
Para olvidar un rato la guerra del criminal convicto que es Trump contra Irán y que fue precisamente EU el que le entregó en 1967 su primer reactor atómico y entrenó a sus primeros científicos nucleares, escribiré de animales; a los que hace varias semanas tengo relegados.
*Empezaré por los chimpancés a los que según New York Times, les fascinan los cuarzos.
Investigadores encabezados por Juan Manuel García-Ruiz, del Centro Internacional de Física de Donostia que estudian el impacto de los cuarzos en la historia y la mente humana, les prestaron decenas y quedaron tan encantados que debieron darles enormes cantidades de plátanos y yogur para que los devolvieran.
García Ruíz explicó que los humanos antiguos los recolectaban hace 700 mil años, solo porque les gustaban; nunca los usaron como adornos o herramientas.
Y actuaron igual los chimpancés del experimento que, intrigados y felices rodearon un enorme y pesado cuarzo colocado sobre un pedestal hasta que Manuela, la hembra alfa, lo bajó y lo fue pasando de mano en mano.
Pero cuando llegó a Sandy, macho de 50 kilos, tuvieron que negociar con él para que lo devolviera.
Tiraron después piedras comunes y cristalitos de cuarzo en los jardines del centro donde los monos viven y éstos de inmediato ignoraron las piedras y recogieron los cristales.
Los olieron, lamieron, giraron a la luz y pusieron frente a sus ojos; y se negaron a entregar decenas que escondieron en sus camas de paja.
*El portal Muy interesante publicó, que buscando saber si el cerebro podría estar estructurado desde el inicio de la vida para que ciertos sonidos encajen mejor con determinadas formas, científicos de la Universidad de Padua analizaron el comportamiento de pollitos recién nacidos.
Incubaron los huevos en laboratorio y evitaron fueran expuestos a formas y sonidos.
Les enseñaron a rodear figuras ambiguas de bordes redondeados y puntiagudos y luego, una forma claramente redonda y otra claramente puntiaguda mientras reproducían las palabras “Bouba” o “Kiki”.
Y los pollitos se pararon frente a la forma puntiaguda al oír ‘Kiki’ y en la forma redonda con ‘Bouba’”; la misma pauta de asociación hecha por otros animales y humanos adultos y bebés.
*Hablando de pollitos, científicos que filmaron gallinas en diferentes situaciones aseguran que se sonrojan como nosotros, cuando se emocionan.
*Dejé de comer picorocos, delicioso marisco chileno, porque en 1971 en un restaurante de Punta Pite a donde fui con Matías, los oí llorar de dolor cuando los echaron en una olla de agua hirviendo para cocerlos.
Años antes en Acapulco, puse limón a una almeja chocolata en su concha y al ver que se retorcía, nunca más las comí y hoy me alegra no haber contribuido a ponerlas a ellas y a los picorocos en peligro de extinción.
De que las almejas lo están, informó Adriana Silvestre el 27 de febrero en Reforma citando que a pedido de cocineros mexicanos, la Comisión de Agricultura y Pesca (CONAPESCA) decretó este primero de enero una veda de dos años a su captura en el Mar de Cortés.
*El 27 de febrero Georgina Rannart, reportera de la BBC escribió que por la reducción del hielo marino de verano en gran parte de la Antártida, la mayoría de las colonias de pingüinos emperador no existirán para el año 2100.
Esta especie tiene más riesgo que otras de desaparecer por los efectos del cambio climático, porque nadan anualmente miles de kilómetros para pararse sobre hielo marino a mudar su plumaje impermeable, proceso largo y extenuante en el que pierden hasta el 50 por ciento de su masa corporal.
Y que fue descubierto en 2025, a través de cámaras satelitales que mostraron hielos con montones de plumas.
*Una de las cosas más preciosas del mundo es ver ballenas y en un artículo para la BBC del pasado primero de octubre, Kathleen Rellihan precisa que la laguna San Ignacio en el Golfo de Cortés es el único lugar del mundo, donde ellas son las que llegan a mirarnos.
Estaban hasta hace poco en peligro de extinción, pero se han recuperado y muestran tanta curiosidad por la gente que los lugareños las llaman “las amigables”.
Les gusta acercarse a lanchas con el motor apagado y frotarse contra los costados levantando la parte superior de su cuerpo moteado de blanco, para observar a los que están a bordo.
“Cuando el ojo de la ballena, del tamaño aproximado de una pelota de béisbol, se encontró por un instante con el mío, grité de alegría”, contó la periodista.
Ubicada en la península de Baja California Sur, la laguna San Ignacio es un santuario protegido para las ballenas grises del Pacífico.
Llegan a las cálidas aguas de Baja California Sur, cada año de enero a mediados de abril para aparearse y dar a luz, tras viajar 19 mil 300 kilómetros desde las heladas aguas del Ártico.
Son inteligentes y curiosas y han captado que no se les caza ni amenaza.
Y buscan el contacto con la gente “parece que aprendieron a confiar en los humanos y las madres acercan a sus crías a los barcos para presentarlas con orgullo”.




