Inteligencia artificial, vergüenza natural
Esta semana me buscó el equipo de TI porque estaban convencidos de que alguien me había robado la identidad y estaba atacando los correos de la empresa. Les tuve que explicar que el peligro era yo.
Se me hizo fácil mandar el newsletter de Conciencia sin corbata desde mi Gmail personal a unas 900 personas. Así, de un jalón. Yo muy emocionado estrenando mi proyecto y ellos preocupados porque les estaba llegando un posible virus. No habían pasado ni treinta segundos y ya tenía que dar explicaciones. Hasta ahí me duró lo milenial experto en tecnología.
Pero déjenme contarles cómo llegué a ese numerito. Estos días he estado metidísimo en todo lo que puedes hacer con un agente de inteligencia artificial. Y la verdad, estoy impresionado. Te ayuda con la agenda, los correos, los gastos, las investigaciones, los resúmenes… hasta con ese pendiente fundamental del hombre: ¿dónde cenamos?
A mí me está ayudando mucho en el trabajo, pero donde más me ha emocionado es en la escritura. Se me ocurrió hacer mi propio newsletter diario y ahí me tienen, aprendiendo sobre la marcha.
Armé un agente que revisa las plataformas donde publico, junta mis artículos y prepara el newsletter con mi nota del día. Básicamente, un asistente editorial.Todo muy moderno hasta que llegó la hora de mandarlo.
Porque yo, con toda esa inteligencia artificial en mis manos, había decidido repartirlo desde mi correo personal. Y resulta que tenía límites de envío. Al segundo día ya estaba bloqueado y mi newsletter no pudo salir. Duró más la emoción que el servicio.
Entonces me puse a pensar: hay muchísima gente haciendo esto, ¿cómo le hacen? Bendito TikTok, que entre tanto video también me resolvió el problema. Ahí conocí Brevo, una plataforma para hacer envíos masivos y ver cuánta gente abre y lee lo que mando.Total, entre pruebas, bloqueos y una pequeña crisis de identidad con TI, en 48 horas ya tenía armado mi newsletter diario.
Me dio muchísimo gusto. Poder tomar algo que disfruto tanto como escribir y encontrar otra forma de compartirlo tiene su emoción. Y lo chistoso: mientras andaba tan entretenido con la inteligencia artificial, también me estaba haciendo de una agenda.
Sí, de papel. De esas que te regalan en las convenciones y se escriben con pluma. Me llegó una hace unas dos semanas y empecé a usarla. Pongo la fecha, anoto mis pendientes y los voy tachando conforme los termino. Qué cosa tan sencilla y qué gusto da. Hay pendientes que tacho con tanta fuerza que la hoja se retuerce.
Al día siguiente la reviso con mi compañera estrella, Abigail Pérez. Vemos qué salió, qué falta, qué se agregó y cómo nos repartimos las tareas. Así de fácil.
Seguramente varios están pensando: “Pues sí, Emiliano, así funcionan las agendas”. Tienen razón. Yo apenas les estoy agarrando el gusto. Y sí siento que me estoy organizando mejor y que menos cosas se me quedan en el aire.
Eso es lo que me ha dejado pensando. Estoy fascinado con la tecnología y quiero seguir moviéndole, pero también encontré algo que me sirve muchísimo en un cuaderno que venía de regalo.
Ahora tengo mi asistente de inteligencia artificial, mi plataforma de envíos y mi agenda toda rayoneada. Por alguna razón, esa mezcla me está funcionando bastante bien. ¿Ustedes son de aplicaciones, de agenda o también traen su revoltijo? Yo voy a seguir probando. Nomás espero que mi próximo descubrimiento no vuelva a espantar a los de TI.

