lunes, abril 13, 2026
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PUNTO DE CIENCIA

Dra. Laura Fabiola Núñez Udave

Suicidio y adolescencia, una relación que incomoda

En Saltillo, la imagen de un adolescente pensando en morirse, no se nos cruza por la cabeza. La ciudad sigue su rutina: tráfico, escuelas, gente, centros comerciales. Pero en las aulas de secundaria, entre tareas, TikTok y risas de complicidad, hay estudiantes de 11 a 15 años que ya han deseado no estar vivos, han pensado cómo quitarse la vida o han intentado hacerlo.

Esto no es exageración ni pecar de alarmistas. En un estudio con 541 adolescentes de educación básica en Saltillo encontramos que las conductas suicidas no son un caso aislado, sino la punta visible de un problema más profundo y complejo: ansiedad, depresión y consumo de sustancias entre menores de edad.

Detrás de este escenario, casi siempre hay una mezcla explosiva y acumulativa: preocuparse todo el tiempo, no poder dormir, sentir el cuerpo tenso, perder el interés por las cosas, vivir sin energía ni esperanza. A eso se suman el alcohol, el tabaco y otras drogas que aparecen cada vez más temprano, muchas veces en fiestas, como condición tácita para ser aceptados por el grupo.

Los números del estudio son claros y, a la vez, incómodos. En la muestra total, las conductas suicidas se explican en casi 46 % por tres factores combinados: ansiedad, depresión y consumo de sustancias. Es decir, cuando estos tres elementos aumentan, también aumenta fuertemente el riesgo de que un adolescente piense en morir, planifique cómo hacerlo o lo intente.

Cuando separamos los resultados por sexo, la historia cambia de matiz. En los hombres, las conductas suicidas se relacionan principalmente con la ansiedad y el consumo de sustancias. Es el chico que se siente presionado, inquieto, que bebe “para divertirse más” o “para pertenecer”, y que encuentra en el riesgo una forma de afrontar lo que no sabe nombrar, porque no le han enseñado expresar y sobre todo porque los hombres no lloran.

En las mujeres, en cambio, la combinación más peligrosa es ansiedad y depresión. Son ellas las que reportan con más fuerza sentimientos de desesperanza, pérdida de interés, culpa, agotamiento emocional. No siempre lo muestran hacia afuera, pero por dentro se va instalando la idea de que la vida “no vale la pena”, a pesar de que concebimos a las mujeres como intuitivas y con buena comunicación.

¿Y dónde estamos los adultos mientras todo esto pasa? ¿Y las instituciones? Muchas veces, ocupados en exigir calificaciones, disciplina y “buena conducta”, pero sin mirar lo que se desmorona, como dice el proverbio «la procesión va por dentro». La escuela se convierte en un espacio donde se mide rendimiento, pero casi nunca sufrimiento. En casa, el discurso se repite: “tú no tienes problemas”, “en mis tiempos era más difícil”, “están todos perdidos”. Donde el reconocimiento y la comprensión son los grandes ausentes.

La adolescencia aparece entonces como una tormenta que cada uno debe atravesar solo: si sales adelante, es mérito tuyo; si te hundes, algo hiciste mal. Pero los datos cuentan otra cosa: la conducta suicida no es un capricho ni una moda, es la expresión extrema de un malestar que no encontró escucha ni nombre a tiempo.

Aceptar que en nuestras secundarias hay ansiedad, depresión y consumo de sustancias en adolescentes no es un hallazgo académico, es una urgencia local. Saltillo no puede seguir tratando el suicidio adolescente y las problemáticas relacionadas como noticia aislada o tragedia privada. Es un problema de salud pública y, también, un síntoma de cómo estamos sosteniendo —o no— a nuestras y nuestros jóvenes.

La pregunta que incómoda es esta: ¿cuántos intentos más estamos dispuestos a normalizar antes de tomar la salud mental adolescente como una prioridad de intervención real en Saltillo?

 

Facultad de Trabajo Social

 

lauranunezudave@uadec.edu.mx