
Esperar en lugares públicos no siempre es algo malo. A veces tiene sus ventajas. Escuchar es una de ellas.
En una de esas esperas me senté junto a varias personas de mi edad. Bueno, más o menos. Algunas eran diez años mayores que yo, pero a nuestra edad diez años ya no cuentan como diferencia de edad, sino como turno para reclamar el derecho de ocupar el único asiento disponible. Sea como fuere, para efectos prácticos, éramos todos jóvenes. O, por lo menos, eso habíamos decidido.
En un momento dado, uno de ellos anunció que no utiliza inteligencia artificial y que no tiene intención de hacerlo jamás. Eso es cosa de muchachos, dijo. No discutí. En una sala de espera, discutir es una forma innecesaria de perder la paciencia. Pero pensé: probablemente sí utiliza inteligencia artificial. Y puede que ni siquiera lo sepa.
Quizás no use ChatGPT. Pero es probable que utilice un teléfono inteligente, WhatsApp, YouTube, Google Maps, banca en línea o alguna aplicación que decida qué mostrarle, qué recomendarle o qué transacción bancaria resulta sospechosa. Y si conduce un automóvil relativamente moderno, es posible que este cuente con cámaras, sensores, radares o sistemas que le avisen cuando se sale de su carril, cuando hay un obstáculo o cuando está a punto de cometer una imprudencia.
En México, 100,2 millones de personas utilizan internet y el 84,6 por ciento de la población de seis años en adelante usa teléfono celular. Resulta difícil imaginar que todas esas personas vivan completamente al margen de sistemas digitales cada vez más automatizados.
Si mi compañero de espera respondiera que tampoco utiliza internet, ahí siguen estando los cajeros automáticos, los bancos, los teléfonos, los sistemas de seguridad y una larga lista de máquinas que realizan acciones sin consultarnos demasiado.
En 2025, se registraron más de 11.000 millones de transacciones con tarjetas de débito y crédito en México, por un valor aproximado de 6,4 billones de pesos. Esto no significa que esos 11.000 millones de transacciones fueran realizadas por inteligencia artificial. Eso sería absurdo. Sin embargo, esto significa que nuestra vida cotidiana se desarrolla dentro de una enorme infraestructura digital en la que la automatización y la IA están cada vez más presentes.
Los automóviles son otro buen ejemplo. Los vehículos modernos pueden contar con cámaras, radares y otros sensores capaces de detectar objetos, vehículos, peatones, carriles y señales de tráfico. Algunos sistemas utilizan inteligencia artificial para interpretar esa información.
Creo que nos hemos equivocado al imaginar que la inteligencia artificial solo aparece cuando abrimos ChatGPT y escribimos:
— Dime qué contestar, pero sin que se note que te pregunté a ti
La IA también puede estar funcionando cuando buscamos una dirección, vemos un video, realizamos una transacción bancaria o conducimos un coche. No vemos el robot. Y, como no lo vemos, asumimos que no está ahí. Es algo así como decir que no usas electricidad porque nunca has visitado una central eléctrica.
Por eso tampoco creo que la inteligencia artificial sea simplemente “el tema del momento”. Al parecer, el tema del momento es el “farmear aura”, aunque confieso que sigo sin tener idea de qué significa eso. La inteligencia artificial es otra cosa: una tecnología que entra silenciosamente en nuestras vidas y que, en muchos casos, ni siquiera pregunta si la queremos ahí.
Y aquí es donde el asunto debería empezar a preocupar a los abogados. Una cosa es usar ChatGPT para escribir una carta. Otra muy distinta es que un sistema automatizado intervenga de alguna manera en una decisión que pueda afectar a nuestros derechos.
Entonces surgen las preguntas considerablemente menos entretenidas: ¿Quién diseñó el sistema? ¿Qué datos utiliza? ¿Puede discriminar? ¿Cómo sabemos cuándo ha cometido un error? ¿Quién es responsable del error?
Porque podemos decidir no usar ChatGPT. Lo que resulta mucho más difícil es decidir que la inteligencia artificial no participe en nuestras vidas.
Así que tal vez mi vecino tenga razón: él no usa inteligencia artificial. El problema es que eso no significa que la inteligencia artificial no lo esté utilizando a él. Y esa, creo, es la pregunta que deberíamos empezar a plantearnos: ¿Sabemos cuándo la inteligencia artificial está tomando decisiones que nos afectan?




