viernes, mayo 15, 2026
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CON RENOVADO ESPÍRITU

  

En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos

Marie von Ebner-Eschenbach 

La rutina laboral no solo nos da un sueldo, también nos da identidad, orden, propósito y, sobre todo, contacto humano. Pero de pronto, un día, nuestro tiempo deja de pertenecerle a la empresa, propia o ajena, y vuelve a nosotros por completo. Ahí comienza el más grande desafío de la vida.

Desde que nacemos comienzan a prepararnos para el mercado de trabajo, para tener una familia, obligaciones, un patrimonio, si es que la vida nos favorece, y finalmente ganarnos la ambicionada pensión o solo un retiro digno, con unos ahorritos, si no contamos con un sistema de seguridad social; pero nadie nos enseñó a estar fuera de toda esa estructura ni nos preparó para lo que vendría después de alcanzar la salida.

Poca gente piensa en trabajar hasta el último día de su vida, y esa es la que hace lo que ama hacer; la mayoría aspira a ese momento en que dejará de preocuparse por todo aquello de que le enseñaron a preocuparse.

Pero ese merecido y largo descanso pagado que esperamos con ansia disfrutar tras años de trabajo puede convertirse en el peor momento de nuestras vidas. Pasarán 3 o 4 décadas de aspirar a liberarnos de las cadenas laborales para que nos demos cuenta de que no sabemos qué hacer con nuestro tiempo ni con nosotros mismos.

Puede suceder también que no estemos planeando ningún tipo de retiro, sino que dejemos de ser requeridos y nos quedemos “colgados de la brocha”. Esto puede ser todavía peor, porque es menos difícil resolver a partir de un “ya me cansé de descansar”, que de un “y ahora qué hago con mi vida”.

Estamos hablando, claro, de la etapa que comienza en los 60. Antes se reconstruye uno mucho más fácil y rápido. Pero el paso a una nueva vida en el sexto piso, por más jóvenes que nos sintamos, llenos de energía y sanos que estemos, es cuesta arriba, porque aún quedan fuertes reminiscencias del sistema que durante décadas nos descartaba como personas útiles.

El cambio de una vida de quehaceres obligados a otra de absoluto libre albedrío puede sumirnos en el caos, o por lo menos en la angustia del vacío, tanto a quien se queda con la situación económica resuelta, como, y aún peor, a quien no.

Para quienes gozarán de una pensión, viene el cálculo: ¿alcanzará para cubrir las necesidades básicas, la salud, los imprevistos, algún viaje, un gusto? Para quienes no, solo hay angustia: qué haré, dónde voy a conseguir dinero, nadie querrá contratarme, ya estoy viejo(a).  Y es que esa famosa etapa en la que ya no tendremos que preocuparnos requiere, ante todo, seguridad económica para vivirla con dignidad, eso que, desafortunadamente, le hace falta a muchos.

El dinero es ciertamente un inconveniente, sorteable la mayoría de las veces, aunque solo sea parcialmente; sin embargo, el verdadero problema es siempre anímico: el vacío que aparece al perder el piso. Es entonces cuando se presenta la oportunidad de mirarnos a nosotros mismos despojados de ese sentido de nuestra propia importancia que nos sostuvo durante casi toda la vida, para saber quiénes somos en realidad.

Esto puede ser, por supuesto, aterrador. Cuando eso pase, sea valiente, no se distraiga, no emprenda actividades solo para “no estar”. Haga un alto. No deje pasar la vida de largo mientras usted solo se ocupa.

Hoy, afortunadamente, y a diferencia de la época que termina con las primeras generaciones de los baby boomers (las de finales de la década de los cuarenta y toda la de los 50), la salida de la trayectoria laboral ya no es el principio del fin de la vida. Hoy los sesentones, con espíritu renovado, andan tatuados y en motocicleta, leyendo filosofía y aprendiendo de IA.

Hoy la jubilación o el retiro son el momento en que podemos dejar de correr detrás de la vida para finalmente sentarnos a entenderla.

delasfuentesopina@gmail.com