
Nadie puede perdonarse a sí mismo
Hannah Arendt
El perdón, ese deber moral que antes de la posmodernidad no tenía vuelta de hoja, hoy se ha convertido en una palabra polisémica. Además de la religión, su primer coto histórico, tiene distintos sentidos para la psicología, la ética, la filosofía, el marketing de la espiritualidad new age y hasta la administración familiar de culpas.
Es, sin duda, un término que de tan sobreexplotado ha perdido su función principal: reparar una relación. Se supone que el ofensor se arrepiente realmente de sus acciones, asume su responsabilidad y repara en la medida de lo posible el daño infligido; el ofendido se esfuerza por entender los motivos del otro, poner límites y, sin olvidar, porque no es sinónimo de perdonar, trascender el dolor de la ofensa, lo cual implica un buen grado de empatía.
Se habrá dado cuenta de lo difícil que es perdonar. La mayoría no sabemos hacerlo; nos cobramos la ofensa. De ahí que el ofensor lo piense tanto antes de vulnerarse en el acto de pedir perdón. Quizá por eso es que la posmodernidad desplazó el eje de este deber moral. Empezó por presentarlo como un acto de liberación interior para estar en paz, soltar la culpa o dejar de sentir odio y resentimiento. Se trata de perdonarse o perdonar sin que, preferiblemente, el otro se entere y sin que implique reconciliación.
Por supuesto, esa transformación tiene algo valioso: liberar al ofensor de la condena eterna del ofendido y a este de un aplazamiento indefinido en la recepción del legítimo “lo siento mucho” que merece. Ambos pueden, así, cortar la permanencia psíquica de la ofensa sin depender del otro.
Pero esa versión también tiene un riesgo fuerte: convierte un deber moral en un proceso de higiene emocional, en el que, además, se invita al ofensor a “perdonarse” demasiado pronto, incluso antes de reparar, y al ofendido, a “soltar” ipso facto, sin que el daño haya sido necesariamente reconocido. Cuando nos apropiamos del perdón como una cuestión íntima y personalísima no solo lo simplificamos, sino que lo convertimos en una forma de evadir la complejidad de la relación y de empatizar con el otro.
Al hablar del perdón, se nos ha dicho que consta de cinco fases: ira, dolor, negociación con la realidad, tristeza y aceptación. Pero ninguna de ellas podrá ser completada si no “nos movemos” hacia el otro, es decir, si no cumplimos con el deber moral de pedir perdón y de perdonar. Hay personas que han muerto u otras a las que ya no vemos, y aun así tenemos que hacer ese desplazamiento en nuestro interior. Traerlas a nosotros en la imaginación y ofrecerles una satisfacción. Y no, no debe usted hacerlo a distancia con quienes están presentes o cerca, con ellos es cara a cara.
Sin este requisito previo, es decir, sin la escena en la que se cumple la operación y la función principal del perdón, no alcanzaremos su fin psicoterapéutico. Nos servirá como un parche que alivie la aflicción cada vez que vuela a nosotros, pero no como una vía para la paz consigo mismo.
Así como perdonar, es difícil pedir perdón, porque las relaciones son un terreno resbaladizo. Tememos no solo quedar en inferioridad moral, sino que nos cobren la ofensa más cara de lo que creemos que vale, que nos sometan a una sobrerreacción dramática, nos tasen una deuda impagable, nos estigmaticen, nos humillen, nos manipulen durante largo tiempo con el mismo cuento. En fin, que a nadie le gusta quedar atado al resentimiento y al reproche del otro. Pero aquí es donde pedir perdón tiene un límite: usted cumple con su deber moral y repara en la medida que le es posible; lo que haga el otro con eso ya no es su asunto y no, no tiene que aceptar cualquier castigo o condición que le impongan.




