InicioOPINIÓN¿QUIÉN ES DUEÑO DE LAS LENGUAS INDÍGENAS?

¿QUIÉN ES DUEÑO DE LAS LENGUAS INDÍGENAS?

Google Translate ya permite traducir algunas lenguas indígenas de México. Por curiosidad, escribí “buenos días” y el traductor me respondió: “padiuxi”. Tuve un sentimiento encontrado. Alegría de encontrar el zapoteco. Pero, casi inmediatamente, apareció una pregunta incómoda: ¿quién controla los conocimientos y los datos que hacen posible esa traducción?

Sin duda, la incorporación de lenguas indígenas a las plataformas tecnológicas merece celebrarse. Es una forma de hacerlas visibles y acercarlas a nuevas generaciones. Sin embargo, hay un detalle importante: el zapoteco, como todas las lenguas indígenas, no es una lengua uniforme. Comprende numerosas variantes lingüísticas. La palabra “padiuxi”, por ejemplo, es una de las variantes. Hasta para decir buenos días hay que saber de qué comunidad estamos hablando.

Google explica que, para desarrollar estas herramientas, recopiló textos de distintas fuentes, incluidos materiales disponibles en internet, y trabajó con traductores profesionales para conservar el significado y el contexto de las expresiones. También reconoce que cada lengua contiene una cosmovisión y conocimientos acumulados durante generaciones.

Hasta aquí, todo parece una buena noticia. Sin embargo, hay una pregunta que no debemos dejar fuera de la conversación: ¿Qué ocurre con esos materiales una vez que ingresan a los sistemas tecnológicos? ¿Quién decide cómo se utilizan? ¿Quién obtiene los beneficios? ¿Pueden las comunidades establecer condiciones sobre el uso de sus conocimientos?

No estamos hablando de preguntas menores. Durante siglos, los pueblos indígenas han enfrentado distintas formas de despojo. Ahora, en plena revolución tecnológica, existe un riesgo imperceptible pero nada menor.

Dicho de otra manera, podríamos estar pasando del despojo de los territorios al despojo del conocimiento. Sobre este tema, me viene a la mente el caso del pueblo maorí, en Nueva Zelanda. El profesor Te Taka Keegan, de la Universidad de Waikato, ha cuestionado que sistemas como ChatGPT y Claude puedan producir textos en te reo Māori, la lengua maorí, utilizando materiales lingüísticos elaborados durante generaciones por sus comunidades y académicos, sin que necesariamente hayan participado en las decisiones sobre su utilización.

Su crítica no es que la tecnología aprenda maorí. Al contrario, la considera una herramienta extraordinaria para revitalizar su lengua. El problema es quién controla esa tecnología y quién se beneficia de ella.

Una empresa puede recopilar grabaciones, textos y expresiones de una comunidad, utilizarlos para entrenar sus modelos de inteligencia artificial y después ofrecer servicios comerciales construidos con esos conocimientos. La comunidad puede terminar convertida en simple usuaria de una tecnología que no controla.

Para evitar esa situación es recomendable generar estrategias de protección. Por ejemplo, Te Hiku Media (De Nueva Zelanda) desarrolló sus propias herramientas de reconocimiento de voz para el te reo Māori y estableció una licencia denominada Kaitiakitanga Licence. Su propósito fue regular el acceso y uso de los datos para respetar las condiciones y los intereses de la comunidad.

La UNESCO tampoco ha permanecido ajena a esta discusión. En 2023 publicó el informe Inteligencia artificial centrada en los pueblos indígenas: perspectivas desde América Latina y el Caribe. El documento advierte sobre los riesgos de apropiación indebida y plantea cómo los pueblos indígenas deben participar en todas las etapas del desarrollo tecnológico.

No se trata de cerrar las puertas a la innovación ni de impedir que las lenguas indígenas lleguen a internet. Sería absurdo. Se trata de evitar que la tecnología no reproduzca las viejas relaciones de subordinación bajo una apariencia de modernidad.

Además, no tenemos por qué conformarnos con que las grandes empresas tecnológicas decidan cómo se digitalizan nuestras lenguas. También podemos construir herramientas desde las comunidades, con sus conocimientos y bajo sus propias reglas.

Por eso, la próxima vez que alguien utilice un traductor automático para decir «buenos días» en zapoteco, convendría recordar que detrás de esa palabra hay mucho más que una combinación de sonidos y letras. Hay identidad y una manera particular de entender el mundo.

Las lenguas no son propiedad de Google, de Microsoft ni de ninguna empresa tecnológica. Son patrimonio vivo de los pueblos que las han creado, conservado y transmitido. Y si la tecnología, o sus dueños, quiere aprender a hablarlas, tendrá que aprender el respeto a quienes las hablan.

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