La crisis del INE
La renuncia de Guadalupe Taddei a la presidencia del Instituto Nacional Electoral de México ha exhibido una crisis de credibilidad en uno de los órganos autónomos que mayor lucha ha dado en la recia batalla del ideario gubernamental por asumir el poder y perpetuar la voluntad sobre el ejercicio electoral. El arrebato de la organización electoral al gobierno trajo cierto grado de certeza y expresión de madurez cuando la sociedad misma organiza las elecciones. La renuncia obedece a un escándalo de corrupción, nepotismo y sobornos, como resultado, lo concluyo desde ahora, de un organismo complaciente y sumiso a muchas acciones claramente ilegales para las contiendas electorales. Esa complacencia permitió dotarle de facultades extraordinarias para operar sin controles efectivos o contrapesos reales para contener los intentos de beneficiarse corruptamente.
La ley de la cosecha establece: “lo que se siembra se cosecha, en mayor medida de lo sembrado y después de haberlo sembrado”. Haber construido un ente con libertades que podian ser discresionales a fin de adaptarse a las ideaciones del régimen en el poder ha causado que otros malestares, como la corrupción, también se afiancen. Los límites nos dan forma y cuando los pasamos perdemos identidad, se crea lo que no sabemos y se aprovecha para bien o para mal. El beneficio de las normas y de los sistemas, no está en la supresión del sentido común sino en detener las aberrantes consecuencias de lo desconocido, la mala toma de decisiones, el criterio torcido. El ejercicio público se soporta en el principio de legalidad, solo se puede hacer aquello que la ley faculta.
Así como contaminamos la figura de los candidatos independientes por dos o tres malos perfiles y castigamos que toda independencia sería igual, ese es el riesgo en un instituto que ahora sí, para efectos de la corrupción es autónomo. La viralización de diversos videos mostrando la corrupción en un instituto, autónomo, ciudadano y que había aprendido rápidamente a adaptarse a las exigencias ideacionales de un gobierno, causaron una crisis de credibilidad que ojalá no sea utilizada para estigmatizar la figura ciudadana en la organización de las elecciones. Este escándalo pudiese ser el detonante de una discusión malsana para reincorporar directamente al gobierno el aparato electoral. Sería un atraso pretender reparar cambiando el fondo en lugar de auditar la forma. Vivimos tiempos en que preferimos remplazar a reparar.
El INE incorporó en Guadalupe Taddei muchas funciones y facultades que hoy se ven como causas de esa red de corrupción, ojalá ese mismo criterio se pueda hacer en muchos otros espacios autónomos y gubernamentales que padecen esa concentración riesgosa. La corrupción tiene muchas variables y el ataque debe ser sistémico, no solo basta una declaración de compromiso o transparencia para evitar la ilicitud, necesitamos también claridad en la tarea, controles en las acciones, revisiones y auditorias en las operaciones y sanciones evidentes y ejemplificativas ante la desviación de lo que buscamos como meta. Cuando sometemos, en el ejercicio público y en el privado, solamente a la declaración como brújula de las acciones, estamos confiando en la esperanza, pero solo la nuestra, de que las cosas no pasen. ¿y si pasan?

