lunes, octubre 5, 2026
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CON-CIENCIA Y SIN CORBATA

Coahuila: hay que entrarle

Creo que a estas alturas no es un secreto: me siento profundamente orgulloso de ser coahuilense. Me gusta hablar de mi estado, de nuestra gente y de todo lo que tenemos para darle pa’ delante. Pero también creo que ese orgullo nos compromete a participar cuando las cosas se ponen difíciles.

El ataque del 1 de octubre en la secundaria del ejido La Unión, en Torreón, donde murió la subdirectora y hubo personas heridas, nos obliga a parar a pensar. Hay familias atravesando algo durísimo y una comunidad que merece respeto. Lo que paso es demasiado serio para convertirlo en morbo, pleito político o diagnóstico improvisado.

A mí me interesa poner sobre la mesa qué podemos hacer los jóvenes desde donde estamos. Porque hablamos mucho de “reconstruir el tejido social”, pero cuando toca ponerle fecha, horario y responsables, la conversación se atora.

Podemos empezar por revisar a qué le estamos dedicando nuestro tiempo. A veces sabemos perfectamente qué publicó alguien que vive a miles de kilómetros, pero llevamos semanas sin platicar bien con quien se sienta a nuestro lado. Y me incluyo: también me toca guardar el teléfono cuando alguien me está hablando.

Vale la pena preguntarnos cuánto espacio estamos dejando para convivir, hacer deporte, aprender algo o participar en nuestra comunidad. Si queremos que haya más actividades fuera de las pantallas, también podemos ayudar a organizarlas.

¿Dónde hacen falta voluntarios? ¿Qué asociación necesita manos? ¿Quién puede dar una clase, entrenar un equipo o ayudar a recuperar un espacio público? Ahí tenemos por dónde empezar.

Muchos sabemos hacer algo que puede servirle a alguien más: matemáticas, música, deporte, computación, organizar eventos. Podemos dedicar unas horas al mes a compartirlo. Hasta ayudar con las cuentas o conseguir materiales puede quitarle un peso enorme a una asociación que ya está trabajando.

Eso sí: primero hay que preguntar qué necesitan. Quienes trabajan todos los días en una comunidad conocen problemas que nosotros apenas estamos descubriendo.

Y después, cumplir. Si nos comprometimos a dar una clase el sábado, hay que llegar el sábado. Aunque ya se nos haya bajado la emoción de la primera visita. Organizar una actividad también implica confirmar quién va, conseguir lo necesario y regresar la siguiente semana.

Mientras buscamos dónde ayudar, revisemos qué hacemos circular en nuestros grupos. Un video de alguien siendo golpeado o humillado tiene detrás a una persona. Antes de reenviarlo con un “vean esto”, pensemos para qué lo estamos compartiendo. Podemos frenar su difusión, reportar el contenido y respaldar a quien está siendo agredido.

La misma tecnología nos sirve para convocar voluntarios, conseguir materiales o acercar opciones de atención. Aprovechémosla para organizar algo que suceda también fuera del chat.

Con la salud mental podemos ser más prácticos: conocer dónde hay atención, pedir orientación y facilitar que alguien llegue con un profesional. Quitarnos la costumbre de responder “échale ganas” a cualquier problema. Y, cuando nos toque necesitar ayuda, pedirla sin pena.

También hay que distinguir entre alguien que está pasando por un mal momento y una amenaza concreta. Estar triste, ser reservado o ir a terapia no vuelve peligrosa a una persona. Si alguien anuncia una agresión o comparte planes para hacer daño, hay que avisar a la escuela, a un adulto de confianza o a la autoridad. Ante peligro inmediato, ponerse a salvo y llamar al 911, sin intentar confrontarlo.

Nadie está diciendo que los jóvenes tengamos que resolver solos la violencia. Pero sí tenemos capacidad para aportar tiempo, abrir oportunidades y ayudar a encontrar apoyo.

Les propongo algo: esta semana contacten una organización de su comunidad. Pregunten qué hace falta y elijan una tarea que puedan cumplir. Inviten a un amigo y pónganle fecha.

Una tarde de voluntariado no va a resolver la violencia. Una actividad sostenida puede ofrecer un lugar para aprender, convivir y encontrar gente con quien contar. Eso merece nuestro esfuerzo.

Tenemos energía, preparación, contactos y ganas de hacer cosas. Pongámoslos a trabajar también fuera de nuestros proyectos personales.

La próxima vez que digamos “hay que hacer algo”, salgamos de esa conversación con una tarea y una fecha.