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Washington cambia de manos: ¿Qué viene para México?

Una gorra roja con la palabra VETO. Eso fue lo que Donald Trump decidió publicar en su red social Truth Social después de conocerse los resultados de las elecciones intermedias del pasado 3 de noviembre. Una imagen sencilla, pero con un mensaje político contundente. Los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso estadounidense y el presidente respondió recordándoles que todavía conserva una de las facultades más importantes del poder ejecutivo: impedir la promulgación de leyes. Lo interesante es que, mientras Washington se prepara para una nueva etapa de confrontación política, la economía estadounidense sigue funcionando bajo una realidad que difícilmente puede modificarse mediante un veto presidencial: su profunda integración productiva con México. Y es precisamente ahí donde encontramos una de las mayores contradicciones de la política comercial norteamericana.

Durante 2025, el intercambio comercial de bienes y servicios entre México y Estados Unidos alcanzó aproximadamente 964,100 millones de dólares, de acuerdo con la Oficina del Representante Comercial estadounidense (USTR). De esa cantidad, 871,600 millones correspondieron a mercancías. Estados Unidos importó productos mexicanos por 534,300 millones de dólares y exportó a nuestro país 337,300 millones. Existe, efectivamente, un déficit comercial estadounidense de aproximadamente 197,000 millones de dólares en mercancías. Pero utilizar ese déficit como única medida de la relación económica conduce a conclusiones incompletas. Hay un dato particularmente interesante que pocas veces aparece en el debate público: México también es un enorme mercado para los productos estadounidenses. En 2025 fue el principal destino de las exportaciones de mercancías de Estados Unidos, según el informe comercial de USTR publicado en 2026. No estamos hablando de una economía que solamente vende productos terminados a su vecino. México también compra maquinaria, componentes electrónicos, productos químicos, combustibles, equipos de transporte y numerosos insumos utilizados en sus procesos industriales. Es decir, una parte importante de lo que México exporta depende de lo que previamente importa

Aquí aparece una paradoja que merece analizarse. Cuando Washington amenaza con imponer mayores aranceles a los productos fabricados en México, también puede estar encareciendo mercancías que incorporan componentes estadounidenses. En una cadena automotriz o electrónica, por ejemplo, una pieza puede cruzar la frontera, incorporarse a un proceso de manufactura y regresar formando parte de otro producto. No se trata simplemente de proteger una fábrica estadounidense frente a una mexicana. En muchos casos, las dos forman parte del mismo sistema de producción. Pero hay otra cuestión todavía más importante: ¿Quién termina pagando los aranceles? En octubre de 2026, investigadores de la Reserva Federal de Dallas señalaron que el arancel promedio estadounidense aumentó de 2.9% en enero de 2025 a 14.8% en diciembre del mismo año. A pesar de ello, las importaciones estadounidenses crecieron 4.5% durante 2025. Este comportamiento contradice la idea simplista de que elevar aranceles necesariamente provoca una reducción inmediata de las compras al exterior.

Como resultado de las recientes elecciones en EUA, el nuevo Congreso introduce una variable adicional. Aunque los demócratas controlarán ambas cámaras a partir de enero de 2027, no cuentan con las mayorías de dos tercios necesarias para superar por sí solos un veto presidencial. Trump, por su parte, conserva facultades ejecutivas en materia comercial, aunque sujetas a límites legales y judiciales. Por ello, sería prematuro afirmar que el resultado electoral representa el fin de los aranceles o del proteccionismo. La discusión probablemente se trasladará hacia los límites del poder ejecutivo, la supervisión legislativa y las condiciones bajo las cuales Estados Unidos continuará relacionándose comercialmente con el mundo. Para México, el punto de mayor sensibilidad seguirá siendo el T-MEC. Durante su revisión conjunta del 1 de julio de 2026, Estados Unidos anunció que no aceptaba renovarlo en sus condiciones actuales. El tratado continúa vigente, pero el desacuerdo abrió una etapa de revisiones anuales y negociaciones adicionales. Esto introduce incertidumbre para empresas que necesitan planear inversiones industriales de largo plazo. No es lo mismo construir una planta bajo reglas comerciales estables que comprometer cientos de millones de dólares cuando todavía se discuten las condiciones de acceso a su principal mercado.

Hoy por hoy, resulta curioso observar cómo el debate comercial estadounidense insiste en presentar las importaciones como una amenaza, mientras sus propias empresas dependen de ellas para producir, competir y abastecer a millones de consumidores. El proteccionismo puede formar parte de una estrategia industrial legítima, pero no elimina las interdependencias que se han construido durante décadas. Donald Trump podrá vetar iniciativas del Congreso. Los demócratas podrán investigar sus decisiones y proponer modificaciones legislativas. Ambos podrán defender posiciones distintas sobre aranceles, empleos y seguridad

económica. Lo que ninguno puede hacer mediante una declaración política es modificar instantáneamente la estructura de costos y las cadenas de suministro que conectan a sus empresas con México. Y la pregunta incomoda es: ¿Hasta cuándo México seguirá tratando cada amenaza comercial de Washington como una emergencia diplomática, en lugar de exigir un debate donde también se reconozca cuánto gana Estados Unidos con nuestra integración?

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