
Responsabilidad de todos
Por distintas razones, no había tenido la oportunidad de escribir y comentar con usted, lo ocurrido el jueves de la semana pasada en la escuela Secundaria General Número 13 del ejido La Unión de Torreón, en el que un par de ex alumnos, hermanos entre ellos y apodados ‘Los cuates’ -porque son gemelos-, incursionaron en el plantel, y valiéndose de petardos simularon un tiroteo para generar caos, pero el ataque lo perpetraron con machetes y otras armas blancas.
Como ya todo mundo lo sabe –porque la noticia fue nota en los principales medios impresos, radiofónicos y televisivos del país, y en algunos medios de otros países- los agresores, de 18 años de edad, arrebataron la vida a la subdirectora del plantel, y dejaron heridas a otras cuatro personas, entre ellos otro profesor del plantel quien, junto con un alumno, resultaron heridos de gravedad-.
Este ataque perpetrado con toda la saña del mundo, nos volvió a traer a la memoria otro hecho similar registrado el 10 de enero de 2020 en las instalaciones del Colegio Cervantes de Torreón, en el que un estudiante de 11 años de edad ingresó con un par de armas de fuego. También en aquella ocasión una maestra perdió la vida y seis personas –el maestro de educación física y otros alumnos- resultaron heridas. Tristemente el agresor, menor de edad, después de consumar el acto, terminó por quitarse la vida.
Apenas transcurridos los hechos del jueves pasado en el ejido La Unión, la mañana de este lunes se activaron todas las alarmas en el municipio de Gómez Palacio, al reportarse una supuesta amenaza de tiroteo en el tradicional Instituto 18 de Marzo que, obviamente, generó la movilización de todas las corporaciones policiacas.
Por fortuna la advertencia escrita en uno de los baños del plantel, resultó ser una falsa alarma, pero como la sensibilidad está a flor de piel, autoridades del plantel notificaron a las de seguridad, que ni tardos ni perezosos se dieron a la tarea de, en primera instancia, evacuar las instalaciones escolares del plantel que alberga a unos mil 600 estudiantes de secundaria y preparatoria.
Todos estos hechos, más allá de la emisión de juicios, muchos de ellos sin la menor sensibilidad, empatía, con un desconocimiento total del entorno, de las condiciones y la forma de vida de las personas implicadas en el caso. Evidentemente que los responsables tienen que pagar por lo que hicieron porque lo hicieron premeditadamente y con toda la saña en contra de gente inocente a la que tomaron por sorpresa.
Sin embargo, todos estos hechos nos tienen que mover a la reflexión a todos, pero particularmente a los adultos, sobre la forma en que venimos educando, formando y acompañando a nuestros hijos. Quienes participaron en estos actos ¿nacieron ‘malos’, perversos y con instinto criminal? No, definitivamente no.
Entonces ¿en qué momento o parte del camino las cosas se empezaron a torcer? En muchos de los casos la pobreza, la miseria, el hacinamiento, el entorno de alcoholismo o consumo de drogas familiar –muchas de las veces en presencia de los hijos cuando estos son pequeños-, la violencia intrafamiliar, con los hijos como testigos de cómo el padre golpea con frecuencia y salvajemente a la madre, o los mismos hijos víctimas de la violencia de parte de ambos padres, y hasta víctimas de violaciones hacia el interior del entorno familiar, van generando resentimiento social, odio y deseo de ‘desquitarse’ con quien sea por todo lo que han vivido. Lo que no es una justificante, de ninguna manera, pero son ingredientes que han abonado a ese tipo de conductas.
Sin embargo, hay quienes son aparentemente niños ‘normales’, con una familia bien acomodada capaz de pagar sus estudios en escuelas privadas, y con conductas aparentemente dentro de la normalidad y, sin embargo, dejan asomo de comportamientos poco sociables, agresivos y hasta violentos.
Como adultos consumidos por la vorágine de las actividades de hoy en día ¿Cuánto hace que no abrazamos a nuestros hijos, a nuestros nietos, platicamos con ellos, los escuchamos y les decimos cuánto los queremos?
La gran mayoría damos por descontado que ellos saben que los queremos, pero pocas, muy pocas veces se los decimos y ello es tan necesario; en muy pocas ocasiones nos interesamos en sus pláticas, sus deseos, sus ilusiones, sus aficiones, porque siempre ‘estamos ocupados, cansados y con mucho trabajo’.
No hay tiempo para ellos y los dejamos que encuentren en la calle o en las redes los modelos a seguir que nosotros en casa les hemos negado, y terminamos por tener en casa a perfectos desconocidos. No los abandonemos, aunque vivamos bajo el mismo techo escuchémoslos, platiquemos con ellos, digámosles cuánto los queremos.
Porque indudablemente, aunque pocos lo queramos reconocer, todo lo que ha venido pasando es responsabilidad de todos un poco, porque como sociedad, les hemos fallado. Tristemente. Como sociedad ¿qué hemos hecho para evitar que este tipo de actos se repitan?
X= @JulianParraIba




