
Epidemias, hambre y devoción
En los primeros años de vida del Saltillo y San Esteban, morir joven no era la excepción sino la regla. Las epidemias que los europeos trajeron al Nuevo Mundo —la viruela, el sarampión, el tifo y el temido matlazáhuatl— seguían apareciendo y diezmaban poblaciones de la nueva España ya que no tenían defensas contra ellas. En 1648, documentos parroquiales del Pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala registran una de esas oleadas que se llevaron a cientos de sus habitantes, sobre todo infantes. En Saltillo, los libros de entierros anotaron un aumento brusco de defunciones que afectó por igual a españoles, tlaxcaltecas y residentes de otras etnias. No había distinción de clase ni de origen ante una enfermedad muchas veces contagiosa, cuyos virus viajaban libremente en el aire, sin ser percibidos, o se transmitían al menor contacto entre humanos.
Las condiciones de vida en los asentamientos coloniales favorecían la propagación. El agua de las fuentes, donde bebían casi todos, incluidos los animales, constituía el vector más eficaz para transmitir enfermedades intestinales. Los espacios reducidos de las casas, la alimentación irregular en los años de mala cosecha y la falta de cualquier sistema médico organizado hacían que un brote que en otras circunstancias habría sido manejable se convirtiera en catástrofe. Cuando la epidemia pasaba, dejaba atrás familias incompletas, campos y huertas vacíos, y comunidades que tardaban años en recuperarse.
A las epidemias se sumaban los ciclos de sequía. El norte de la Nueva España era un territorio de lluvias escasas e impredecibles; cuando fallaban dos o tres temporadas seguidas, el hambre llegaba más temprano que tarde. Las reservas de maíz y trigo se agotaban, el ganado moría en los pastizales secos y los precios de los alimentos que llegaban del sur por el Camino Real se disparaban. En 1653, expedientes judiciales registran disputas entre hacendados del valle de Saltillo por límites de tierras y aguajes, conflictos que se volvían especialmente violentos en los años de escasez, cuando un aguaje era literalmente la diferencia entre salvar el ganado o perderlo.
En ese contexto, la fe era una necesidad práctica. La iglesia parroquial de Santiago, que en 1634 registra obras de reparación y ampliación financiadas por vecinos y cofradías, era mucho más que un lugar de culto: era el archivo de la comunidad, el hospital improvisado en tiempos de epidemia, el espacio donde se organizaba la caridad y donde la gente se reunía a rezar cuando no había más que hacer. Las procesiones rogando lluvia, los novenarios ante los santos patronos y las misas de acción de gracias cuando llegaban las ansiadas lluvias eran actos colectivos que daban forma colectiva al miedo y a la esperanza.
Los frailes franciscanos de San Esteban y el clero secular de la villa española llevaban registros que hoy son fuentes históricas invaluables: libros de bautizos, matrimonios y entierros que permiten reconstruir los ciclos de crecimiento y crisis de ambas comunidades. En esas páginas está escrita la vida real del siglo XVII saltillense y del Pueblo de San Esteban: los años en que nacían más niños de los que morían y viceversa, los años en que las defunciones llenaban las páginas y los improvisados cementerios, casi siempre cerca de los mismos templos.
La devoción al Santo Cristo, venerado desde 1604 y celebrado cada 6 de agosto, fue convirtiéndose en el lazo religioso más antiguo entre españoles y tlaxcaltecas, y convocaba por igual a vecinos y extraños. Rezar juntos no resolvía las epidemias ni llenaba las bodegas de granos, pero sostenía algo igualmente necesario: la fe y la certeza de estar juntos en los momentos más duros. Contra eso no hay explicación; la fe mueve montañas.




