central, las mejores secuencias de este filme perturbador suceden cuando el realizador deja de lado las torturas, concentrándose en los aspectos psicológicos del conflicto.

Y he aquí que en medio de tanta violencia y sadismo, Laugier logra crear y mantener dos tramas paralelas de su historia, una ambientada en el pasado y la otra en un presente que se muestra difuso, ambiguo, incierto, donde el detalle de la fascinación de una de las adolescentes por la lectura (en especial por la del escritor americano, Howard Phillips Lovecraft, uno de los creadores esenciales de la literatura fantástica y terrorífica) que, si bien pueden desconcertar a un espectador promedio, será una de las aristas más fascinantes de un relato que se abre por muchos caminos, todos ellos perturbadores.

Desde luego que el director rinde tributo a algunos filmes claves del terror psicológico, partiendo con “La masacre de Texas”, el clásico de Tobe Hooper, que le sirve como base de inspiración para el magnífico diseño de la casa y sus habitaciones, hasta la inevitable referencia a “El Resplandor”, el magnífico filme de Stanley Kubrick, que reproduce casi exacta la secuencia de la puerta destruida con la hoja filuda del hacha.

Conviene insistir que el trabajo de arte es destacado: los decorados y el trabajo de fotografía de Danny Nowak, confieren a este filme una atmósfera tremendamente macabra, convirtiendo a la casa en un escenario claustrofóbico y aterrador. A esto se suma la calidad de las interpretaciones de las dos protagonistas, Emilia Jones y Taylor Hickson, ambas convincentes como las débiles mujeres que son humilladas por los psicópatas.

Pero el gusto excesivo y morboso de Laugier por las situaciones de violencia extrema, hacen que muchos espectadores se resistan a apreciar sus películas, porque solo se quedan en la superficie, donde efectivamente hay una referencia explícita al cine de explotación de los años ´70, que Lucio Fulci o Darío Argento llevaron al paroxismo.

Con sus reparos y sus desbordes, este filme es una pieza destacada que puede no ser del gusto de la mayoría, cierto, pero ello no le resta méritos en su empaque de cine casi pornográfico en donde la violencia, el sadismo y la misoginia son parte sustancial de una historia que se adentra por los extraños y peligrosos caminos en que la realidad se disuelve y en que las pesadillas son el objeto central de un descenso al infierno.

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El Heraldo de Saltillo
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