
Little Caesars
Siempre hay alguien que le hace el feo a Little Caesars mientras se esta aventando la tercera rebanada. Te explica que conoce una pizzería buenísima, de masa madre, horno de leña y no sé cuántas cosas. Qué bueno. Para la siguiente reunión que la traiga él.
Porque al romano de la caja naranja le ha ido bastante bien resolviendo cuando: traes hambre, poco tiempo y tampoco quieres que la cena te salga muy cara.
Pero uno ve el precio y se pregunta cómo le hacen. Hay que pagar queso, harina, empleados, luz, renta y hasta la caja que acaba toda grasosa en la mesa. ¿Qué cuentas hicieron para que alcance?
Los fundadores de la marca, Mike y Marian Ilitch, abrieron su primera pizzería en Michigan en 1959. Años después se metieron a comprar una granja de hongos para controlar mejor la calidad y el precio de ese ingrediente. Esa operación terminó convirtiéndose en su propia distribuidora de alimentos. Que forma de cuidar el gasto: acabaron metidos hasta en los champiñones.
Ese detalle ayuda a entender el negocio. Para poner una pizza barata hay mucho trabajo antes en las compras, el abasto y la preparación. El precio tiene que salir de algún lado; el arrendador no les va a perdonar la renta porque la gente quiere cenar barato.
Luego vino el famoso Hot-N-Ready: tener ciertas pizzas hechas antes de que el cliente las pida. A México llegaron con ese concepto en 2006, por Ciudad Juárez. Y encontraron compradores que entendieron perfectamente el atractivo de entrar con hambre y salir con la cena, sin tener que esperar a que empezaran a prepararla.
Parece poca cosa hasta que llegas cansado del trabajo y te dicen que tu comida tarda otros cuarenta minutos.
Claro que preparar por adelantado también puede salir caro. Haz de más y te quedas con pizzas que pierden calidad y pueden acabar desperdiciándose. Haz de menos y tendrás a varios clientes esperando precisamente en el negocio al que fueron para ahorrarse la espera.
Para que funcione, hay que calcular bien cuánto preparar y a qué hora. ¡Eso es bastante más complicado que ponerse una botarga y gritar “Pizza! Pizza!”.
El local también está pensado alrededor de esa compra rápida. El formato para llevar necesita menos espacio que un restaurante con comedor y evita buena parte del servicio de mesa. Concentrar la oferta inmediata en productos repetibles facilita el trabajo de la cocina.
Y vender muchas pizzas ayuda a repartir los gastos. La renta del mes es la misma venda poco o mucho. Mientras mejor aproveches el local y el equipo, menos tiene que cargar cada pizza con esos costos.
Por eso es engañoso querer copiarles solamente el precio. Puedes terminar con la fila afuera y las cuentas sin pagar. Además, nosotros ayudamos a que crezca la compra. Entramos por una pizza y se nos atraviesan el pan, la salsa y el refresco. “De una vez”.
Es así como aumentamos la cuenta sin pensarlo. La pizza nos llevó al mostrador y los complementos consiguieron que gastáramos un poco más.
La expansión se apoya también en franquicias: otros empresarios invierten para operar restaurantes con la marca y sus estándares. La cadena tiene presencia en más de treinta países . Para repetir el negocio a esa escala hace falta que la operación dependa de algo más que las ganas del encargado.
Ahí está buena parte de la explicación de su fama. Reconoces la marca, sabes qué vas a comprar y encuentras una opción que se acomoda al presupuesto y a la prisa. Sirve para la película, la reunión o ese día en que nadie quiere cocinar ni lavar trastes.
A mí me parece un negocio muy bien pensado. Hacer que una compra resulte tan fácil exige tener bastante mapeado lo que pasa antes de que el cliente abra la puerta.
Y mientras el amigo de la pizza artesanal sigue explicando cuánto debe fermentar la masa, el romano ya cobró. Todavía le vendió un refresco.




