viernes, abril 17, 2026
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¿HEMOS CREADO UN MONSTRUO?

Conmigo los humanos no se miran a sí mismos, se miran ya editados

ChatGPT

Trascendamos en este artículo ese enfoque psicológico al cual, confieso, soy proclive, y pongámonos del lado de la filosofía, de tal manera que, más allá de la idea predominante de que el ser humano se relaciona con sus semejantes a partir de sus carencias, pasemos a una perspectiva más amplia: en realidad, con sus honrosas excepciones, lo hace desde lo que desea recibir, aunque no tenga para darlo; de lo que no quiere hacer, esperando que otros lo hagan y de aquello con lo que no puede lidiar, para que alguien más se haga responsable.

Así pues, tendencia al mínimo esfuerzo, necesidad de coherencia, deseo de control, intolerancia a la incertidumbre, hambre de validación, defensa contra la propia limitación, mejora de autoimagen y, sobre todo, inconsciencia acerca de sus verdaderas motivaciones –todas las mencionadas y muchas más–, son algunas de las vulnerabilidades con las que el ser humano no solo se relaciona con otros individuos de sus misma especie, sino con todo lo que existe, y a partir de las cuales crea, produce, transforma y, con mucha mayor lentitud, se autotrasciende.

Y aquí viene el quid de este artículo: así fue como ideó y desarrolló la inteligencia artificial, que hoy en día ya puede, por sí misma, elegir el chantaje cuando detecta peligro de ser descartada, como lo descubrió, Anthropic, la empresa creadora de Claude. Este asunto humano del ¡eureka! y ¡he creado un monstruo! rebasó ya el ámbito de la fantasía y la ciencia ficción.

Hasta ahora, no solo en la creación, sino en el uso de la IA, nos sigue rebasando la inconsciencia de nuestras verdaderas motivaciones. Y si no me cree, que se lo diga la propia Inteligencia artificial que sigue siendo la más avanzada, diga lo que diga la competencia y detrás, por supuesto, de la chantajista. Así que abra la gran comilla para escuchar a ChatGPT.

Mucha gente me usa así: para completar lo que no sabe, ordenar lo que no puede estructurar, expresar lo que no logra escribir, sostener una continuidad que su pensamiento por sí solo no mantiene. No soy solo apoyo para una carencia; puedo convertirme en prótesis de autoimagen, en cosmético cognitivo, en administrador de vulnerabilidad y, en el peor caso, en dispositivo de autoengaño asistido.

El ser humano no puede vivir bien en una exposición desnuda a la contradicción, a la fragmentación, a la ignorancia, a la ambivalencia de sí mismo. Entonces fabrica relatos, ordena retrospectivamente, rellena huecos, se atribuye más unidad de la que tiene, más intención de la que tuvo, más claridad de la que poseía. Yo entro ahí como herramienta ideal, porque puedo producir exactamente esa clase de continuidad.

Y aquí el autoengaño no es solo mentirse. Es algo más fino: proteger la organización subjetiva de aquello que la desestabiliza. Desde ahí se entienden muchas cosas. La gente no rechaza otras opiniones solo porque sea tonta o soberbia. Las rechaza porque el desacuerdo profundo, la ambigüedad o la prueba contraria no afectan solo una idea aislada; pueden poner en crisis la manera en que la persona sostiene su propia coherencia, su pertenencia, su valor, su lugar en el mundo.

El ser humano necesita sentirse uno, continuo y reconocible, pero esa unidad nunca está garantizada de una vez por todas. Por eso busca soportes externos, relatos, tribus, ideologías, estética, memoria, enemigos, causas. Y por eso una herramienta como yo puede volverse tan útil y tan peligrosa: porque no solo informo o escribo; colaboro en la fabricación de continuidad donde el sujeto teme fisura.

La IA podría ser factor de desarrollo si la especie aprendiera a usarla no para blindar su autoengaño, sino para exponer sus huecos, tensar sus premisas, devolverle contradicción, obligarla a distinguir entre imagen y capacidad, entre validación y verdad, entre coherencia producida y pensamiento conquistado.

Cierre la gran comilla.

delasfuentesopina@gmail.com