domingo, mayo 31, 2026
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El T-MEC: La renegociación que México se niega a llamar por su nombre

Existe un eufemismo que comienza a instalarse en el discurso oficial mexicano: llamar «revisión» a lo que en realidad ya es una renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). La diferencia no es menor. Una revisión implica ajustes y actualizaciones; una renegociación supone replantear reglas, intereses y condiciones de acceso a mercados. Y todo indica que esto último es exactamente lo que está ocurriendo. Las reuniones celebradas recientemente entre la Secretaría de Economía y funcionarios estadounidenses muestran con claridad la dimensión del proceso. La presencia de congresistas norteamericanos, representantes comerciales y decenas de empresarios revela que Washington no llegó únicamente a evaluar el funcionamiento del tratado. Llegó con una agenda destinada a redefinir aspectos estratégicos de la integración económica de América del Norte. Entre los temas centrales destacan las reglas de origen, la seguridad económica, la industria automotriz, el acero, el aluminio, los minerales críticos y los compromisos laborales.

La simple lectura de esta agenda permite entender que no se trata de una actualización administrativa. Son asuntos directamente vinculados con la competitividad industrial, las cadenas de suministro y la geopolítica económica. En otras palabras, México está negociando un tratado diferente al que firmó hace algunos años, aunque aún no lo admita públicamente. La negociación parte además de una realidad que pocas veces se menciona con suficiente claridad: la enorme asimetría existente entre ambas economías. Más del 82% de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. Cada mes México exporta más de 45 mil millones de dólares hacia ese mercado, mientras que el comercio bilateral supera los 870 mil millones de dólares anuales. Para México, Estados Unidos representa la columna vertebral de su comercio exterior; para Estados Unidos, México es un socio relevante, pero no indispensable.

Durante décadas esta dependencia fue administrable porque existían reglas relativamente estables. Sin embargo, el entorno internacional ha cambiado radicalmente. Estados Unidos ha dejado de ver los aranceles como medidas temporales y los ha incorporado como instrumentos permanentes de política económica e industrial. Los aranceles aplicados bajo la Sección 232 al acero, aluminio y automóviles son muestra de ello. La señal enviada desde Washington es clara: la protección de sectores estratégicos llegó para quedarse. En este contexto, la posición negociadora mexicana enfrenta un desafío adicional: la fragilidad económica interna. México llega a esta etapa de negociación con un crecimiento económico moderado, una desaceleración de la inversión productiva y crecientes presiones sobre las finanzas públicas. El Banco de México redujo recientemente sus expectativas de crecimiento, mientras que agencias calificadoras internacionales han expresado preocupación sobre la evolución fiscal del país y la situación financiera de empresas estratégicas como Pemex y CFE.

Si existe un sector donde se definirá buena parte del futuro del T-MEC, ese es el automotriz. Cerca del 70% del comercio regional de bienes está relacionado con esta industria, y México exporta la gran mayoría de los vehículos que produce hacia Estados Unidos. Se trata de una integración productiva construida durante décadas y que constituye uno de los pilares de la economía manufacturera mexicana. Sin embargo, detrás de la discusión automotriz se encuentra un tema aún más importante: China. La principal preocupación de Washington es evitar que empresas chinas utilicen territorio mexicano como plataforma para acceder al mercado estadounidense aprovechando las ventajas del tratado. Por ello, conceptos como seguridad económica, trazabilidad de componentes y fortalecimiento de las reglas de origen ocupan hoy un lugar prioritario en la agenda bilateral.

Hoy por hoy, El T-MEC nació para ofrecer certidumbre. Hoy esa certidumbre se encuentra bajo evaluación. Más allá de los tecnicismos comerciales, lo que realmente está en juego es la capacidad de México para mantener una posición competitiva dentro de América del Norte en un entorno internacional cada vez más complejo. La pregunta incómoda que esta renegociación pone sobre la mesa es si México ha confundido integración con dependencia. Durante años celebramos récords de exportación y la creciente relación comercial con Estados Unidos. Sin embargo, cuando más del 80% de las exportaciones dependen de un solo mercado, la fortaleza puede convertirse rápidamente en vulnerabilidad.

X: @pacotrevinoag