
La creación de la realidad está intrínsecamente ligada a quienes somos, específicamente a quienes estamos siendo en el momento presente. Esto es básico para comprender, a un nivel mucho más profundo, cómo funcionan las reglas de este juego.
Una de estas reglas, quizá una de las más básicas desde mi experiencia, tiene que ver con el poder de nuestra palabra. Nuestra palabra crea. Y esto no es un concepto nuevo.
Forma parte de la sabiduría tolteca. Nuestros antepasados ya comprendían algo que nosotros parecemos haber olvidado: la palabra tiene poder.
Don Miguel Ruiz recupera este principio en Los Cuatro Acuerdos: “Sé impecable con tus palabras”. Y la impecabilidad no habla solamente de cuidar lo que decimos hacia los demás. Habla, primero, de cómo utilizamos nuestra propia voz. De no utilizarla en nuestra contra. Porque las palabras pueden convertirse en hechizos.
Podemos crear el cielo o el infierno en nuestra propia vida a través de aquello que pensamos, decimos y repetimos sobre nosotros mismos. Y desde ahí comienza la proyección hacia afuera. Lo que creemos de nosotros. Lo que nos decimos. La manera en que nombramos nuestra realidad.
Todo eso termina expresándose en la forma en que habitamos el mundo y nos relacionamos con los demás. Basta mirar la historia para observar el poder colectivo de la palabra.
Hay palabras que han alimentado el odio, el miedo y la separación y hay palabras que han alimentado la esperanza, la dignidad y la libertad. Hitler y Nelson Mandela son dos ejemplos históricos de cómo el lenguaje puede movilizar a grandes colectivos hacia realidades radicalmente distintas.
Pero el poder de la palabra no comienza en lo colectivo. Comienza en nosotros. Y quizá por eso nuestra palabra alguna vez tuvo un valor tan profundo. Cuando alguien daba su palabra, esa palabra tenía un peso. Era un compromiso. Una expresión de quién estaba siendo y de lo que estaba dispuesto a sostener. Hoy parece mucho más fácil romperla, olvidarla o traicionarla.
Y quizá el problema no está solamente en que hayamos dejado de confiar en la palabra de los demás. Quizá hemos dejado de confiar en la nuestra. Porque cuando dejamos de ser impecables con nuestra palabra, también dejamos de hacernos responsables de aquello que estamos creando.
La creación de la realidad comienza mucho antes de que algo se manifieste afuera. Comienza en quién estamos siendo.Y también en lo que nos estamos diciendo.
Christian Karina Medina Sarmiento
Consultora en estrategia y liderazgo consciente.
Narrativa y construcción de la realidad.
No analizo tendencias. Analizo estructuras.




