domingo, abril 19, 2026
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Nearshoring o maquila 4.0: lo que Mexico necesita decidir hoy

En 2023, México desbancó a China como el principal socio comercial de Estados Unidos, con exportaciones que superaron los 475 mil millones de dólares. No fue casualidad: fue el resultado acumulado de la guerra comercial entre Washington y Beijing, la pandemia que expuso la fragilidad de las cadenas de suministro transoceánicas, y el T-MEC como ancla jurídica de certeza. Para 2025, el país había atraído ya 36 mil millones de dólares en inversión directa vinculada al nearshoring, y el horizonte apunta hacia una oportunidad acumulada de 79 mil millones de dólares hacia el periodo 2026-2030, según análisis del mercado financiero institucional.

Asimismo, el Reporte de Impacto de la Industria 2026, presentado en abril por la Confederación Mundial del Empleo (WEC), confirmó lo que muchos analistas sospechaban: México es el destino estratégico preferido para la relocalización industrial, pero su talento no avanza al mismo ritmo que sus ambiciones. La cifra más brutal del informe es esta: apenas uno de cada cuatro trabajadores mexicanos recibe capacitación formal orientada a la industria 4.0. Eso significa que el 75% de la fuerza laboral está compitiendo en un mundo de inteligencia artificial, automatización y manufactura avanzada con herramientas del siglo pasado.

La demanda de perfiles en automatización, ingeniería de datos, software industrial e inteligencia artificial supera con creces la oferta disponible. Países como India y Vietnam, que enfrentaron dilemas similares una generación atrás, respondieron con programas nacionales masivos de formación técnica. México, en cambio, ha optado históricamente por subsidiar el costo de la mano de obra barata en lugar de invertir en su transformación. Esa lógica comienza a ser insostenible.

Universidades, tecnológicos e instituciones de educación media superior enfrentan hoy una presión inédita: reformarse o volverse irrelevantes. Las universidades públicas, que atienden a la mayoría de los estudiantes del país, avanzan con lentitud en la actualización de sus planes de estudio. El problema estructural es que actualmente solo el 35% de los estudiantes mexicanos elige carreras relacionadas con ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), precisamente los

perfiles que el nearshoring necesita con urgencia. Mientras tanto, sectores como manufactura avanzada, biotecnología y logística inteligente buscan talento que el sistema educativo aún no produce en la cantidad ni en la calidad requeridas.

El gobierno federal, por su parte, ha articulado incentivos fiscales concretos: deducciones adicionales del 25% sobre el aumento del gasto en capacitación de los trabajadores, extendidas hasta 2030 para empresas en sectores prioritarios. Una señal correcta, pero insuficiente si no viene acompañada de una arquitectura institucional que conecte a las empresas con los centros de formación técnica de manera sistemática y no solo oportunista.

La responsabilidad no es exclusiva del Estado. Las empresas que arriban a México atraídas por los costos y la proximidad geográfica tienen una deuda con el tejido social y productivo del país que pocas están dispuestas a reconocer públicamente. La tendencia predominante sigue siendo la de importar mandos medios y técnicos especializados desde sus países de origen, mientras los trabajadores locales ocupan los eslabones inferiores de la cadena de valor.

Existen excepciones notables. Algunas firmas del sector automotriz y electrónico han desarrollado programas internos de upskilling y reskilling que transforman operadores de línea en técnicos de automatización. Pero son islas de buenas prácticas en un océano de corto plazo. La colaboración real entre corporativos globales, gobierno estatal y universidades regionales sigue siendo la excepción, no la regla, en la mayoría de los corredores industriales del norte del país.

Hoy por hoy, México tiene todo para liderar la nueva geografía industrial del siglo XXI. Tiene tratados, tiene frontera, tiene mano de obra joven, tiene una clase empresarial con décadas de experiencia exportadora. Lo que no tiene —o no ha querido construir— es el compromiso político y empresarial de transformar su capital humano a la velocidad que el momento exige. Y aquí viene la verdad incómoda que nadie dice en los foros de inversión: el nearshoring, tal como está siendo gestionado hoy, corre el riesgo de reproducir el modelo maquilador del siglo XX con mejor tecnología. Empleos de ensamble disfrazados de manufactura avanzada. Trabajadores que operan máquinas sofisticadas sin entender cómo funcionan. Parques industriales llenos de inversión extranjera sobre un suelo donde la riqueza no se queda. Si México no capacita, no transforma, no innova —si se limita a ser el patio trasero conveniente de la economía norteamericana— habrá desperdiciado la oportunidad más grande de su historia moderna. Y eso, a diferencia de los ciclos económicos, no tiene segunda vuelta.