lunes, agosto 24, 2026
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EL PELIGRO DE CREERSE DIRECTOR

Hay algo chistoso con los puestos. Mientras más importante suena el título, más fácil es empezar a creérselo. Director. Director general. Presidente. CEO. Y poco a poco puede aparecer una enfermedad bastante común: empezar a pensar que dirigir significa tener todas las respuestas.

Hace unos días me puse a leer y escuchar algunas cosas de Armando Fuentes Aguirre, “Catón”. Además de paisano (orgullosamente saltillense), escritor, periodista, maestro y cronista, Catón también ha sido director. Y no cualquier director. Durante ocho años dirigió el Ateneo Fuente. También fue fundador y director de Vanguardia. Ha sido maestro durante muchos años y lleva una cantidad impresionante de tiempo escribiendo todos los días. Literalmente todos.

Él mismo ha bromeado diciendo que escribe los 365 días del año y, cuando es bisiesto, 366. Eso, antes que talento, es disciplina. Y encontré una frase suya que me hizo muchísimo sentido pensando en el liderazgo: “El verdadero líder nunca se siente ni se asume a sí mismo como líder”. Me gustó.

Porque probablemente uno de los primeros síntomas de un mal líder sea justamente necesitar recordarles a todos que lo es. El director que constantemente tiene que decir “aquí mando yo” probablemente ya perdió lo más importante: el liderazgo.

Catón dice que el verdadero líder es profundamente humilde, reconoce sus limitaciones y no cae en la tentación de sentirse una especie de mesías. Y claro que esa tentación existe. Especialmente conforme vas subiendo en una organización. Porque llega un momento en el que la gente empieza a cuestionarte menos. Tus chistes quien sabe porque, pero se vuelven más chistosos. Tus ideas reciben menos “no”. Tus correos se contestan más rápido. Y tus errores empiezan a encontrar explicaciones bastante creativas.

Qué peligro, ¿no? Porque un director puede empezar a confundir que nadie lo contradiga con tener razón. Y son cosas completamente distintas.

Catón habla de otra idea de liderazgo que me parece todavía más importante: el sentido de servicio a los demás. Ahí creo que está una de las grandes confusiones de la dirección. Pensamos que conforme subes en el organigrama, más gente trabaja para ti. Yo cada vez estoy más convencido de que debería entenderse exactamente al revés.

Mientras más arriba estás, más gente depende de que tú hagas bien tu trabajo. El director no tiene veinte personas trabajando para él. Tiene veinte personas a las que tiene la responsabilidad de darles claridad, herramientas, dirección, confianza y, cuando haga falta, también un buen jalón de orejas. Eso cambia completamente la historia.

Porque entonces el puesto deja de ser un privilegio y empieza a convertirse en una responsabilidad. Cuando Catón habla de su oficio como escritor, lo hace de una forma que me fascina. No se describe como una especie de iluminado (que, en mi opinión, lo es). Todo lo contrario. Se define como alguien comprometido con su oficio y con un sentido de responsabilidad hacia sus lectores.

Qué buena definición también para un director. Comprometido con su oficio. Y responsable de los demás. No dice inspirado. No dice brillante. No dice visionario. Dice comprometido.

Porque creo que dirigir tiene mucho menos glamour del que queremos ponerle. Dirigir también es revisar. Preguntar. Dar seguimiento. Tener conversaciones complicadas. Aceptar que una decisión tuya salió mal. Volver a explicar algo que jurabas que había quedado clarísimo. Reconocer cuando alguien de tu equipo sabe mucho más que tú de un tema. Y, sobre todo, estar todos los días.

Ahí regreso a los 365 días de Catón. Porque las empresas no se dirigen solamente cuando uno anda inspirado. Hay lunes en los que simplemente no traes ganas. Hay problemas que llegan cuando estás cansado. Hay decisiones que preferirías patear una semana. Pero el liderazgo también consiste en estar. Otra vez. Y otra. Y otra.

Catón cuenta que cuando empezó a escribir columnas se las llevaba al director del periódico. El hombre las leía. Y el mejor comentario que le dio fue algo así como: “No están mal, pero podrían estar mejor”.

Imagínate. Hoy uno de los articulistas más reconocidos de México empezó escuchando que sus textos “podrían estar mejor”. Y regresó al día siguiente con otro. Y luego con otro. Y otro. Hasta que un día publicaron uno.

El buen director tampoco puede pensar que ya llegó. El día que cree que ya sabe dirigir probablemente es el principio de su final. Porque las empresas cambian. La gente cambia. Los mercados cambian. Y uno también debería cambiar.

Creo que por eso me gusta tanto esa frase de Catón sobre el verdadero líder. Porque le quita al liderazgo toda esa fantasía que últimamente le hemos puesto. No necesitamos directores que se sientan mesías. Necesitamos directores que escuchen. Que decidan. Que acepten errores. Que formen gente. Que den claridad. Que tengan carácter cuando haga falta. Y humildad cuando haga todavía más falta.

Directores que entiendan que el puesto no los hace más importantes. Los hace más responsables. Porque dirigir una empresa se parece bastante a escribir una columna. Puedes tener talento. Puedes tener experiencia. Puedes incluso haber tenido grandes éxitos ayer. Pero al día siguiente vuelve a aparecer esa hoja en blanco. Y tienes que volver a demostrarlo.

Catón lleva haciéndolo más de medio siglo. 365 días al año. 366 cuando toca. Por eso vale la pena escucharlo cuando habla de liderazgo.