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Menos odio, más conciencia

Cuatro jóvenes murieron y, frente a esa tragedia, hay quienes parecen más interesados en dictar sentencia que en guardar un poco de respeto. El accidente del pasado 31 de octubre en Saltillo dejó familias de luto, personas lesionadas y una investigación abierta. También nos coloca ante una pregunta incómoda: ¿en qué momento confundimos el derecho a opinar con el permiso para lastimar?

Los reportes preliminares señalan exceso de velocidad y un posible consumo de alcohol. Corresponde a las autoridades esclarecer quién conducía y determinar las responsabilidades. Exigir respuestas es necesario; convertir las versiones en condenas y extenderlas a todos los ocupantes y sus familias es otra cosa.

Conducir después de beber es una decisión que merece un rechazo firme. Subir a un vehículo cuando sabemos que quien maneja no está en condiciones también debe encender nuestras alertas. Pero desconocemos qué sabía cada pasajero, qué ocurrió antes de abordar y qué posibilidades tuvo de decidir. No podemos llenar esos vacíos con nuestra propia versión.

Muchos de quienes hoy somos adultos también tuvimos 18 años. Podemos preguntarnos con honestidad si nunca confiamos de más, minimizamos un peligro o tomamos una mala decisión. Recordarlo no vuelve aceptable una imprudencia: debería ayudarnos a hablar de ella sin soberbia. Haber llegado a casa no siempre significa haber actuado mejor.

“La culpa es de los padres”, aparece como una sentencia fácil. ¿Con qué elementos podemos asegurar que hubo abandono o “rienda suelta”? Dar confianza a un hijo que empieza su vida adulta no equivale a desentenderse de él. La responsabilidad de acompañar y establecer límites merece una conversación seria, no una acusación automática contra quienes hoy enfrentan una pérdida.

Antes de reducir a estos jóvenes al momento en que murieron, recordemos que tenían una vida. Comunidades educativas lamentaron la muerte de sus alumnos y exalumnos. Había estudios, amistades y un futuro por construir. Nada de eso borra lo ocurrido; tampoco lo ocurrido debería borrar su dignidad.

La lección tendría que traducirse en acuerdos concretos: cómo regresar de una fiesta, a quién llamar, cómo negarse a subir con alguien que ha bebido. En casa debería quedar claro que pedir ayuda, incluso después de desobedecer, siempre será preferible a exponerse por miedo al regaño.

Y sí: quien tenga responsabilidad deberá asumirla. Pedir respeto al duelo no significa pedir impunidad. Pero tampoco corresponde a las redes decidir la clasificación del delito, la sanción o si alguien debe permanecer en prisión. La gravedad de una pérdida exige justicia sustentada en pruebas, no castigos dictados desde la indignación.

No toda crítica es odio. Cuestionar, exigir prevención y señalar fallas puede contribuir a evitar otra tragedia. Insultar, burlarse del dolor o desear más sufrimiento no aporta una solución.

No quisiera conocer el dolor de esas familias. Sí quisiera que fuéramos capaces de aprender sin humillar. Porque una sociedad que exige responsabilidad también debería hacerse responsable de sus palabras.

Quizá la reflexión más difícil sea dejar de mirar esta tragedia como algo que únicamente les ocurre a otras familias. Nadie tiene garantizado que una persona amada tomará siempre la decisión correcta. De ahí la importancia de hablar con nuestros hijos, escuchar sus dudas y construir la confianza necesaria para que, ante un riesgo, sepan que pueden llamarnos. Que nunca les dé más miedo pedir ayuda que ponerse en peligro.

A las familias de los cuatro jóvenes fallecidos, mis condolencias sinceras. No hay palabras que alcancen para acompañar una pérdida así, pero sí podemos elegir no aumentar su sufrimiento. A sus amigos y a quienes hoy lloran su ausencia, respeto para vivir su duelo; a las personas lesionadas, el deseo de que puedan recuperarse. Ninguna de ellas debería tener que defender su dolor ante desconocidos.

Ojalá que, cuando esta noticia deje de circular, permanezca la conversación en nuestras casas. Que alguien decida entregar las llaves, que otro se atreva a decir “yo no me subo” y que una familia acuerde cómo volver a salvo. No podemos cambiar lo ocurrido. Podemos procurar que la siguiente decisión sea distinta. Ese sería un gesto de humanidad mucho más valioso que cualquier condena escrita en redes.

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