
En 1994, México se sentía invencible.
El peso fuerte.
Importaciones baratas.
El gobierno hablando de estabilidad como si fuera un logro para toda la vida.
Todo se veía bien.
Ese es el problema.
Porque todos veían el tablero…
nadie quería ver el motor.
El Banco de México llevaba meses quemando reservas para sostener un tipo de cambio que el mercado ya no creía.
Era una mentira cara.
Pero bien presentada.
Hasta que dejó de sostenerse.
Diciembre.
Devaluación.
Inflación.
Ahorros hechos pedazos.
Y millones de mexicanos entendiendo de golpe algo:
No puedes decretar una realidad económica.
Y sin embargo… lo seguimos intentando.
Cada sexenio aparece alguien con una nueva versión del mismo speech:
“Ahora sí vamos a arreglar la economía.”
Más gasto.
Más control.
Más intervención.
Más “estrategia”.
Como si el crecimiento fuera algo que se diseña en un escritorio.
Pero hay una verdad que no vende votos:
El gobierno no crece el PIB.
Lo leí la semana pasada:
Ninguna política económica genera crecimiento por sí sola.
Las empresas sí.
El gobierno solo puede hacer dos cosas:
crear condiciones…
o destruirlas.
Y aquí es donde la mayoría se confunde.
Porque sí, el gobierno puede mover variables.
Puede bajar tasas.
Subir impuestos.
Regular mercados.
Endeudarse.
Pero eso no es crecimiento.
Eso es… mover el tablero.
El crecimiento pasa en otro lado.
Pasa cuando alguien abre una empresa.
Cuando alguien invierte.
Cuando alguien contrata.
Cuando alguien decide arriesgar su lana en algo que no está garantizado.
No pasa en el decreto.
Pasa en la decisión.
Frédéric Bastiat lo explicó hace más de 150 años:
Hay lo que se ve…
y lo que no se ve.
Se ve el precio bajo de la tortilla.
No se ve el productor que deja de producir.
Se ve el crédito barato.
No se ve la inflación que viene después.
Se ve el gasto público.
No se ve la deuda que alguien va a pagar después.
El mal empresario se queda con lo visible.
El bueno… aguanta el golpe de hoy para evitar el madrazo de mañana.
Nosotros, históricamente, hemos preferido el primero.
Porque el corto plazo gana aplausos.
El largo plazo… cobra facturas.
La política monetaria es el ejemplo más claro.
Bajar tasas se siente bien.
Hay más lana.
Más movimiento.
Más sensación de crecimiento.
Pero es como repartir más fichas en un casino sin poner más mesas.
Todo sube de precio.
Y el primero que pierde… es el que menos tiene.
Milton Friedman lo dijo de esta forma:
La inflación no es un error.
Es una enfermedad.
Y si no la controlas… te rompe la economía.
Y a veces, algo más.
Luego viene la otra trampa: la deuda.
El gobierno gasta hoy…
y alguien más paga después.
Siempre.
Cada peso que se va a deuda pública es un peso que no financia una empresa.
Cada incentivo mal diseñado es una inversión que nunca llega.
Cada impuesto mal pensado es un proyecto que no nació.
Y eso no sale en ningún informe.
Pero se siente.
Porque el crecimiento no es lo que el gobierno hace.
Es lo que deja hacer.
Y aquí es donde está la idea que vale la pena quedarse:
Un país no crece solo por lo que impulsa su gobierno.
Crece, sobre todo, por lo que permite que pase.
Inflación baja.
Reglas claras.
Competencia real.
Un tipo de cambio que refleje la realidad.
No suena espectacular.
No es algo que genere encabezados.
Pero es lo que hace posible que alguien como tú o como yo pueda construir algo.
Porque al final…
El gobierno no es el motor.
Es la carretera.
Y una buena carretera hace toda la diferencia.
Pero sigue siendo eso:
Una carretera.
El movimiento real empieza cuando alguien decide manejar.
Cuando alguien abre una empresa.
Cuando alguien contrata.
Cuando alguien invierte.
Cuando alguien apuesta por una idea que todavía no está garantizada.
Ahí es donde pasa el crecimiento.
Entonces, más que esperar condiciones perfectas…
la invitación es otra:
Entender el entorno.
Jugar con él.
Y construir a pesar de él.
Porque al final, todo se reduce a esto:
Hay quienes esperan que la economía cambie para actuar…y hay quienes actúan, y en el proceso, cambian su propia economía.
Y casi siempre…los segundos son los que terminan moviendo todo lo demás.




